Amores de infancia, Prince

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Esta noche he soñado con Prince. Tras conocer su muerte he estado escuchando “Purple Rain” sin parar. Y ha sido inevitable soñar con ese ser raro, de estética imposible y extravagancias varias que sin embargo me gustaba cuando era una niña. Conforme he ido creciendo me ha seguido gustando su música, eso no ha cambiado, pero mis gustos por los hombres sí, claro.

Mi subconsciente esta noche me lo ha recordado, y me ha hecho un regalo; un viaje en el tiempo para vivir las mismas sensaciones que cuando estaba enamorada de Prince. De nuevo el uniforme del colegio, los olores a lápiz y rotuladores, y los vídeos VHS repletos de vídeos musicales (y de “Doctor en Alaska”, ediciones de los Oscar…).

Ahora basta con ir a YouTube o Vimeo para buscar esos vídeos, pero Prince no quería que su música figurase en estas plataformas, así que sólo podemos recuperar algunos de mala calidad. Pensándolo bien, si quisiera visionar las cintas perdidas de VHS tampoco estarían en muy buen estado, por lo que escucharé “Purple Rain” casi como la hacía entonces. Así se activa en nuestro cerebro la nostalgia, porque ahora tendremos que acompañar este sentimiento a su figura.

Supongo que estaba demasiado cansado… Adiós Slave, Nothing compares 2 U.


Pensamientos sin estructura (y canciones en bucle)

Tengo una tendencia agotadora a estructurar y ordenar todo lo que se cruza en mi camino. Cojines, ropa, y muebles por supuesto. Pero también situaciones, personas, pensamientos. Todas y cada una de las cosas que me ocurren tienen que tener un porqué, los sentimientos un sentido, lo que pienso lo entiendo mejor si está ordenado en alguna zona de mi cerebro. Pierdo mucho tiempo en analizar los comportamientos de los demás, por ejemplo, o las consecuencias que pueden tener los míos. Voy aprendiendo a dejarlo estar, pero creo que abarco en mi cabeza demasiados razonamientos innecesarios. Eso, además de distorsionar en ocasiones la realidad, me cansa enormemente.

Por eso dejo escapar esos pensamientos a pasear a su antojo cuando sueño, por eso mi subconsciente tiene tanta autonomía y le dejo de manera descarada que me desnude. Es el lugar al que acudo para dejarme llevar.

Es curioso que sea precisamente esta canción la que he estado escuchando en bucle esta semana, justo cuando ya no encontraba espacio para tantos razonamientos en mi cabeza y se estaban escapando al resto del cuerpo, que me ha pesado más de lo habitual.

Bailad y respirad.


El ascensor ruso

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Esta noche he sentido un miedo atroz. Me he visto obligada a jugar a un juego peligroso acompañada de mis hijas. Las tres, impresionadas y asustadas, entramos en un ascensor que parece tener vida propia y dirige nuestros pasos. Es ruso, lo sé porque mi subconsciente me lo ha confirmado y porque podemos leer “as-cen-sor” en alfabeto ruso.

Es metálico, gris, las puertas de dos hojas, apertura central. Más bien cierre central, porque es cuando las puertas se cierran cuando sentimos un escalofrío en la espalda. El ascensor sube a un piso que nosotros no elegimos; mientras sube observo a mis asustadas hijas, la pequeña aprieta con fuerza un muñeco.

Salimos a un pasillo y nos enfrentamos a un edificio ruso. Ya no estamos en un pasillo si no en la calle. Tened en cuenta que el adjetivo ruso en este sueño no tiene las connotaciones de “Guerra y paz” o “Pnin”, más bien de la KGB o Putin. Y tened en cuenta también que las connotaciones son fabuladas, soñadas y nada contrastadas. Dan miedo. El edificio es blanco, y se han cometido atrocidades dentro. Tenemos que entrar, accedemos a una sala vacía, suelos de madera y dos puertas. Si salimos por la puerta más cercana el exterior se pixela, también nosotras. Pero es tan difícil salir por la puerta del fondo, la que nos libera.

Lo conseguimos y al día siguiente de nuevo entramos en el ascensor. Hay una novedad, una foto al lado de los botones, de nosotras el día anterior, mi hija pequeña abrazada a su muñeco. De nuevo el pasillo, y el edificio blanco y las puertas.

Tercer día, el ascensor parece más pequeño, el pasillo más oscuro, notamos una presencia, que se acerca, ¿cuándo aparecerá el edificio blanco?

 


Querida Lola III: La cuerda

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Querida Lola:

Aunque no te lo creas, te voy a tejer una cuerda para que te alejes de mí. Acabas de cumplir doce años y ha llegado el momento de que mamá comprenda tu incomprensión sobre lo poco que te comprendemos.

Es una cuerda trampa, está hecha a base de límites que ahora te contrarían, y de una lista de cosas que no te dejamos hacer, o tener. Se cose con todas esas explicaciones que te da mamá y que tanto te cansas de escuchar, pero que tanto demandas. A medida que la cuerda va tomando forma, y gana en longitud, más te alejas, pero agarrada a la cuerda.

De esa forma, cuando quieras volver, sólo tendrás que tirar de ella, hecha a base de los límites que ahora te parecen excesivos, y los premios, nunca suficientes para tu mente preadolescente. No puedo dejar de tejer la cuerda; a veces me gustaría romperla para volver a acercarme a ti, para borrar de un plumazo la distancia. Pero sé que te alejarías igual, y luego no tendrías cuerda con la que volver, si quisieras hacerlo.

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Zinedine Zidane, mi marido

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Que me perdone su verdadera esposa, pero esta noche he soñado que Zizou era mi marido. No está entre los guapos oficiales de mi ideario, pero tengo que confesar que en un principio me ha hecho mucha ilusión. Tan “polite”, tan deportista, tan guapo al fin y al cabo… tan aficionado a los aparatos eléctricos.

No os cuento la noche de bodas porque no ha existido, ni paseos románticos por la playa o, por qué no, la fantasía de que me hable en francés al oído. O la ilusión de acompañarlo a los entrenamientos alguna vez (será porque soy del Barça). Mi matrimonio con Zidane se ha basado en preguntas sobre aparatos electrónicos. “¿Cómo funciona esta radio?”, “¿Puedo desmontar la tostadora?”, “¿El módem tiene adaptadores para otras clavijas?”.

Como yo no le hacía caso se ha aliado con mi padre y juntos han emprendido la noble tarea de arreglar una televisión. Sobre esto Freud tendría una justificación interesante.

Esto es todo amigos, fin del matrimonio.


Save the last dance for me

Pese al cansancio, save the last dance. Y pese a los desequilibrios, save it. No sólo el último baile, de tanto bailar ya no sabemos lo que hacemos.

Bailamos juntos cuando nos enamoramos. Y el ritmo torpe dio paso a una coreografía sencilla pero acorde. Ya no nos pisamos. Compenetrados, nos fuimos acercando y atreviéndonos a hacer alguna que otra peripecia, más de dos y tres algunas noches.

Tanto bailar que a veces nos soltamos y paseamos solos dando vueltas por la habitación, eso es necesario, distintos ritmos. A veces a ti te apetece un ritmo más flamenco mientras yo escucho a Aznavour; otras yo busco cantar a gritos (muy mal) a Alanis Morissette mientras tú te relajas con  Bublé.

Pero seguimos buscándonos para reemprender el baile, primero los dedos de las manos. Y pese al cansancio siempre nos ponemos de acuerdo sobre cuándo hay que girar a la izquierda, y cuando hay que dar un paso adelante, no nos pisamos. Subimos montañas bailando, llegamos exhaustos, a veces yo corro hacia abajo sin frenos, y te dejo arriba, mirando.

Incluso con los ojos vendados he aprendido a bailar, soy buena buscando el punto de equilibrio. Te extiendo mi mano y te pido, si quieres con los ojos cerrados: “Save the last dance for me”.


La puerta del Ratón Pérez (Cuentos “disparate”)

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En la familia del Ratón Pérez todo está preparado para el nacimiento de un nuevo ratoncito. La sorpresa es mayúscula cuando descubren que sólo tiene tres patas. Pese a las dificultades del ratoncito, gracias a nuestro protagonista y a una puerta, conseguirá ser uno de los mejores ratones “recoge dientes”.

A Martina se le cayó su primer diente un día soleado, martes. Se acuerda perfectamente; de que era un martes soleado y de que había hecho un examen de cálculo por la mañana y había jugado al pilla pilla por la tarde.  Se acuerda de todo porque ese día ocurrieron unos hechos curiosos que ahora vamos a contar. Esa noche Martina preparó muy bien el diente, su paleta izquierda, para que viniera el Ratón Pérez a recogerlo y le dejara, a cambio, algunos euros de regalo.

No le faltó ningún detalle: La paleta metida en una bolsita, harina para que el Ratón dejara su huella, un poco de queso y una carta escrita para él. Y se durmió profundamente, y soñó con el Ratón Pérez, el mundo de los ratones y todo lo que allí ocurría.

En el gran palacio construido con dientes, esmaltados, también blancos inmaculados, iba a nacer el hijo del gran Ratón Pérez, nieto de Don Ratón Pérez, bisnieto del Ratón Pérez y tataranieto del inolvidable Ratón Pérez. (…)

Si quieres saber qué ocurre no dudes en visitar CUENTOS “DISPARATE”  o enviarme un correo a una de estas dos direcciones: cgm_1999@yahoo.com  / cristinagmontero@cuentosdisparate.es y encargar un cuento personalizado.

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