Os propongo una rima: LOLA Y EL DRAGÓN, disponible en Amazon

Poco más que añadir a esta esperada noticia. Un sueño “disparate” que por fin se convierte en realidad. Este libro de literatura juvenil es apto para todos los públicos, también el adulto. Es un libro ameno, cargado humor, también de momentos entrañables. Con su lectura acompañaremos a Lola, su pequeña protagonista, a un viaje en buscar del optimismo perdido.

Y tú, ¿te acuerdas de dónde vivías antes de nacer?

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Que vivan los lunes

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Días tranquilos y apacibles donde los haya. Días ordenados que provocan sueños tranquilos y apacibles donde los haya.

Pero ¡ay! del domingo, al que precede a un sábado de cervezas, comida con amigos y cena mexicana en familia, y al que precede a un viernes de día del deporte en el colegio de los niños, cena con amigos y bares. Ese domingo sueñas fragmentos de sueños. Fragmentos muy locos en los que he hecho infinidad de cosas, como irme a Granada a estudiar Farmacia.

-¿Y qué haces con los niños mientras?

-Ah, no sé, sólo sé que me corresponde matricularme.

En esta aventura he dudado entre vivir con un amigo (que terminó Derecho hace siglos pero en mi sueño se anima con lo de Farmacia) o con mi abuela (que resucita en mis sueños de vez en cuando). Pero acabo viviendo sola en un coqueto apartamento.

No sé si he terminado la carrera; me he visto de repente viajando en avión con José María Aznar, casi casi me cae bien en el sueño, pero sólo casi, ni en sueños se muestra simpático. Acaba hablándome de Robespierre, no me preguntéis por qué.

He estado también esta noche en República Dominicana, quizás he llegado hasta allí en el avión junto a Aznar. La idea del viaje es encontrar y zambullirse en la piscina más grande del mundo.

Esta noche también le he dado el pecho a mi hijo de tres años, y he ordenado después una biblioteca. Dadme algo para ordenar, que seré feliz. Lo he ordenado por autores, creo que no es un sistema muy práctico pero es lo que hay. Es una biblioteca muy cálida instalada en mi cerebro, con lo que sólo seré yo, y a lo mejor Mateo, quien la visitará.

El sueño del lunes será diferente, o no… pero, ¡que vivan los lunes, las carreras terminadas hace tiempo, el pecho ya vacío que todo tiene su momento y que Aznar no me cuente cuentos!

 

 


Desnuda II

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Hoy he palpado la desnudez con la que me ofrezco ante vosotros de manera muy física. Desnudo mi alma, lo hace mi subconsciente, me la ofrece para que yo le dé forma con las palabras. Ese es mi leit motiv como escritora, y esta noche he desnudado mi alma a través de otra profesión, la de actriz.

No tengo pudor a la hora de escribir, pero sé que el pudor, el sentido del ridículo muy marcado, me impediría actuar. No me gusta hablar en público, no me gusta ni siquiera disfrazarme, no sería buena actriz. Aunque después de esta noche me he levantado sintiendo la capacidad de hacerlo. Sería capaz, el efecto se pasa después de unas horas, de estudiar arte dramático, con mis 41 años, y empezar de cero. Esas cosas hace mi subconsciente conmigo. Y vivir varias vidas.

Película peculiar, en la que la protagonista vive situaciones límite, duras, se hace daño, consume drogas, pero a la vez convive con una vida amable, tierna, ordenada. Lo curioso es el lenguaje que se utiliza en el filme: las situaciones más duras se tratan visualmente de manera amable, las cosas se intuyen pero se esconden, pero el desnudo, la dureza, la intencionalidad visual desgarradora está en las escenas cotidianas. Esa dualidad tan bien conseguida, _ me maravilla la capacidad de los profesionales del cine de comunicar con la imagen_, hace de la película un tesoro.

¿Se nota que tengo mono de escribir críticas de cine?


Cuento ruso

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Que un sueño te lleve a la búsqueda de nuevas lecturas, y quieras leer compulsivamente literatura rusa.

Esta noche he viajado en el tiempo y me he debido trasladar a finales del siglo XIX. Siento ternura por el pasado. Soy una viajera en el tiempo al que un grupo de aldeanos (todo muy tópico en mi sueño) intentan enseñar, a sobrevivir quizás en medio de la nieve. Y entre el grupo un hombre espigado, que me va a ayudar y traducir un cuento. Tengo entre mis manos un librito pequeño, delgado, tamaño cuartilla que está escrito en ruso. Como no lo entiendo él me lo va a leer, me lo va a contar.

Siento ternura por el pasado. Y ternura por el hombre del cuento. Y claro, será mi futuro marido. Todos los saben. Tiene el pelo largo, por los hombros, y es el más inteligente. Como tópico, decir que intuyo que acabará dando clases a los niños de la aldea. Y yo voy a enseñarles a leer, también a nuestros hijos, pero eso será más adelante. Por el momento las primeras miradas, el agradecimiento por la traducción y por mirarme con ternura, porque cuando eres viajera en el tiempo, estás un poco desorientada, y necesitas ese tipo de miradas que te sitúan.

Que emocionante sentirse tan vulnerable; a la vez notas calidez, por el cruce de miradas, y porque tienes entre tus manos el cuento, y lo acaricias.

 

Esta mañana he hecho los deberes. Creo que mi libro debía ser de Pushkin o una recopilación de Afanásiev. Me he visto tentada a ilustrar este sueño con alguna edición de los característicos dibujos de Ivan Bilibin, pero algo me dice que mi sueño se produce antes, y que mi cuento ya es antiguo en la época que he soñado. Quizás incluso anterior a los autores nombrados. Tengo curiosidad pero me he despertado antes de que él me lo traduzca; no sé qué cuento es, ¿quién me lo ha regalado?


Papelitos

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Probad a ordenar con un hijo adolescente su cuarto. Sus cosas, sus recuerdos, sus juguetes, sus libretitas, sus cables, su diarios, sus agenditas, sus papelitos. No hablo de síndrome de Diógenes porque es algo serio, pero ayer me acordé de esos programas de televisión en los que vacían casas y cargan camiones enteros de basura. Yo sería una muy buena organizadora profesional, por cierto.

Cuál sería el bloqueo con el que terminamos (también alivio), que mi adolescente tardó mucho en dormirse y yo he soñado con papelitos. Papelitos arrugados y rotos sin ton ni son, a través de los cuales me han llegado todo tipo de mensajes.

Imaginaos que los whatsapp y mails, o llamadas de teléfono que recibís cada día os llegaran en forma de papelitos, de bolitas pequeñas y arrugadas que tenéis que abrir con sumo cuidado, ya que sus mensajes son casi ininteligibles.

“Quedamos a tal hora”, “comprar tal cosa”… incluso me han llegado ofertas de trabajo. Ruedas de prensa a las que acudir (hay una parte de mi subconsciente que vive permanentemente en una rueda de prensa), convocatorias escritas a lápiz y emborronadas con rotuladores fluorescentes.

Tengo una agenda en papel, hoy no puedo abrirla, he apuntado lo que tengo que hacer en el móvil.


Érase una vez

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¿No empiezan así todos los cuentos?

Érase una vez una niña muy pizpireta que de tanto pizpiratear se quedó turuleta. Andaba esa niña de puntillas, porque a cada paso que daba se le escapaban por los pies estelas de colores que se enmarañaban.

Eran estelas azules y violetas, rojas y a veces negras. Le daba miedo a la niña pizpireta dejar escapar tantos colores de su cuerpecillo, cada vez más delgado por quedarse sin estelas.

Hasta que fue descubriendo que los colores, aunque rebeldes y huidizos, la acompañaban. Se acostumbró a su externa presencia y comenzó a jugar con ellos. Los convirtió en palabras; con la A del azul y la R del rojo bien atados a su cintura la niña llegó a liberar incluso estelas de colores fluorescentes, y trenzó las cuerdas de colores y compuso, desmadejando colores, cuentos y relatos. Ya no andaba de puntillas, para cogerlos al vuelo saltaba.

La niña creció y pasó de ser pizpireta a curiosa e inquieta. Desenredados los hilos de colores tejió su propia historia y, mezclando colores, tuvo a sus hijos, que van andando torpemente de puntillas porque todavía no se han acostumbrados a sus estelas.

La mujer curiosa e inquieta vive en el centro de sus hilos de colores, estelas que se desordenan con mucha facilidad, tanto que a veces la hacen tropezar.

Pero ella, con la paciencia que le ha otorgado el oficio, sigue desmadejando cuerdas, y las convierte en palabras y se las ata con empeño en la cintura, para quedar justo en medio de ellas y, cuando llegue el momento de la despedida, utilizarlas para coger impulso y entonces saltar, saltar.

 

 


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