
Mato por un desayuno, y anoche me acosté sin cenar. No digo más.
Esta noche he soñado con mi vecino y sin embargo amigo JAs (José Ángel Silva para los profanos) con el que de hecho tengo que quedar para ver un nevo proyecto en el que andamos trabajando. En el sueño me ha citado para desayunar y ver algunos dibujos en su ordenador. Supongo que esta noche he pasado mucha hambre, de otra manera no se explica las gamberradas en las que nos hemos embarcado.
Cuando llego a su casa veo que me espera fuera, sentado en su coche, listo para salir a alguna parte:
- “He pensado que podemos desayunar fuera”.
Me ha parecido una buena idea, aunque tenía un poco de prisa por ver los bocetos de lo que espero sea una preciosa página web. Pero el hambre me ha podido. Visualizaba croissants calentitos con mermelada de fresa, Mmmmm.
Me subo en el coche y lejos de aparcar en una cafetería observo que nos hemos plantado delante de una casa cercana a la nuestra.
- “¿Y ésto? – pregunto.
- Vamos a saltar la valla. De esta casa sale una pareja todos los días con una gran sonrisa, deben de desayunar súper bien. Veamos su despensa.
JAs tiene razón, el desayuno que nos hemos “pimplado” ha sido espectacular. Café recién molido y bollitos suizos con mantequilla. La experiencia ha sido tan positiva que nos hemos aficionado a repetirla. Asaltamos jardines, entramos en portales y tenemos el vicio cogido a forzar cerraduras. Vaya desayunos, en alguna ocasión incluso dejo notas del tipo: “Gracias, la próxima vez las galletas de esta marca mejor integrales”. Llega ya a tal punto nuestro sibaritismo con los desayunos que estudiamos previamente a nuestras “víctimas”; si compran el pan en tal o cual panadería, si tienen niños o no (porque una Pantera Rosa de vez en cuando apetece), si son felices en definitiva. Y nosotros, felicíiiiisimos con los desayunos robados.
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- “¡Qué hambre!”
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