Love is in the Air

Dedicado a mis amigos y a todas las personas positivas.


Microsueños

Últimamente tengo sueños cortos, como muchas veces sin sentido, otras razonablemente relacionados con mi subconsciente. Todos ellos microsueños que me divierten en la mayoría de los casos, por su absurda ocurrencia, por su capacidad de sorprenderme, por su corta duración:

- Ir a París dando un paseo desde mi casa no está mal. Teniendo en cuenta que vivo en Sevilla descubrir que París está tan cerca es algo muy excitante y organizo una excursión con toda mi familia. Pero ellos no me quieren acompañar.

- En uno de mis sueños he encontrado a un fisioterapeuta al que le cuento que me sigue doliendo mi lesión de hombro y, ni corto ni perezoso, me quita todos los huesos de mi cuerpo (indoloro pero raro) y me dice que me olvide de ellos, que no los necesito.

- He pasado muchos nervios cuando me he presentado a un concurso de talentos y he hecho un baile penoso ante un jurado presidido, no me preguntéis por qué, por unos personajes disfrazados con máscaras venecianas. Supongo que la superpoblación de “talent shows” en televisión y las últimas noticias del pánico escénico de Pastora Soler y Joaquín Sabina han tenido que ver con haber soñado algo así.

- Lo que me provoca mucho vértigo es acudir a un hotel al que se accede a las diferentes plantas escalando. Para bajar, caída libre gracias.

- Y nervios y vértigo a la vez me provoca colarme en un concierto de Alanis Morissette (¿dónde te metes?) e interrumpirla en medio de un concierto aludiendo a mi destreza (soñada) con el violín. Quiero tocar el violín junto a sus músicos y convencerla de que la cartulina con la que me he fabricado las entradas valen igual que las oficiales. Les he puesto purpurina y todo.

Yo sé por qué he soñado con Alanis. Después de mucho tiempo he recuperado un CD de su MTV Unplugged que he escuchado millones de veces.  Y lo pongo en el coche a todo volumen, y canciones como Uninvited, I was Hoping, o That I would be Good, además las grito junto a ella.

 


Martina lee a Alberti

Martina ha aprendido a leer hace relativamente poco. Lo sé, ha tardado, pero ahora que ya ha adquirido seguridad está entusiasmada. Tanto que busca entre los libros de mamá para leer los títulos en voz alta, con el consiguiente dolor de cabeza de los demás. Y buscando buscando ha encontrado “Baladas y canciones del Paraná”, de Rafael Alberti. Le ha llamado mucho la atención, no sé si ha sido por la portada (que tiene impresa una paloma de Picasso), o porque la estética de la poesía le ha parecido menos densa que los “tratados” que encuentra en otros libros.

Los barcos pasan tan cerca

de la orilla,

que bien pudieran llevarseparaná2

una rama de los sauces

de la orilla.

Está tan cerca la orilla,

que si los barcos quisieran

también pudieran llevarse

un caballo de la orilla.

¡Qué bien estar a la orilla

de esta orilla

en donde pueden los barcos,

si es que los barcos quisieran,

llevarse al mar un caballo,

una rama de los sauces

y la orilla!

Me ha pedido leerlo. Yo al principio creí que se cansaría pronto, que no iba a entender nada, pero no subestiméis la sensibilidad de una niña de seis años y la capacidad de transmitir de Rafael Alberti con su poesía; Martina lee y lee “paloma del Paraná, vuela y vámonos”. Fantaseo con la idea de que Alberti y mi hija se comunican, establecen una conversación cuando Alberti le susurra: “Cantas raro,/ pajarraco./ Repites letras y letras,/ y nadie atiende a tu canto./ Y si lo atiende… ¡Qué risa,/ pajarraco!”

SUEÑOS RELACIONADOS:

- Martina.

- Martina II (Happy).


¿Qué es lo que provoca el miedo?

puertas

Esta noche he tenido una pesadilla de manual. Mi marido me ha tenido que despertar al escuchar mi respiración entrecortada. He estado varios minutos después, en la cama, temblando, incapaz de volver a cerrar los ojos.

En mi pesadilla estoy en un piso junto a mi hermana. Sabed que no tengo ninguna hermana; tengo dos hermanos más pequeños que yo, pero ninguna hermana. Pero esta noche mi hermana soñada me ha acompañado, es mayor que yo. Es de noche, tenemos que acostarnos y mi obsesión es conciliar pronto el sueño. Quizás porque sospecho que no estoy segura, quizás porque el entorno no es confortable, siento que no estoy en territorio amigo. El piso recuerda a aquel de la calle Aribau que tan bien describe Carmen Laforet en “Nada”.

Mi hermana (no tiene nombre) y yo estamos en una habitación, compartimos cama, y mis hermanos en la habitación contigua, ya profundamente dormidos. De repente mi hermana sin nombre escucha ruidos, me asusta, sale de la habitación, cierra la puerta, vuelve, me dice que no hagamos ruido, la puerta cerrada. Al poco rato (no me puedo dormir y me obsesiona conciliar el sueño), vuelve a escuchar ruidos, al menos eso asegura, sale y tarda en volver. Me armo de valor y salgo yo también de la habitación, siento escalofríos, el peligro es inminente. La persigo por un pasillo, pasamos por la habitación donde duermen plácidamente mis hermanos, nos acercamos al baño, ella entra primero y se encierra, me deja fuera, me deja expuesta.

Mientras me aferro al pomo de la puerta, lo intento doblar con fuerza, dudo entre seguir forzando la puerta o acercarme al cuarto donde están mis hermanos, con el consiguiente riesgo de encontrarme aquello que me provoca tanto miedo. A lo mejor es todo una broma, porque yo no he visto nada, pero estoy temblando. En ese momento me despierta mi marido y decido que ya no lo quiero comprobar; ¿quién querría volver con una hermana que te asusta de esa manera?

Haciendo balance de lo que me ha pasado, no ha habido nada en concreto, ningún “sujeto, animal o cosa” que me haya hecho temblar. Ha sido la posibilidad de ese algo lo que me ha provocado tanto miedo.


Súper heroínas

increiblesCuando sueño suelo estirar el tiempo. También los espacios, los pasos, las casas que habito. Y el tiempo; juego con él como quiero, más bien como quiere mi subconsciente, que a veces parece no tener nada que ver conmigo. Voy al futuro para regresar al tiempo presente, y vuelvo al pasado para recoger algún recuerdo, saborearlo o sufrirlo de nuevo, actualizarlo. Esos días me levanto más nostálgica de lo que soy, si cabe.

En mis sueños tengo súper poderes, aguanto la respiración bajo el agua, traspaso paredes. Me convierto en distintas personas y tengo la capacidad de vivir varias vidas a la vez. Soy, en ocasiones, como una súper heroína.

Últimamente estoy trasladando esos poderes a mi vida real. En plena consciencia soy capaz de estirar el tiempo y lograr que los días parezcan tener más de veinticuatro horas. Mis tres hijos así me lo exigen y yo, que los quiero tanto, estiro y estiro las horas y leo, y regaño, y doy de comer, y ordeno, y ayudo a dormir, y a escribir diarios, y cambio pañales y canto (por eso ha llovido tanto últimamente). Recargo pilas cual robot gracias a mi “otro niño”, que también estira el tiempo y lee y regaña y da de comer y ordena y ayuda a dormir…

A veces me siento un poco frustrada por no poder ejercer mi profesión de periodista a pleno rendimiento. He tenido algunas oportunidades pero tan precarias que no entraban dentro de ese tiempo estirado en el que se cuelan los cuidados de mis hijos. Y admiro a mujeres que crean empresas, ejercen la política, la medicina, limpian casas o dan clases y además tienen hijos. Debe ser que han tomado mayor cantidad de pócima para estirar esas horas.

A veces me siento incapaz, pero escribo, y estiro el tiempo y escribo y leo cuentos. Y cuando después de media hora llorando, y otra media hora escupiendo papilla, consigo que mi pequeño bebé coma algo, me siento la mujer más poderosa del mundo. Más que Angela Merkel, ¿qué digo?, más que Beyoncé.

 


Fiebre

fiebre

Cuando uno tiene fiebre sueña con tiburones. Y se encierra con ellos en una presa (por llamar a un espacio indefinible de alguna manera) para luego intentar salir de allí sin un rasguño. Cuando uno tiene fiebre se despierta con facilidad, y cuando vuelve el sueño los tiburones te persiguen. Se trata de nadar más rápido que ellos, imposible en realidad, pero posible en mis sueños. Escapo y me vuelvo a despertar.

Será la fiebre, pero los tiburones me empiezan a caer mejor. Me gusta la sensación de escalofrío que me provoca sumergirme en el agua y verlos, sentirlos, nadar bajo mis pies.


La pequeña ciudad VII

pequeña ciudad

Mateo me ha visitado esta noche después de tanto tiempo, me ha regañado. Dice que tengo muy abandonada la pequeña ciudad. Yo le he explicado que no tengo demasiado tiempo para atenderla, y se ha ido triste.

Tiene razón, tengo que buscar tiempo para seguir construyendo junto a él la ciudad, y ordenar su casa, y regalarle libros, para que él pueda seguir contándole cuentos a los niños que allí viven.

SUEÑOS RELACIONADOS:

- Categoría “La pequeña ciudad”.


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