Me declaro tibia perdida (Contra la soberbia II)

Me pasó de pequeña que me contaron que a Dios no le gustan los tibios, y yo creí que a Dios no le caería muy bien.

Pero no he llegado a posicionarme del todo nunca; mi subconsciente me decía que no iba del todo desencaminada cuando no conseguía sentir pasión por ningún ideal, ni creencia alguna. Buen compañero de viaje mi subconsciente; por eso de adulta le he dado forma de serpiente y autonomía.

Vivimos ahora un tiempo en el que de nuevo hay que posicionarse de forma obsesiva. Y yo es que me quedo enredada en los matices, no lo puedo remediar. Además soy escéptica por naturaleza, y creo que las etiquetas (mira tú por dónde que le podemos llamar hashtags) están ahí puestas por corrientes de movimiento interesadas, a las que nos tenemos que agarrar como si fueran salvavidas. Llamadme paranoica. Hasta para mostrarse escéptico hay un manual de instrucciones ya preconcebido.

Las medias tintas, qué mal vistas están. Ahora hay que tener las ideas “muy claras” para poder manejarse con cierta coherencia en esta sociedad. De un lado o de otro, pero hasta el final.

Yo me bajo del carro de las ideas claras. Me quedo moldeando las preguntas y me despreocupo de las respuestas. La única certeza que tengo es que no tenemos certeza de nada. A lo mejor os produzco desconfianza, pero me declaro tibia total.


Dejad tranquilos a los amantes

Que los amantes se encuentren, que puedan tomarse tiempo para descifrar los pliegues de su piel.

Dejad tranquilos a los amantes, que se conozcan, que se toquen, o se besen, o se sorban, como el tiempo que no tienen. Dadle tiempo a los amantes.

Dejad tranquilos a los amantes, que elijan a su amante. Que se busquen a oscuras, que se acaricien a plena luz del día. Shhhh, hoy te busco.


Azul y verde (reconciliada con el verano)

Inspiro en verde y exhalo en azul. Y los sueños de este verano son más calmados. Alguna vez que otra he tenido que trasladarme al pasado, una noche asistí a un funeral con un tenista muy conocido, y le he hecho el boca a boca a un señor al que le ha atropellado un autobús.

Esos sueños los he tenido después de alguna cena copiosa, imagino.

Pero por lo general he soñado con enredaderas muy verdes y mar transparente y azul. Porque es lo que he vivido, suerte la mía. Paz y tranquilidad.

Pese a trabajar todo el verano, paz y tranquilidad. Pese a la adolescencia y preadolescencia (y mis reacciones), paz y tranquilidad. Pese a los desencuentros, paz y tranquilidad. Pese al covid, o por eso mismo, casa, playa, familia, paz y tranquilidad. Y vino, cerveza y estrellas; ni una fugaz, muchos satélites.

Porque estoy aprendiendo a que el verde sea el color de mis tatuajes ficticios y el azul cree una envoltura de desapego para que nada me afecte. Y así voy recuperando esa capa de piel que perdí algún día por el camino.

La banda sonora la ha puesto Lafourcade. Que tendrá México que me llama desde la distancia. Quizás cuando viaje allí algún día me haré mi primer tatuaje.


Maternidad (o verano, o conspiranoias varias)

Existe un verano de avísame si bajas a la playa, ¿dónde estás?, que tus amigas ya han vuelto, se te ha caído un mechero del bolso. Y un verano de ausencia total, que me gusta estar sola. También largas sesiones de lectura; yo me hago la ofendida si me coges mis libros pero en realidad es lo que quiero.

También existe un verano de te busco pero para fruncir el ceño, pero quiero que me ayudes a hacer pulseras y paso las horas muertas pintando, diseñando agendas, aprendiendo a pintar al óleo y estoy metida en todas las conversaciones de los mayores, opinando, pero es que me gusta estar rodeada de todos vosotros.

Y existe el verano de bucear, quedarse dormido en brazos de mamá mirando estrellas, y cogiendo cochinillas, y cangrejos y saltamontes. ¿Verdad, mamá, verdad? Lo voy a consultar en mi enciclopedia de animales.

Tengo niños de edades muy diferenciadas, y tengo varios veranos, y varias maneras de vivir la maternidad. Y espero que todo siga adelante de manera natural; al final me acabaré fumando el cigarro con la independiente mientras esperamos a que llegue de juerga (ya va tarde) el de los saltamontes. Ojalá.

Y la vida se repite y pese a los lobbies y los miedo a quiénes quieren cambiar el orden mundial (nada nuevo bajo el Sol, tengamos perspectiva), y los chips inteligentes, y las guerras y las pandemias, siempre estará el atractivo por lo prohibido y los cangrejos.

Y los padres, allí estaremos.


En mi cabeza

La pregunta clásica que suele dirigirse al autor de un libro de imaginación, personalmente o por medio del correo, es la siguiente:

¿De dónde saca usted las ideas?

Se siente la tentación de contestar: “Suelo dirigirme para eso a ‘Harrods’, o bien: “Las extraigo, principalmente, de los Arsenales del Ejército y la Armada”, o, simplemente: “Pruebo en ‘Marks y Spencer'”.

Parece haber quedado firmemente establecida una opinión universal: la de que existe una especie de mágica fuente de ideas que los autores de libros saben cómo hacer fluir.

A una le cuesta trabajo hacer que sus interrogadores se remonten a los tiempos isabelinos, con Shakespeare:

Dime: ¿dónde nace la fantasía?

¿Es en el corazón o en la cabeza?

¿Cómo empieza a alentar, cómo se nutre?

Contéstame, contéstame.

Una se limita a contestar con firmeza: “En mi cabeza”.

Agatha Christie. Introducción al libro “Pasajero para Francfort”.

 

El texto sigue pero los textos largos mejor se los dejamos a los libros. Me encanta esta reflexión tan actual que quería compartir con vosotros. Al final no sé si me siento o no identificada con sus palabras, os lo confieso. Yo me limito a contestar, pero en mi caso de verdad: “En mi cabeza”.


Sexo en susurros

Desabrocha tu camisa azul marino para que ponga mi mano en tu pecho. Y el beso me lo das en el cuello.

En los sueños me quieres como a mí me gusta. Y luego te lo susurro y lo haces realidad.

Dirige mis manos hacia donde quieras, porque hoy he soñado que las yemas de mis dedos producían electricidad. Y la electricidad ha viajado hacia allí, que me está esperando para dar paseos interminables por su calles, los dos de la mano, y la noche que no acaba.

En los sueños los susurros apenas se escuchan, somos ciegos y sordos, pero la piel está atenta. Y estamos solos, y tenemos todo el tiempo del mundo.


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