Te vas

Te vas y, aupada por tu marido y tus hijos, directamente al cielo. El último paso lo das tú sola, ya estás allí.


Desnudarme otra vez

Necesito desinformarme, y volver a leer de nuevo.

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Desnuda.


El asesino es el padre

Y Mónica y yo lo sabemos, pero no encontramos la forma de incriminarlo. Ha robado el móvil de su hija y utiliza sus fotos de Facebook para engañar a sus allegados y hacerles creer que está en una excursión. Si pudiéramos quitarle el móvil quizás podríamos demostrar que ella no envía los mensajes.

Temblando de miedo meto la mano en el bolsillo de su chaqueta, que se ha dejado un momento olvidada, y cojo el móvil. Se lo doy disimuladamente a Mónica. Pero inmediatamente nos damos cuenta de que con el teléfono en nuestro poder no podemos demostrar que el asesino es el padre. En todo caso podemos hacer notar que algo ha pasado, que la niña no está de excursión, pero si tenemos nosotras el móvil pareceremos culpables. Lo mejor será que lo devolvamos.

Cuidado, se acerca.


Soñar que te despiertas

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No sé si os ha pasado alguna vez, a mí muchísimas veces. Estar a medio camino entre el sueño y la conciencia, saber que tienes que levantarte pero sentir que te pesa tanto el cuerpo que te quedas dormido otra vez. Y se establece una lucha entre el consciente y el subconsciente dejándote atrapado en medio.

Esta mañana he oído las campanas de un convento cercano; esas campanas son casi como un despertador, por lo que he pensado que era buena hora para saltar de la cama. En ese momento ha aparecido en mi cama mi bebé, que me ha hablado. Yo lo que cogido y le he hecho cosquillas. Pero me he dado cuenta de que es imposible que haya salido solo de la cuna porque ni siquiera gatea, y desde luego no ha podido hablarme porque solo dice “ta-pa-ca-ta-pa-ca-ta”. Sigo dormida, es hora de levantarme.

Suena el teléfono y salgo de la cama escaleras abajo para cogerlo. Pero me doy cuenta de que la barandilla de la escalera es distinta a la de mi casa, es la de la casa de mis padres. Mi mundo en escaleras. Además me persigue el bebé que me sigue hablando. ¡Qué angustia!

Sigo soñando, voy a hacer un esfuerzo por levantarme de una vez. Lo hago, y me dirijo como puedo al cuarto de baño. Mientras me enjuago un poco la cara me miro al espejo y me pregunto: “¿De dónde han salido tal cantidad de anillos, si yo en la mano sólo llevo una alianza?”. El joyerío me hace caer en la cuenta de que duermo. Quién sabe, lo mismo todavía no he despertado y este relato que os cuento forma parte de un mal sueño.


Me perdería en tus ojos

Frase que tenía catalogada como cursi, insertada a fuego dentro del ideario del mal ligón. Pero esta noche he soñado con unos ojos que han dado sentido a esa frase, me perdería del todo en ellos. Se puede tardar en mirar a los ojos un instante o quizás algo más de un segundo. Igual que respiramos de manera inconsciente o nos tomamos nuestro tiempo en inspirar y espirar, y lo saboreamos más.

He mirado a esos ojos del color del azúcar cuando comienza a quemarse. Y me ha dicho que me conoce, que sabe lo que pienso, que no me preocupe, que serán los únicos ojos en los que encontraré complicidad. Me ha contado infinidad de cosas en algo más de un segundo. Ha desaparecido el resto del mundo, se han evaporado las personas que me rodeaban, pero no he perdido el equilibrio, como cuando centras tu mirada en un punto fijo.

Y ahora puedo volver a revivir esa sensación cada vez que quiero, no sin cierta nostalgia, gracias a un subconsciente que me provoca muchas pesadillas, pero que también me regala una mirada en la que perderme.


Indigestión sideral II (Los peligros de ver Masterchef)

masterchef

Anoche vi Masterchef, el estreno de la tercera temporada. No me entusiasma demasiado el concurso, pero quizás porque estaba demasiado cansada para reaccionar acabé “tragándomelo” enterito. Me debatía entre saber quiénes serían los concursantes finales o apagar la televisión y volver a las andadas de Robinson Crusoe en su isla. Sí, estoy leyendo Robinson Crusoe, a la vejez. El efecto hipnótico de la televisión pudo conmigo, y la curiosidad por qué concursantes serían o no eliminados.

Acabé un poco saturada, creo que estos programas exponen la comida de manera un tanto obscena, y acudí también a Robinson y a su incapacidad para hacer navegar una canoa para contrarrestar los efectos de “ingerir” tanto alimento. Se me hizo demasiado tarde y como consecuencia he soñado con comida toda la noche. ¡Qué fatiga!

He soñado que preparaba platos sin parar, quizás yo también era concursante. No es un sueño muy original, lo que sí es agotador. Caldos, salsas, carnes, pescados, creo que menos postre he preparado de todo. He acabado muy satisfecha con el resultado final, pero para mi sorpresa al terminar no había público, ni compañeros ni jurado al que mostrar mis creaciones culinarias. Supongo que estaba en la isla de Robinson, pero ni él ha aparecido para ver el resultado. Me lo he tenido que comer todo yo sola.

Esta mañana me he levantado con tantas náuseas que no he podido desayunar.

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Indigestión sideral.

¡Qué hambre!

– Repostería a la Pantoja.


Las manos de Martina

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Las manos de Martina desprenden una energía especial. Cuando te toca notas electricidad, suave, amable. Le encanta hacer masajes porque es consciente del “poder sanador” de sus manos. Las manos de Martina son pequeñas, todavía no se notan los huesos metacarpianos.

Y esa forma de sus manos hace que tenga una manera especial de manipular los objetos. Me encanta ver a Martina cogiendo un lápiz, señalando la hoja por la que va cuando lee un libro, estirándose con fuerza la coleta del pelo. Martina no te toca, siempre te acaricia, porque sus manos desprenden electricidad suave y amable y ella es consciente de ello.

Martina pinta con sus manos.

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Martina lee a Alberti.


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