Animales fantásticos

Y otras criaturas, parafraseando la saga de J. K. Rowling.

Hoy he tenido una auténtica pesadilla con un animalito aparentemente inofensivo. En mi dormitorio ha aparecido un pequeño escarabajo hecho de piezas de lego que al principio he admirado por creer que era una creación de mi hijo pequeño. «Mira que apañado», he pensado.

Cuando el bicho en cuestión ha comenzado a moverse he seguido la lógica y creído que le habían añadido un motorcito. Pero cuando se ha metido entre el pantalón del pijama y me ha mordido en fin… me he empezado a preocupar. Y como los sueños paralizantes, yo sentía que no me podía mover, mientras el escarabajo de lego sigue subiendo y se hace cada vez más grande.

Tiene antenas y dientes.


El 11 del 11

Tengo un grupo de amigos que son un tesoro. Nos conocemos desde hace más de veinte años y hemos pasado muchos momentos de nuestras vidas juntos. Bodas, niños, enfermedades e incluso divorcios.

Muchas juergas y muchas risas. Los quiero, les tengo absoluta devoción. Una vez al año, el 11 del 11, nos vamos todos juntos de viaje (sin niños), y a finales de febrero nos reunimos con nuestros hijos (una «jartá» de niños y adolescentes).

Pero esta noche nos hemos matado… literalmente. No puedo ver series de asesinatos; nos hemos embarcado en charcos de sangre, golpes, puñaladas. Yo sobre todo he estado limpiando escenas del crimen para no calentar el ambiente, pero ni por esas. En un cuarto de baño, una que no voy a nombrar, ha estampado contra un espejo a su ex. Como una ninja con coreografía y todo, lo ha levantado por los aires y… ¡bimba!

También recuerdo guardar sin descanso sudaderas llenas de sangre, conforme lo estoy escribiendo entiendo lo de las sudaderas… ¿por qué tantas? Eso queda entre nosotros. Recuerdo muchas carreras también, agotador, y esquivar cuchilladas; no me puede dar más grima pensar en cuchillos y rajas en el cuello.

Yo si me dedicara a esto, con pistolas. Y puñetazos.

Bueno, ya me podéis dar por loca, gracias: «Porque tengo la culpaaaa, porque la culpa es mía, porque la fatiguita que tú has pasao no la merecías».


Hope

Creo que soñamos para recordarnos que tenemos esperanza. Y entre esos pliegues que se forman entre realidad y ficción, si escuchamos atentamente, nos llegan mensajes claros. Como cuando pretendemos escuchar a Dios.

Tengo en mi cabeza un papel de libreta arrugado, contiene seis recuadros y tres líneas. Las líneas representan el cariño de mis hijos, a veces más delgadas otras menos, pero nunca se desdibujan del todo. Y en los cuadros tesoros: lectura, trabajo (en mi caso el oficio de la escritura), respiración pausada (no me atrevo a llamarlo meditación), capacidad de concentración, capacidad de ausentarme, dormir.

Últimamente visualizo el papelito antes de soñar.

¿Y si cuando el Sol se fusione con la Tierra habremos sido capaces de poblar otros sistemas? A lo mejor entonces el ser humano no se extingue.


Me salvas

Siempre digo que mi subconsciente tiene forma de serpiente, pero empiezo a pensar que también es ése que aparece de vez en cuando para abrazarme y reconfortarme.

Porque no es real, porque no se parece ya a nadie, y sin embargo vuelve y me hace estremecer. Yo lo he creado, es mi subconsciente, que es serpiente cuando quiere escapar y hombre cuando abraza.

Bienvenido seas, cuando quieras. Recordarte me hace fuerte.


Confusión

Últimamente sueño cosas triviales, situaciones tan normales que no sé si las he vivido o las he soñado. Ando confundida.

Conversaciones, encuentros. Mmmm, se tornan los papeles. Cuando sueño parece que estoy centrada y despierta parezco ausente. Muy despistada.

Me da apuro preguntar, llamar a alguien con quien a lo mejor he hablado hace dos días, ¿o lo he soñado? ¿Metí la pata enfrentándome a alguien o lo hice en un sueño?

No me lo tengáis en cuenta, y si falto a alguna cita será porque creo que lo he soñado.

Hoy me he sorprendido a mí misma mirando cómo cicatrizaba la serpiente que me había tatuado en la espalda, pero no, no hay nada.


Bienvenidas al tópico

Iba a escribir este artículo en tono de queja, con cierta nostalgia, con enfado incluso, pero me he dado cuenta de que iba a caer más en el tópico en el que me siento atrapada así que vamos a darle un toque de humor.

¿Tienes cuarenta y tantos? ¿Eres mujer, profesional (con sensación de medio en ciernes siempre)? ¿Llevas días suspirando, corriendo (estamos en diciembre) y te duele el corazón? ¿Estás triste y frustrada porque no sabes llevar la adolescencia de tus hijos? ¿Te falta un minuto para hablarle a tu marido de usted? ¿Y aún así dices que estás en tu mejor momento? Bienvenida al tópico. Como me dice la simpática de mi hija, eres la típica mujer blanca privilegiada de clase media. Es que ella se cree que ha pasado media vida en Harlem y habla en esos términos. En el Harlem norte se ha criado, ancá la Quinn.

Si queréis sigo, a ver si os creíais originales. Porque yo me he creído muy innovadora por dejar de comer pan, comprar pasta integral, practicar yoga, agujerearme la oreja hasta dejarla sin espacio, hablar de sofocos sin tapujos, y tener menos tapujos con el sexo, faltaría más. Pero vamos, de poco me sirve porque entre la falta de tiempo, los niños que no se han dormido, el cansancio… ¿os suena? Bienvenidas. Menos mal que me quedan algunos momentos en soledad, y las conversaciones entre amigas en las que creemos que hemos descubierto América. Vamos tarde, pero y lo que nos reímos.

En fin, que yo a mi marido lo quiero seguir tuteando. Tendremos que irnos de vacaciones, pero ¿cuándo?

¿Os definís como incrédulas? Pues haced el ejercicio de ver cuántas veces habéis compartido una reflexión súper profunda que habéis leído en redes. Los incrédulos más crédulos de la historia, y esta reflexión ni siquiera es mía; se la escuché hace unos días a un prestigioso periodista.

De salud ni hablamos; pinzamiento en el cuello, premenopausia, psicólogo, tu dentista es ya tu amiga, fisio, droguita, insomnio. Meto el insomnio porque toca, yo aquí ves, no, duermo como un bebé. Para enero ya tengo cita con el cardiólogo y con el endocrino. Pero creo que le voy a hacer caso a mi madre e irme un par de días a su casa a que me pongan todo por delante, y seguro que no necesito tanto especialista. ¿Os suena? Bienvenidas.

Estamos en nuestro mejor momento pero somos incapaces de dejarnos llevar, que si no, ¿quién nos lleva a nosotras? Nadie, faltaría más, que tenemos que ser fuertes e independientes. Ya este artículo de por sí es un topizaco como una casa. Seguro que googleo y encuentro varios del mismo corte. Y series, películas, libros que hablan de lo mismo. Y menos mal. Las vemos, leemos, nos sentimos identificadas y nos damos media vuelta para decirle a los niños que como no hagan la cama se la van a cargar. Y te empieza otra vez a doler el cuello.

Contradicciones: Apago el móvil a las nueve de la noche, los aparatos electrónicos los aparco en la entrada todos los días a esa hora, pero hoy se me ha enfriado el café comprobando cuántas personas han visto mi historia en Instagram. Miro con condescendencia a los crédulos, pero envidio soberanamente a las personas que viven con fe. Voy de progre (también en ciernes), pero ay de quien me saque los pies del tiesto. Me creo liberada, pero vivo acongojada.

¿Habéis empezado a hablar de algoritmos sin parar? Bienvenidas, porque esa es otra. Ahora hablo por mí cuando os cuento lo que me apasiona mi trabajo como comunicadora en redes sociales y la necesidad de desconexión que albergo. En eso sí, intento huir de fuegos artificiales en redes y centrarme en la comunicación; así se lo explico a mis clientes y lo llevo por bandera. Pero es muy difícil encontrar el equilibrio entre la desconexión y la necesidad de hacer bien tu trabajo. De hecho, si quiero que me leáis, tendré que volcar este artículo en el blog, compartirlo por facebook, linkedin, twitter. Y a ver si se portan bien los algoritmos.

Vamos al final de este artículo en el que comencé diciendo que iba a tener un tono de humor y se desprende un poco de queja. Todo escrito tiene su estructura. Yo podría terminar de cuatro maneras:

  1. Le doy la vuelta a lo anteriormente expuesto y comento lo privilegiada que soy (al final mi hija va a tener razón de tanto ver TikTok).
  2. Planteo dos peguntas: ¿Por qué no somos capaces de ver lo privilegiados que somos y salir de esta rueda de reproches? ¿Por qué nos falta valentía o empuje para cambiar la situación o simplemente disfrutamos de ella?
  3. Os cuento que como siempre para mí escribir es terapéutico, suerte que tengo, que os vaya andando.
  4. Os dejo varios finales y elegís el que más os convenga.


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