El polvo de la galaxia

desierto

Una confunde términos cuando sueña con situaciones que no tienen relación aparente. De ahí un título confuso que a lo mejor tiene que ver con polvos (entiéndase echar un polvo), o con galaxias (entiéndase la Guerra de las Galaxias).

Pero mi sueño de hoy ha comenzado siendo un viaje nada sideral a un hotel con encanto. Aunque los hoteles de mi subconsciente no entienden de encanto… deciros que las paredes estaban empapeladas con papel para envolver regalos. Se asemejaba el edificio a un molino de viento, y nos han recibido dos resueltos jinetes a caballo. La habitación asignada, con depuradora integrada.

Cuando empiezo a asumir la situación e intento descansar, me doy cuenta que al hotel se lo ha tragado la tierra. Estamos “escondidos” en un desierto al que se accede por una trampilla. Hay que protegerse de los invasores. Aquí comienza “La Guerra de las Galaxias”.

No nos queda otra cosa que hacer, que asistir a una gran sala común para matar el tiempo. Allí me encuentro con mis hermanos. Parece que a ellos todo les parece muy normal, y no están pendientes de lo que ocurre a nuestro alrededor. Yo sí, y los personajes que por allí deambulan me dan pistas sobre lo que va a ocurrir en los siguientes episodios de la saga.

– “¡No hagas spoiler!”, me gritan todos.

Al final, no me preguntéis cómo ni porqué, he tenido un “affaire” con Mario Vaquerizo, porque con Mario no se echa un polvo, se tiene un affaire.

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La clínica

abandono

Surrealista cabría añadir. He pensado un buen rato cómo nombrar el lugar con el que soñado esta noche. Me he decidido por clínica, pero… ha sido algo más.

Porque para empezar no se accede a ella de manera normal: está en otra dimensión. Mi sueño de hoy ha comenzado con una excursión de un grupo de niños de unos diez años a un bosque. En el bosque se han puesto a jugar al escondite entre unas ruinas. Uno de los chicos se ha sentado sobre una piedra (podría ser una mesa, una lápida, algo rectangular). La piedra se ha vestido con un mantel que me ha recordado la casulla de un sacerdote y entonces sí, el chico ha accedido a otra dimensión, a la clínica.

Comentaros que el cuerpo pesa más ahora y, aunque es un niño de diez años quien ha accedido a la clínica, soy yo quien nota ese peso. Por eso creo que mi subconsciente ha decidido liberarlo de esa sensación y el niño ha cambiado de sexo y edad. Ahora pasea por la clínica una chica, adolescente, con rasgos asiáticos. Viste un camisón de hospital, verde y, salvo el peso de su cuerpo al andar, la dificultad de llegar a alguna parte, su aspecto es bueno, sano,  su cara alegre.

Hemos llegado (siento que mis brazos tiran de ella) a una sala con luces fluorescentes. Exponerse a esa luz le resta el fastidioso peso. Ya hemos terminado, podemos salir de la clínica. Siento que soy el niño de diez años y acompaño a la niña fuera. Por el camino de vuelta nos cruzamos con otros niños de diferentes edades, con batas verdes, semitransparentes. ¿Son niños que han conseguido salir, no? Mi subconsciente me transmite cierto optimismo.

De nuevo ruinas, bosque, una excursión.

Normalmente no tengo necesidad de explicar mis sueños. Generalmente porque en el fondo lo tengo más o menos claro, y si no, no me importa. Con este sueño sólo me ha rondado todo el tiempo una pregunta: ¿Era ese niño la llave?

 

 


¡Dientes, dientes!

dientesNo he querido parafrasear a una famosa tonadillera al titular este sueño… o sí, no lo he podido evitar. Pero yo no me refiero a enseñar dientes cual ordinario espécimen enfadado. Yo es que esta noche he vuelto a soñar que se me caían los dientes.

¿Cuántas veces lo habré soñado? Muchísimas; lo que más recuerdo es la sensación de las muelas sueltas en la boca, tener que escupirlas. Me importa poco la estética, el verme sin molares y premolares, incluso paletas. La sensación extraña es la caída, mover con la lengua una muela y que caiga en un santiamén.

Hay muchas teorías sobre por qué soñamos con este fatídico hecho: inseguridad, malas decisiones, previsión de malas noticias e incluso aviso de que algo falla en el sexo. Nada de esto parece que esté asociado a mi sentir últimamente, pero ahí está, esta noche me he quedado sin incisivos, cúspides y bicúspides.

Y mientras tanto he ido a Ikea, que se ha convertido en un parque de atracciones. ¿La temática? La deco, claro está. En una de sus mesas Hemnes había niños celebrando un cumpleaños, rodeados por un globo gigante de E. T. dando vueltas por la estancia. Ahí he escupido yo el primer premolar. También podías ver una película acomodado en sillones Ektorp. No sabía cómo sentarme y me he resbalado; me he partido la paleta en el aterrizaje. Muy divertido el parque Ikea, con talleres para crear tus propios peluches, cursos de cocina… por el restaurante mejor no me acerco.

Al despertarme esta mañana me he ido casi volando a mirarme en un espejo. Todo en su sitio, pero qué necesidad de beber agua y escupir…

 

 


Hablar

Hoy he soñado que hablaba en público con fluidez.


¿Por qué soñamos?

porquesonamos

No tengo ni idea, pero tampoco me importa demasiado, ya lo sabéis. Hay muchas teorías y libros escritos al respecto, con mayor o menor argumentación científica, con mayor o menor literatura. Pero qué bien que soñamos.

¿Y por qué soñamos lo que soñamos? También hay muchas teorías. Yo tengo mi propia idea al respecto, basado en mi experiencia. A mí me gusta pensar que me desdoblo, y por las noches mi subconsciente, del que os hablo a menudo (todavía no le he puesto nombre) manda. Y nada más, y nada menos.

Mi subconsciente es más atrevido que yo, menos educado. Macabro, es una serpiente que recorre mi piel y conoce cada uno de sus pliegues. También conoce como nadie mi cerebro, todos sus pasillos y puertas. Es un subconsciente excitante y me regala todas las historias que os cuento, todos los sueños, a cambio de otorgarle libertad.

Le dejo hacer todo lo que quiera, todo lo que quiera. Viaja, se desnuda, cambia de sexo, edad, llora, tiene orgasmos, me asusta, me cuida, me trae de vuelta voces y hogares perdidos. Se mueve como una serpiente.

Me encanta soñar.

 


La boda

boda

Tengo una boda mañana, tiene sentido que haya soñado con una boda esta noche. Y tengo que pedir disculpas a los novios reales porque seguro que su boda será preciosa, pero la verdad, con la que he soñado ha sido es-pec-ta-cu-lar. Y rarísima, y disparatada como cabría esperar.

Para empezar el aperitivo, sólo el aperitivo, era en una isla y nos trasladaban a los invitados en veleros. Y no penséis en islas caribeñas y mares pacíficos, hablamos de puro Atlántico, tormentas, olas y chalecos salvavidas. Pero, ¿quién dijo miedo? Nos enseñan al llegar el vídeo sobre la “regata” y es precioso: a cámara lenta la proa de los veleros rompiendo las olas, la espuma blanca y el viento…

Y qué de comida, una ordinariez. Pero yo casi no pruebo bocado porque he tenido un bebé. Lo que oís, yo voy a la boda con un cuarto hijo, una niña de días. Y le doy el pecho. No sé si lo sabéis, pero dar el pecho al principio duele muchísimo, y esa sensación de tirón en el pezón no se olvida. Así que en el sueño, súper arreglada, contraigo el cuerpo esperando el tirón cuando sorprendentemente no noto dolor alguno. Disfrutar de dar el pecho, soñaré con eso mucho tiempo porque con tres hijos que he tenido lamentablemente no he terminado de disfrutar del proceso.

Termina el aperitivo; nos dirigimos a otro lugar para comer. Ahora viajamos en autobús (yo sigo con mi pequeña), y oigo a otros invitados cuchichear: “Éstos nada más que celebran cumpleaños y bodas para evitar el proceso judicial en el que andan inmersos”. Uyuyuy, ¡qué criticones!

Antes de llegar al lugar donde nos sentaremos a comer paso por un apartamento donde se celebra una fiesta de pijamas con mi hija pequeña y sus amigas; aprovecho para dar el pecho otra vez. Las dejo a todas en pijama organizadas y me voy de nuevo… ya tengo hambre, la verdad. Parada de turno en una urbanización de calles laberínticas y casas colgantes cuando me encuentro a mi marido, con una pashmina muy colorida al cuello, que me pregunta: “¿Sabes si he venido a la boda? Me estoy buscando pero no me encuentro”.

Mañana lo pasaré bien, pero me faltará algo, ¿no creéis?


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