Desnuda II

desnudo1

Hoy he palpado la desnudez con la que me ofrezco ante vosotros de manera muy física. Desnudo mi alma, lo hace mi subconsciente, me la ofrece para que yo le dé forma con las palabras. Ese es mi leit motiv como escritora, y esta noche he desnudado mi alma a través de otra profesión, la de actriz.

No tengo pudor a la hora de escribir, pero sé que el pudor, el sentido del ridículo muy marcado, me impediría actuar. No me gusta hablar en público, no me gusta ni siquiera disfrazarme, no sería buena actriz. Aunque después de esta noche me he levantado sintiendo la capacidad de hacerlo. Sería capaz, el efecto se pasa después de unas horas, de estudiar arte dramático, con mis 41 años, y empezar de cero. Esas cosas hace mi subconsciente conmigo. Y vivir varias vidas.

Película peculiar, en la que la protagonista vive situaciones límite, duras, se hace daño, consume drogas, pero a la vez convive con una vida amable, tierna, ordenada. Lo curioso es el lenguaje que se utiliza en el filme: las situaciones más duras se tratan visualmente de manera amable, las cosas se intuyen pero se esconden, pero el desnudo, la dureza, la intencionalidad visual desgarradora está en las escenas cotidianas. Esa dualidad tan bien conseguida, _ me maravilla la capacidad de los profesionales del cine de comunicar con la imagen_, hace de la película un tesoro.

¿Se nota que tengo mono de escribir críticas de cine?

Anuncios

Cuento ruso

bosque_rusia

Que un sueño te lleve a la búsqueda de nuevas lecturas, y quieras leer compulsivamente literatura rusa.

Esta noche he viajado en el tiempo y me he debido trasladar a finales del siglo XIX. Siento ternura por el pasado. Soy una viajera en el tiempo al que un grupo de aldeanos (todo muy tópico en mi sueño) intentan enseñar, a sobrevivir quizás en medio de la nieve. Y entre el grupo un hombre espigado, que me va a ayudar y traducir un cuento. Tengo entre mis manos un librito pequeño, delgado, tamaño cuartilla que está escrito en ruso. Como no lo entiendo él me lo va a leer, me lo va a contar.

Siento ternura por el pasado. Y ternura por el hombre del cuento. Y claro, será mi futuro marido. Todos los saben. Tiene el pelo largo, por los hombros, y es el más inteligente. Como tópico, decir que intuyo que acabará dando clases a los niños de la aldea. Y yo voy a enseñarles a leer, también a nuestros hijos, pero eso será más adelante. Por el momento las primeras miradas, el agradecimiento por la traducción y por mirarme con ternura, porque cuando eres viajera en el tiempo, estás un poco desorientada, y necesitas ese tipo de miradas que te sitúan.

Que emocionante sentirse tan vulnerable; a la vez notas calidez, por el cruce de miradas, y porque tienes entre tus manos el cuento, y lo acaricias.

 

Esta mañana he hecho los deberes. Creo que mi libro debía ser de Pushkin o una recopilación de Afanásiev. Me he visto tentada a ilustrar este sueño con alguna edición de los característicos dibujos de Ivan Bilibin, pero algo me dice que mi sueño se produce antes, y que mi cuento ya es antiguo en la época que he soñado. Quizás incluso anterior a los autores nombrados. Tengo curiosidad pero me he despertado antes de que él me lo traduzca; no sé qué cuento es, ¿quién me lo ha regalado?


Papelitos

papeles

Probad a ordenar con un hijo adolescente su cuarto. Sus cosas, sus recuerdos, sus juguetes, sus libretitas, sus cables, su diarios, sus agenditas, sus papelitos. No hablo de síndrome de Diógenes porque es algo serio, pero ayer me acordé de esos programas de televisión en los que vacían casas y cargan camiones enteros de basura. Yo sería una muy buena organizadora profesional, por cierto.

Cuál sería el bloqueo con el que terminamos (también alivio), que mi adolescente tardó mucho en dormirse y yo he soñado con papelitos. Papelitos arrugados y rotos sin ton ni son, a través de los cuales me han llegado todo tipo de mensajes.

Imaginaos que los whatsapp y mails, o llamadas de teléfono que recibís cada día os llegaran en forma de papelitos, de bolitas pequeñas y arrugadas que tenéis que abrir con sumo cuidado, ya que sus mensajes son casi ininteligibles.

“Quedamos a tal hora”, “comprar tal cosa”… incluso me han llegado ofertas de trabajo. Ruedas de prensa a las que acudir (hay una parte de mi subconsciente que vive permanentemente en una rueda de prensa), convocatorias escritas a lápiz y emborronadas con rotuladores fluorescentes.

Tengo una agenda en papel, hoy no puedo abrirla, he apuntado lo que tengo que hacer en el móvil.


Érase una vez

lola_salta

¿No empiezan así todos los cuentos?

Érase una vez una niña muy pizpireta que de tanto pizpiratear se quedó turuleta. Andaba esa niña de puntillas, porque a cada paso que daba se le escapaban por los pies estelas de colores que se enmarañaban.

Eran estelas azules y violetas, rojas y a veces negras. Le daba miedo a la niña pizpireta dejar escapar tantos colores de su cuerpecillo, cada vez más delgado por quedarse sin estelas.

Hasta que fue descubriendo que los colores, aunque rebeldes y huidizos, la acompañaban. Se acostumbró a su externa presencia y comenzó a jugar con ellos. Los convirtió en palabras; con la A del azul y la R del rojo bien atados a su cintura la niña llegó a liberar incluso estelas de colores fluorescentes, y trenzó las cuerdas de colores y compuso, desmadejando colores, cuentos y relatos. Ya no andaba de puntillas, para cogerlos al vuelo saltaba.

La niña creció y pasó de ser pizpireta a curiosa e inquieta. Desenredados los hilos de colores tejió su propia historia y, mezclando colores, tuvo a sus hijos, que van andando torpemente de puntillas porque todavía no se han acostumbrados a sus estelas.

La mujer curiosa e inquieta vive en el centro de sus hilos de colores, estelas que se desordenan con mucha facilidad, tanto que a veces la hacen tropezar.

Pero ella, con la paciencia que le ha otorgado el oficio, sigue desmadejando cuerdas, y las convierte en palabras y se las ata con empeño en la cintura, para quedar justo en medio de ellas y, cuando llegue el momento de la despedida, utilizarlas para coger impulso y entonces saltar, saltar.

 

 


Soy escritora pero me expreso como el culo (Oops, perdón)

Cuando escribo encuentro siempre las palabras que necesito, pero pobre de quien quiera mantener conmigo una conversación.

caras

Tengo facilidad para escribir, es un don. Lo haré mejor o peor pero no tengo miedo al folio en blanco. A veces memorizo en mi cabeza un texto antes de plasmarlo; no necesito por ejemplo andar escribiendo ideas en una libreta, las memorizo. Lo suelo hacer mientras me ducho, mientras conduzco… Suele ocurrirme que mientras compongo en mi cabeza diferentes frases, relatos, expresiones, alguien me habla y yo, despistada, no sé qué contestar.

Pero cuando hablo, quizás por andar sumergida en el mundo paralelo de la expresión escrita, o simplemente por una cuestión de falta de destreza, no encuentro las palabras. También he pensado que la razón es otra, que mi mayor estimulación intelectual es la que me proporcionan tres niños pequeños a los que cuido con esmero, no hago otra cosa de hecho. Y si a mi hija no le hacen una “ecografía” si no una “coreografía” en la barriga, yo no le voy a ir a la zaga. Aunque mis hijos no me enseñan palabrotas, que ese es otro cantar.

No encuentro las palabras en mi día a día pero me niego a describir las cosas como “la eso”, “la puñeta esa” o “el esto”. Así que desde hace algún tiempo sustituyo esas palabras que no alcanzo a recordar por otras, no necesariamente sinónimos, sino palabrejas, algunas reconocidas en nuestro diccionario, otras inventadas.

Este verano anidaron en mi casa unos cernícalos. Salvamos a uno pequeñito que se había caído del nido y han sido nuestras “mascotas” durante un tiempo. Nunca me he dirigido a ellos llamándolos por su nombre, “cer-ní-ca-los”. Les he llamado cosmonautas, caripollos y tentáculos.

Todo se complica cuando te compras una bicicleta y tienes que bajar el sillín y el manillar para adaptar el cuerpo. Imposible decir una frase tan larga de corrido, entonces bajas el “sitio” y los “guantes” para adaptar el “intrínseco”.

Y qué decir cuando tienes que llamar a tus hijos por su nombre. Imposible. Les suelo rebautizar con nombres literarios, a Javier le llamo Kafka Tamura, a Martina Boo Boo Tannenbaum y a Lola Nadia Orlov. Sé que es más difícil pero es lo primero que se me viene a la cabeza. Ellos lo aceptan como un juego y contestan.

Lo sé, estoy terminando el texto y no he comentado nada sobre el referéndum en Cataluña. Ayer quise encender la televisión para ver el buen ambiente que hay (ironía) pero no encontraba el mando a distancia. Mis gritos se oyeron en todo el vecindario: “¿¡Qui-én-ca-ra-jo-ha-co-gi-do-el-es-pe-jo-re-tro-vi-sor!?”.


“Así no”

casablanca

Esta noche se han mezclado dos situaciones en mi sueño. Una real, y otra del todo improbable. Porque me he convertido en candidato a la presidencia de Estados Unidos (candidato, no candidata) con un gran dolor de muelas.

Soy candidato a ser candidato por el partido demócrata, o republicano, la verdad es que no lo sé. Me enfrento con alguien de mi partido, otro señor menos elegante y más joven que yo. Porque en mi sueño de esta noche no salgo de casa sin mi traje hecho a medida y rondo los cincuenta años.

Pero un gran dolor de muelas me acompaña, porque en realidad yo, Cristina, tengo un dolor de muelas impresionante. Y mi alter ego candidato sufre mi dolor. Tengo una conferencia y le comento a mi asistente: “Con este dolor de muelas no”. Mi asistente es una pizpireta y entusiasta chica que me sigue a todas partes. Señor, la cantidad de series americanas que me están friendo el cerebro. No sé si ver el mundo desde la perspectiva de “Scandal” y “House of Cards” o la buenista “Madam Secretary”. Prefiero a los h. de p. de las dos primeras.

Además de la conferencia quieren hacerme una entrevista en televisión y yo pienso: “¿Con este dolor de muelas? Así no”. Que digo yo que mi entusiasta asistente podría pedirme una cita en el dentista en vez de con Oprah (toma cliché, aún así no consigo dilucidar si soy demócrata o republicano).

Después de un largo día tengo que asistir a una cena de compromiso, pero yo no sólo no quiero ir a la cena, me planteo que con un dolor de muelas permanente e incurable no puedo seguir siendo candidato. De manera que me siento en mi despacho, me aflojo el nudo de la corbata y le digo a mi asistente: “Así no”.

Y yo, la que sueña, me voy corriendo al dentista en cuanto termine de escribir.


A %d blogueros les gusta esto: