Un eco (Libertad V)

Hoy he soñado con ese ECO en el que llevo pensando un tiempo. Comienza un nuevo año y lo estreno con una conversación con mi hija mayor. Es adolescente y se hace muchas preguntas. Se hace preguntas desde que sabe hablar. Me pregunta de qué sirve vivir si luego seremos nada, ni recuerdo. Y de qué sirve luchar si luego seremos nada, ni un recuerdo. Le preocupa además el rumbo que toma este mundo y yo le he dicho que el rumbo ha sido siempre nefasto, pero prevalece lo bueno sobre lo malo, con lo que conseguimos restaurar el rumbo.

Como católicas ambas dos deberíamos confiar en lo que seremos después, pero mi fe a veces tiene la consistencia del humo y ahora se está convirtiendo en un ECO. Pero el ECO es suficiente, me sirve, comienza a ser válido en mi raciocinio y mi sentir.

Quizás somos demasiado soberbios pensando que debemos permanecer, si acaso sólo en el recuerdo. Y nos preguntamos, creyentes o no, ¿de qué sirve vivir si luego nada? Sirve, vivir con una misión aunque nos cueste saber cuál es, vivir para mantener el rumbo, para poder virar en el último momento, cuando parezca que nos damos de bruces. Y si nos chocamos, si alguna vez nos extinguimos, acabamos, si acaso que quede un ECO. Nadie nos recordará, pero habrá un ECO que si no desaparece también puede transformarse en vida de nuevo.

Esta noche he soñado con ese ECO. Esa palabra, por eso la escribo en mayúsculas, me viene a la cabeza continuamente. Salgo yo a pasear con mi ECO. Y la he soñado con forma, con boca y ojos, se mueve con lentitud y se escapa de la Tierra, vuela lejos. Si acaso dibujo el ECO, y el humo de mi fe lo dejo revoloteando alrededor, entiendo que no es incompatible con mi ECO. El ECO contiene tantas cosas, yo he podido vislumbrar dos: una caricia en la mejilla y el movimiento gracioso de mi nariz durante una siesta.

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El sueño del año: Cumplo cuarenta

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Haciendo balance sobre los sueños tan disparatados que tengo, me he parado en uno, allá por febrero, que no es propiamente un sueño:

Hoy es mi cumpleaños, cumplo cuarenta y, aunque me han enviado mensajes de “son los nuevos treinta” e incluso “son los nuevos veinte”, la verdad es que los años son los que son. Y aunque suene a tópico me siento mejor que nunca. Bueno, mejor que cuando cumplí treinta, que no fue mi mejor momento.

Tengo recuerdos de algunos cumpleaños como en una foto fija. En realidad mis recuerdos los suelo almacenar en mi memoria como fotos fijas, no así mis sueños, que revivo como una película, en movimiento y a todo color.

Me acuerdo de cuando cumplí siete años; la foto fija es de la cocina de casa de mis padres rodeada de amigas compartiendo unos platos de arroz con tomate. La perspectiva de la foto es panorámica: también veo a mi madre de pie junto a nosotras a punto de comenzar un relato. “Érase una vez una niña que nació en Cádiz, frente a la Caleta…”.

El día que cumplí diez años asistí a la boda del hermano de mi madre; en la foto tengo un abrigo marrón, miro unas palomas y le doy la espalda a la Iglesia. No sé por qué estoy sola.

Mi madre también está en el recuerdo de cuándo cumplí quince años. En esta ocasión en la foto yo me veo a mí misma a lo lejos, paseando con ella por un pantalán en un puerto deportivo; me regalaron un reloj que me duró hasta los veintitantos.

La foto del cumpleaños de los veintiuno y veintidós son iguales. Durante dos años seguidos tuve un examen de Historia de España el 3 de febrero; el día 1 por tanto lo recuerdo delante del libro, en la mesa de estudio, es una foto oscura, no sé porqué. En la Facultad tuve un Decano que por aquella época tenía 36 años; nos llevábamos bien y yo pensaba que era una edad buenísima, joven pero con cierta madurez. Cuando cumplí treinta y seis me acordé de él.

Pero antes cumplí 28, embarazadísima de mi primera hija; volvía de madrugada de cubrir la Gala de los Goya cuando me encontré con el regalo de mi marido. Y esa es la foto: delante de una cuna recién montada y dos libros de Virginia Woolf dentro, “Orlando” y “Las olas”.

Cumplí 29 y no me encontraba bien. Lloraba mucho porque me vine a vivir a Sevilla y yo quería seguir viviendo en Madrid. Y porque me puse demasiado triste y el cambio de ciudad se convirtió en una excusa para liberar fantasmas. La foto es agridulce; estoy al lado de mi hija mayor cuando tenía un año, y al lado de un banoffee hecho por mí. Cuando cumplí treinta seguía llorando y la foto fija es junto a mi madre también: en su cama, recibiendo otro reloj que duró poco.

El tiempo pasó y cuando cumplí la edad de mi Decano terminé de espantar mis miedos.

No tengo fotos fijas de los 18, ni de los once ni los veinte. A los treinta y ocho estaba embarazada de mi tercer hijo, y la foto es de una tarta de queso y frutos rojos espectacular. No tengo foto fija de este día, en el que cumplo cuarenta, ya os la contaré. Eso sí, he recibido un reloj como regalo porque me encantan, de hombre si puede ser.


Paco León

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Esta noche he soñado con Paco León. Teniendo en cuenta que vi “Kiki, el amor se hace” recientemente podría haber sido un sueño erótico, pero no ha sido el caso. Otra vez será.

En mi sueño, eso sí, Paco León es director de cine y dirige una película más del estilo de Juan Antonio Bayona, en el que el protagonista es un monstruo gigante. Yo participo en el rodaje, a veces soy responsable de prensa y otras actriz principal. En cualquier caso Paco y yo no nos llevamos bien.

¿Sabéis esa carita de niño bueno, de ojitos casi transparentes, mirada dulce de Paco León? Olvidadla. No sabéis la de veces que me ha regañado (por no decir echado la bronca) durante el tiempo que ha durado mi sueño. No me deja respirar, vigila todos mis movimientos, me espía, me grita si me acerco demasiado al set de rodaje. Pero si soy la actriz principal, ¿o era la responsable de prensa? Ya no puedo pensar con claridad, no se puede trabajar en estas condiciones, con un director histérico que la ha tomado conmigo.

Vaaaale, seamos buenos. Todo esto tiene una explicación. El monstruo protagonista es una especie de dinosaurio gigante, una estructura de unos cinco metros muy sofisticada (y muy cara) que se maneja desde dentro. Y yo, cual experta conductora de grúas, quiero entrar dentro del dinosaurio, encender el mecanismo que lo mueve, sacarlo a pasear. ¡Yuuuhuuu! Es alucinante, ¿a que me escapo con el bicho a la Gran Vía de Madrid?


El rey de Holanda

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Esta noche he estado a punto de casarme con el rey de Holanda. No Guillermo, pero sí un rubio con carita colorada parecido. Ya se había casado en dos ocasiones anteriores y en palacio vivían sus ex junto a sus hijos. Su hija mayor era Chabelita (léase la hija díscola de Isabel Pantoja) pero su madre en mi sueño no era Maribel si no una señora muy discreta a la que no he visto casi la cara. Con la segunda mujer el rey había tenido unos tres o cuatro hijos (aparecen también difuminados, rubios y coloraditos) a los que Chabelita cuida sin ganas; no es una buena influencia porque les pasa porros de vez en cuando.

Ése es el panorama que me espera. Pero el amor es ciego y yo estoy dispuesta a casarme con mi rey rubito. La segunda mujer, una mujer muy atractiva que me provoca celos, es la que me da mejores consejos, o lo intenta, porque a veces me dice cosas sin sentido como que me acueste con los tacones puestos.

El rey de Holanda está pluriempleado, y además de ejercer de soberano, acaba de abrir un restaurante. Muy moderno, en pleno centro de no sé muy bien qué ciudad holandesa, con grandes cristaleras. Y yo le ayudo en el negocio. Tanto le ayudo que llega un momento en que me convierto en chica para todo (cocinera, camarera, encargada de atender el teléfono…). Muy lejos queda lo de palacio, donde viven las ex a sus anchas y los hijos díscolos.

El rey ficticio de Holanda es un picaflor y, mientras yo hago despegar el restaurante, él tontea con tacones lejanos. “Ahhh, no, por ahí no paso”.  Las cristaleras hechas añicos han quedado. Ya no me caso.

 


God Save The Girl

Los viernes sueño con música, “en el colegio escribía de derecha a izquierda”.

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