Gravedad

gravedad

Hoy he soñado que recuperaba mi centro de gravedad. Pasaba un día en el que han desaparecido fantasías, dejando paso a la realidad. A cada fantasía que se ha ido esfumando, la realidad se ha hecho más visible. Primero una posibilidad, después una utopía, más tarde una opinión. Conversaciones ficticias, han ido desapareciendo, devolviendo a mi cabeza el descanso perdido, la claridad.

La realidad se ha ido abriendo paso y yo me he ido colocando en el centro, la gravedad y yo nos hemos ensamblado perfectamente y he dejado de sentir vértigo. Poco a poco se deshacen los nudos en el estómago. Los miedos anestesiados y nada de euforia. Sólo realidad.

Ha cesado la necesidad de dar explicaciones y de explicarme. Hoy he hablado mucho menos; descanso a la retórica. Estoy anclada a mi centro de gravedad, pero ando de puntillas.

Al terminar el día, me he acostado y he soñado que os contaba este día.

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Propósitos de Año Nuevo II

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El año pasado escribí un artículo llamado “Propósito de Año Nuevo” nada más comenzar enero. Y no es la primera vez que lo hago, también escribí otro titulado “1 de enero de 2014”.

Para no gustarme los propósitos de Año Nuevo y pensar que el 1 de enero es el día más tonto que hay, no cejo en el empeño de hacer algún que otro balance los primeros días del año.

Aquí me tenéis en el recién estrenado 2019 frente al teclado con necesidad de contaros algo, como siempre por si os sentís identificados, sobre esta necesidad de hacer balances.

He releído el artículo del año pasado y terminaba así:

Yo por mi parte voy a seguir siendo feminista (y subiendo). También estoy intentando que se me escuche más, sin dudas ni inseguridades; así parezco un poco más antipática, pero qué más da (…) Soy periodista desde que tengo uso de razón. No renuncio. (…) Y lo que no me gusta no me gusta, y no me esfuerzo porque me guste nunca más, que ya tenemos una edad. Y lloro, lloro sin complejos desde hace muchos años nuevos. Y soy muy fuerte, de eso soy consciente desde hace menos.

El feminismo intacto (y subiendo). Me hago escuchar, y no siempre tiene uno que ser antipático al dar su opinión. Aunque desconcierta a los que te rodean, sobre todo cuando no están acostumbrados. No renuncié y me he vuelto a subir a mi tren favorito, el del periodismo. Ando subiendo peldaños poco a poco y aspiro a acercarme a mis pasiones profesionales, despacito y con buena letra. Ahora casi no lloro, ando anestesiada, nunca pensé que iba a tener tan poca necesidad de llorar, que no motivos.

¿Qué os cuento? Nada que os divierta, como superar varias vicisitudes como madre, haber tenido mis momentos bajos, haberlos superado, hacerme fuerte y más fuerte.

¿Qué os cuento? Que no voy a hacer planes, los planes vienen solos. Os cuento que he hecho otro descubrimiento este año que termina, y es que me he reencontrado con la libertad. A veces siento que no dispongo de mi tiempo, ¿no os ocurre lo mismo? Pero soy totalmente libre cuando leo, mis libros me producen libertad. Soy libre cuando escribo (eso ya lo sabía), y soy libre cuando me siento con mi marido en el sofá y me bebo una cerveza (aunque la tenga que interrumpir varias veces a la llamada de “¡mamáaaaa!”). Soy libre cuando elijo y pienso, y soy más consciente que nunca de que es un privilegio. ¡Qué mundo éste en el que cada vez elegimos menos y pensamos menos!

Bueno, tengo un plan, y es que os voy a dar la lata con las tildes, que no ponéis ni una. Pobrecitas las tildes, abandonaditas. Asumo (de mala gana) lo de las exclamaciones e interrogaciones al principio de las frases, que acabarán desapareciendo. Pero, ¡escribid bien, panda de perezosos!

De política ni hablamos, ¿no?


Grande

grande

Me gusta Grande Marlaska, iba a decir el juez, ahora tengo que decir el ministro. Me gusta además porque es muy atractivo. Esta noche he soñado con él, en una suerte de idilio del todo imposible por motivos obvios.

Pero en el sueño, aunque tiene un novio muy pesado al principio (que me perdone su verdadero marido, nada más lejos de la realidad), mi subconsciente lo ha hecho desaparecer y se ha enamorado de mí. Y yo en mi sueño ni casada, ni hijos ni ná de ná…

Fernando (hoy lo trato con confianza) ha resultado ser el inquilino actual de mi primera casa, en la que viví cuando era pequeña. Me ha dejado entrar para que la recuerde, aunque ya no se parece mucho a ese recuerdo. Pero le agradezco el tour. Luego hemos intimado… porque hemos construido un iglú con bloques de madera y hemos ayudado a unas amigas a ir a Marruecos en autostop. Mientras tanto intercambio de manitas… mmm, qué ideal.


Mar adentro

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No sé muy bien cuál es la razón de que a mi subconsciente, no a mí, le gusten tanto los accidentes espectaculares, mar adentro. Hundimientos básicamente, mar tragando como si de un monstruo con hambre se tratara, grandes barcos, aviones y, en esta ocasión, un puente levadizo.

Generalmente tienen lugar en un paisaje real, el que podéis ver en la foto; las vistas de casa de mis padres en el Estrecho de Gibraltar. He soñado en innumerables ocasiones con aviones partidos en dos cayendo, el mar los engulle. A veces puedo alcanzarlos con las manos, y sacarlos a flote, otras los pierdo para siempre, y siento cierto placer al observar cómo los voy perdiendo de vista. Lo dicho, es mi subconsciente a quien le gusta este triste espectáculo, porque cuando estoy despierta es algo que me aterra.

Esta noche estaba asomada a ese mar impredecible cuando un puente levadizo que recorría la costa (como si eso fuera normal), se ha soltado por uno de los lados. Había muchas personas pasando, y se han agarrado todos como han podido cuando uno de los laterales ha comenzado a hundirse. Recuerdo, una estructura de hierro, tragada por el mar como si fuera un juguete. Nadie ha caído, han inventado un baile imposible a base de saltos para mantenerse a flote. Como las hormigas, que no se ahogan si todas juntas “reman” en una misma dirección.

“Un, dos, tres, ¡salto!”. Mientras saltaban a la de tres, me acercaba en una lancha a sacarlos del puente. Pero sólo uno a uno, y durante el salto.


Siesta de verano

Te desvelas, miras al techo, ves el reflejo de un limonero, escuchas a las tórtolas y el monótono pero relajante sonido del ventilador.


Avispas en el mar

marea

Hoy me he sumergido, como tantas veces en mis sueños, en el mar. Mi yo dormido iba proyectando imágenes imposibles, y mi yo consciente me iba meciendo. De manera que no he tenido que nadar, ni esforzarme por alejarme de ciertas situaciones porque yo era la marea.

Por tanto cuando he visto bajo mis pies una gigante raya de mar, negra, no me he movido, me he dejado mecer hacia un lado para dejarla saltar y que no me pillase en medio. ¿Que si he sentido vértigo? Mucho, pero lo he disimulado bastante bien.

También he guiado a unos bañistas por unos pasadizos semi cubiertos de agua, donde podían hacer pie y no ahogarse (ellos también han visto la raya y están asustados). Porque yo soy yo y me observo al lado de ellos, pero también soy la marea y los muevo a ellos permaneciendo inmóvil.

Cuando me he vuelto a quedar sola se ha posado una avispa en mi pie izquierdo, que sobresale del agua. Quiero salvarla, que no se ahogue pero, al mover el pie, la avispa se ha multiplicado, y ahora miles de ellas forman una flor acuática y peligrosa. Está claro que debo permanecer inmóvil, porque yo soy la marea, marea en calma.


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