Cumplo cuarenta

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Hoy es mi cumpleaños, cumplo cuarenta y, aunque me han enviado mensajes de “son los nuevos treinta” e incluso “son los nuevos veinte”, la verdad es que los años son los que son. Y aunque suene a tópico me siento mejor que nunca. Bueno, mejor que cuando cumplí treinta, que no fue mi mejor momento.

Tengo recuerdos de algunos cumpleaños como en una foto fija. En realidad mis recuerdos los suelo almacenar en mi memoria como fotos fijas, no así mis sueños, que revivo como una película, en movimiento y a todo color.

Me acuerdo de cuando cumplí siete años; la foto fija es de la cocina de casa de mis padres rodeada de amigas compartiendo unos platos de arroz con tomate. La perspectiva de la foto es panorámica: también veo a mi madre de pie junto a nosotras a punto de comenzar un relato. “Érase una vez una niña que nació en Cádiz, frente a la Caleta…”.

El día que cumplí diez años asistí a la boda del hermano de mi madre; en la foto tengo un abrigo marrón, miro unas palomas y le doy la espalda a la Iglesia. No sé por qué estoy sola.

Mi madre también está en el recuerdo de cuándo cumplí quince años. En esta ocasión en la foto yo me veo a mí misma a lo lejos, paseando con ella por un pantalán en un puerto deportivo; me regalaron un reloj que me duró hasta los veintitantos.

La foto del cumpleaños de los veintiuno y veintidós son iguales. Durante dos años seguidos tuve un examen de Historia de España el 3 de febrero; el día 1 por tanto lo recuerdo delante del libro, en la mesa de estudio, es una foto oscura, no sé porqué. En la Facultad tuve un Decano que por aquella época tenía 36 años; nos llevábamos bien y yo pensaba que era una edad buenísima, joven pero con cierta madurez. Cuando cumplí treinta y seis me acordé de él.

Pero antes cumplí 28, embarazadísima de mi primera hija; volvía de madrugada de cubrir la Gala de los Goya cuando me encontré con el regalo de mi marido. Y esa es la foto: delante de una cuna recién montada y dos libros de Virginia Woolf dentro, “Orlando” y “Las olas”.

Cumplí 29 y no me encontraba bien. Lloraba mucho porque me vine a vivir a Sevilla y yo quería seguir viviendo en Madrid. Y porque me puse demasiado triste y el cambio de ciudad se convirtió en una excusa para liberar fantasmas. La foto es agridulce; estoy al lado de mi hija mayor cuando tenía un año, y al lado de un banoffee hecho por mí. Cuando cumplí treinta seguía llorando y la foto fija es junto a mi madre también: en su cama, recibiendo otro reloj que duró poco.

El tiempo pasó y cuando cumplí la edad de mi Decano terminé de espantar mis miedos.

No tengo fotos fijas de los 18, ni de los once ni los veinte. A los treinta y ocho estaba embarazada de mi tercer hijo, y la foto es de una tarta de queso y frutos rojos espectacular. No tengo foto fija de este día, en el que cumplo cuarenta, ya os la contaré. Eso sí, he recibido un reloj como regalo porque me encantan, de hombre si puede ser.


El de la juerga, el coche, las monjas

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He vuelto a salir de juerga… en sueños, claro está. Pero de lo que he hecho desde las doce hasta las ocho de la mañana no me acuerdo de nada. He soñado con la vuelta, con mirar el reloj, ver que es muy tarde y sentir que me van a regañar.

Porque aunque voy a cumplir cuarenta años en pocos días, tengo siempre miedo de que me regañen como una niña, desde el médico si llego cinco minutos tarde a una cita, hasta mi santo padre, que no sólo no hace años que no me regaña, sino que ni siquiera me lleva la contraria. Y es algo con lo que nací, ese miedo a fallar a los demás, no tiene nada que ver con haber tenido padres autoritarios ni nada por el estilo. Lo intento superar, pero de vez en cuando el subconsciente me recuerda ese miedo.

Así que son las ocho y media de la mañana, estoy en un coche con mi marido, hemos bebido mucho, alguien que no somos nosotros conduce (vaya a ser que me regañe un policía de tráfico) y vemos a tres monjas haciendo autostop. Yyyyyy, paramos. Tres monjas mayores, perdidas, a las que vamos a dejar en alguna parte de camino a mi casa. A casa de mis padres; voy a volver de día y con copas de más a-ca-sa-de-mis-pa-dres.

Las monjas no caben bien en el coche que tiene silla Grupo I, Grupo II y alzador. Así que se tiran por el suelo. Muy bien, como nos pille la policía no sé qué les vamos a explicar.

Dejamos a las monjas sanas y salvas en algún lugar, alguien, no me preguntéis quién, aparca sin hacer ruido en el ga-ra-je-de-mis-pa-dres, y terminamos en el que fue el dormitorio de mis hermanos, dos camitas bien separadas para dormir la mona como merece la ocasión.

Esta mañana me ha llegado un whastapp de una amiga que quiere que salgamos a cenar…


No pensar

Si dejo de pensar puedo dejar de preocuparme. Sería más feliz, pero dejaría de soñar, quizás, dejaría de escribir, puede ser, ergo no sería feliz.


Actriz principal de Amenábar

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Imaginaos, yo, a la que ni siquiera me gusta disfrazarme, convertida en protagonista de una nueva película de Alejandro Amenábar. De la manera más surrealista, eso sí.

Dormía, y a las tres de la mañana me he escapado de mi cama, de mi casa y de mi ciudad para acudir a un plató preparado a la manera de Las mil y una noches, y rodar una escena junto a mi partenaire.

El caso es que además de actuar con la mayor de las solturas, he comenzado a notar un tonteo con el director de lo más sospechoso. Que si te rozo la mano, que si te doy un beso… Y eso que Alejandro (me permitiréis la familiaridad) está casado con un atractivo chico y yo, que empiezo a sentirme culpable, estoy casada con un atractivo chico también.

Después de varias horas de trabajo me acuerdo de consultar mi teléfono móvil que tiene veintiuna (no veinte, ni veintidós) llamadas perdidas de mi atractivo chico, ese con el que estoy casada. Como he desaparecido en plena madrugada, está preocupado. Pero lo tiene que entender, porque yo estoy trabajando como actriz principal de Amenábar.


El artículo del año: Hormigas en la hierba

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He querido recuperar ahora que termina 2015 el artículo que mejor refleja mi sentir de este año. Lo escribí en Neupic para suscriptores y ahora lo publico en abierto para todos vosotros. Con la que está cayendo y yo clasificando hormigas.

Tumbada sobre la hierba noto que es esponjosa, parece una alfombra, fresca. La observo y me pregunto el porqué de ese efecto acolchado. En la superficie se ven las hojas más verdes, la hierba, las hojitas de distintos verdes, color hierba, color verde botella, verde inglés. Y las hojas muertas se quedan bajo esa superficie llena de vida, sosteniendo las hojitas nuevas, alzándolas para que orgullosas sostengan ellas, a su vez, a las hormigas que por allí pasean.

Hundo un dedo sobre la hierba y compruebo que hay un centímetro o más hasta llegar a la tierra. Definitivamente son las hojas muertas las que le dan ese aspecto de alfombra esponjosa y fresca. Hay unas hormigas muy grandes, gigantes, les veo tres cuerpos, patas y antenas, y unas pinzas con las que me muerden. Hay otras minúsculas, casi microscópicas, parecen una mota de polvo que se balancea por la hierba. Después de un rato observando a las hormigas en la hierba me doy cuenta que no hay dos tipos sino cuatro: gigantes, grandes, medianas y pequeñas. O grandes, medianas, pequeñas y microscópicas. No sé, quizás son de dos tipos, y unas son hijas de otras.

Noto un roce en la espalda, será una hormiga que se ha aventurado a tamaña hazaña. Pero no, es mi hija Martina que silenciosa me acaricia. Ahora, ¡oh, sorpresa!, veo una araña. Es grande, pero no parece amenazadora correteando por la hierba. No me muevo, la veo alejarse, torpona. Quizás si la hubiera visto hace un rato, en el techo de mi cuarto, que observaba hipnotizada, hubiera gritado e intentado matarla. Porque en mi cuarto mirando al techo pensaba otras cosas, si lo conseguiré algún día, si publicaré mis cuentos. Y el libro Lola y el Dragón debo maquetarlo, y decidirme por la autopublicación, ¿Seebook o Amazon? Quizás escriba un email a la editorial que acabo de descubrir, o quizás me decida por el crowdfunding.

Observando la hierba cambio de perspectiva, ahora soy una gigante observando a las hormigas gigantes y sé que no debo preguntarme si lo conseguiré, más bien pensar qué es lo que he conseguido.

Ahora nos sobrevuela una avispa, creo que debo darme la vuelta para esquivarla porque va a picar a mi bebé, que quiere alcanzarla.


Insomnio voraz

Mi insomnio, que hacía tiempo que no me visitaba, ha vuelto con un hambre voraz. Se ha vengado de mis horas de sueño y me ha dedicado una noche entera. Me ha mordido el estómago con ganas y, cuando cansado y empachado, ha alzado sus manos hacia mi cabeza, yo estaba rendida a sus caprichos.

Sí, le he dejado, pese a mis reticencias iniciales, que escarbe como un monstruo sucio y desconsiderado en mis recuerdos. Y ha querido secar al sol los malos; los rayos del sol han otorgado a esos recuerdos la fuerza del presente. Y yo que los creía olvidados.

SUEÑOS RELACIONADOS:


Me han disparado

Esta noche me han disparado, todavía siento la presión en el cuello, bordeando, sin llegar, a la clavícula. Porque eso es lo que he sentido, una presión, nada de dolor.

Me encontraba cenando en un restaurante y, el señor de la mesa de al lado se ha dado la vuelta y, con una pistola (silenciador incluido), me ha disparado. Veo la bala (soy la herida pero también la testigo de los acontecimientos) y noto la presión. Me comenta este señor, elegante, unos cincuenta, que en poco tiempo comenzaré a sentirme mal y quizás pierda la conciencia. Pero por el momento sólo siento la presión, puedo hablar con él tranquilamente y le agradezco que el disparo no me haya hecho daño; tengo un miedo atroz al dolor.

No sé si la ambulancia ha llegado a tiempo, creo recordar luces y sirenas, pero he sentido que perdía la conciencia, o más bien que la recobraba porque es en ese momento cuando me he despertado.


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