Uptown Funk

Bailemos Uptown Funk. He intentado durante toda la noche imitar el movimiento de hombros de Bruno Mars. En mi sueño se me daba muy bien, pero ahora que estoy despierta y observo de nuevo el vídeo me doy cuenta de que no lo he conseguido. No importa, le voy a dar a play y a bailar.

 


Personas III

personas2 copia

Como mis noches están interrumpidas últimamente por los llantos de mi bebé, a veces no soy del todo consciente de lo que sueño. Sueños discontinuos, intermitentes son los que evoco con el primer café de la mañana. Hoy mi hija mayor me ha preguntado: “¿Qué has soñado, mamá?” Y en mi mente han aparecido numerosas personas preguntándome lo mismo. He soñado con personas que se agolpan ante mí para preguntarme lo que sueño, que entran por la puerta y salen por la ventana. Algunas personas van vestidas de gala, otras se quedan a mi lado tumbados en la cama, en pijama.

Hay alguien que me lee páginas del libro que hay en mi mesita de noche, pero a mí no me gusta nada que me lean en voz alta. “Sal por la ventana”, pero “alguien” se esconde bajo la cama y desaparece, sin más. Las escaleras de mi casa están abarrotadas de personas que pegan su oído a la pared, mientras esperan poder decirme algo importante.

Y lloran, también lloran, y entonces le pongo el chupete al bebé.

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Personas.

Personas II.


En mi cumpleaños

Yanis

Ayer fue mi cumpleaños, 1 de febrero; no es una fecha muy atractiva, hace frío, no es Navidad, ni la ansiada primavera, es un mes anodino, febrero. Se salva por el carnaval, en todo caso. En la Universidad siempre me pilló estudiando para los exámenes; dos años seguidos Historia de España el día tres. Pero me gusta la fecha de mi cumpleaños, porque es mi cumpleaños, y es en invierno y a mí me encanta el invierno.

Esta noche he soñado con mi cumpleaños; me encontraba celebrándolo con un grupo de personas desconocidas en un restaurante mexicano. El grupo de desconocidos me mira perplejo, porque yo pido margaritas sin parar. Pero como están allí como si fueran los extras de una película, poco pueden hacer con mi tendencia a emborracharme en tiempo récord. Pero, ¿qué puedo hacer si estoy celebrando mi cumpleaños con absolutos desconocidos?

Por fin reconozco a alguien, no me lo puedo creer, el camarero me suena, ¿es Michael Bolton sin pelo? ¡No! Es Yanis Varoufakis, el flamante nuevo Ministro de Finanzas griego, que está dando más que hablar por su físico que por su visión económica y política. La realidad supera a la ficción, pero en mi sueño es un amable camarero que prepara unas copas de margaritas buenísimas. ¡Viva México cabrones!

 


Contra la soberbia

¿Os imagináis que los personajes bíblicos que conocemos fueran personajes de nuestro tiempo? Que utilizaran las redes sociales o los blogs para darse a conocer o hacernos partícipes del mensaje de Jesucristo, o de Buda, o Mahoma… Otro gallo cantaría. Yo me he quedado pensando en las supuestas cuentas de twitter de algunos de ellos, creo que tendría más seguidores Santo Tomás que Abraham. Os recuerdo que Abraham estuvo a punto de sacrificar a su hijo sólo porque Dios se lo pidió y Santo Tomás, sin el Santo por aquella época, es el artífice del “si no lo veo no lo creo”.  Yo seguiría la cuenta del segundo.

En mi educación cristiana crecí escuchando frases como la fe mueve montañas (que no deja de ser verdad, para bien o para mal), a Dios no le gustan los tibios y rodeada por algunas personas que por considerar que su fe estaba forjada en hierro podían dar lecciones a diestro y siniestro. Y he sido testigo del derretimiento de ese hierro en ocasiones, dicho sea de paso.

Mi fe ha estado formada por humo muchos años, una sustancia apenas palpable pero humo al fin y al cabo. Nada de hierro, ni de ladrillo ni de cemento. Pensaba que con humo no se construye una casa en la que habitar y dejé que me envolviera de esa manera “tibia” que tan poco gustaba. Ahora las cosas han cambiado, y esa fe está adquiriendo algo más de textura, diría que gelatinosa.

En mis conversaciones con Dios le he comentado que quizás no es una sustancia demasiado fuerte, pero he llegado a la conclusión de que es mejor ir adquiriendo cierta consistencia poco a poco, que no estamos para caernos del caballo como San Pablo. También le he advertido de que me muevo entre la obligación moral de repercutir todo lo bueno que me está pasando, y el miedo a mandarlo todo a la mierda a poco que mi vida se vea desestabilizada de alguna manera. Mientras tanto mi fe va tomando forma y aspiro al ladrillo y al cemento y al hierro, pero siempre con el miedo de no caer en la soberbia.

Me causó un mayor respecto el Papa emérito cuando explicó que hubo un momento en su vida en el que pensó que Dios había desaparecido. Él también ha dudado.

Y mientras tanto mi manera de ser creyente la vivo con tranquilidad, sin llevarlo todo al extremo. Ya he asumido que no todos estamos llamados a hacer grandes hazañas, coger un avión hacia Siria, o la India o  Irak o a tantos países para intentar acabar con otras tantas injusticias. Pero nuestra gran hazaña también pasa por nuestro día a día, por decirle a nuestros hijos que no hagan caso, en un entorno aparentemente cristiano, a comentarios como “putos moros” cuando ha sucedido lo de Charlie Hebdo, o “panchitos” hacia los sudamericanos, o “maricones”, o tantos otros insultos que estoy cansada de escuchar. Contrarrestar esto, al igual que creer que porque haya habido sacerdotes católicos pederastas (panda de desalmados),  los católicos vivimos la sexualidad de manera insana y retrógrada. Ya os digo yo que no es verdad.

El mayor pecado de católicos y no católicos, ateos y practicantes de cualquier religión es la soberbia.


Lo que me gusta

derviches

Hay muchas cosas que me gustan, y otras que no. Hay cosas que me gustan y me hacen gracia, me caen bien ciertas personas, me inspiran ciertos paisajes y me animan ciertas cosas que forman parte de un imaginario personal que adopto como “cosas mías”. En la mayoría de los casos son cosas que no he tocado, que no he vivido ni conocido, pero me gustan.

Me gusta la danza de los derviches giradores turcos. Me relaja pensar en esa absorbente danza y meditación de la que no he sido testigo nunca. Y me gusta Arda Turan; me lo imagino no solo haciendo pases imposibles, si no también vestido como un danzarín sufí dando vueltas sobre sí mismo.

Me gustan las cámaras de fotos Polaroid, siempre me han gustado, y no ahora que están de moda recuperadas por los nostálgicos hipster. Tengo una pared en mi casa desnuda, esperando ser vestida por un collage de fotos hechas con una cámara Polaroid. Me encantan los collages, quien me conoce bien sabe que he sido única forrando carpetas con collages, o creando sobres para escribir cartas. Y ahora aprovecho para hacer collages con restos de esas cartas de siempre, con marcos de plata, con espejos, fotos…

Aunque nunca he estado, si me preguntan por mi paisaje favorito, es claramente el de las montañas tibetanas. Cuando me voy a dormir suelo imaginarme volando por allí. Y me gustan los niños pequeños con gafas, me caen muy bien. Y me encanta la textura, que no he tocado, de los muñequitos verdes (Curris) que vivían en las cuevas de Fraggle Rock. Y la voz chillona de la niña de las trenzas de Barrio Sésamo.

Me encantan el frío y la nieve, y el silencio. Y me gusta repetir palabras y frases. Digo varias veces seguidas, en voz alta: “Mi pie izquierdo, mi pie izquierdo, mi pie izquierdo”. Me gustan los osos polares porque fueron proclamados en peligro de extinción el año que yo nací. Me gustan los camaleones, me caen bien. Cuando era pequeña un niño mayor me enseñó uno, luego el niño murió, y sus padres seguramente no saben que yo lo recuerdo enseñándome el camaleón. Su hermana me enseñó a fumar. Me gusta fumar, pero no fumo. Me gusta el color Azul Francia.

Hay muchas cosas que me gustan, y otras que no. Pensar en las cosas que me gustan me divierte y me hace feliz.

Y a ti, ¿qué te gusta?


Navidad en La Antilla (Acabaré sumergiéndome en el mar)

la antilla

 

Allí es donde hemos pasado los días de Navidad. Los paseos siguen siendo los mismos aunque ahora son más concurridos al ir acompañada por los niños. Recuerdo de nuevo un texto que escribí sobre los paseos interminables por esta playa:

ACABARÉ SUMERGIÉNDOME EN EL MAR

Son muchas las tardes en las que mi marido y yo salimos a caminar por la playa. En La Antilla, antes de que anochezca, la bajamar y los kilómetros de arena convierten el paseo en casi una exigencia porque, ¿quién puede resistirse? Al aire impregnado de salitre, a las nubes color fucsia, y al gris plata de la orilla.

Cuando Javier y yo caminamos, con paso firme, hacia esas nubes, el viento frío nos da de cara – los paseos son más intensos en invierno – cuando la playa está casi vacía, entonces al hablar el aire se mete en los pulmones con más dificultad, provocando en ellos un golpe seco. Pero pese a que las palabras salen entrecortadas por el esfuerzo, nuestras conversaciones durante esos paseos son muy francas: ponemos en orden nuestras ideas. Creo recordar que el nombre de nuestra hija, Lola, lo decidimos durante uno de estos paseos.

Siempre nos ponemos una meta, abandonamos el barrio de pescadores, donde siempre vemos peces muertos al lado de las barcas encalladas, y llegamos a las dunas, que comienzan a divisarse por detrás de los grandes hoteles, nuevas construcciones que contrastan con las pequeñas y desconchadas casas de los pescadores.

Al emprender el camino de vuelta ya nos lo hemos dicho todo. Ahora el viento nos empuja más rápido hacia casa. En silencio escuchamos el sonido de las olas, una mezcla entre chapoteo y rugido de tormenta, una mezcla de viento y mar, que ahora es de un color más oscuro, azul marino. Es el único sonido que parecemos escuchar, aunque si nos concentramos un poco también suenan nuestros pasos amortiguados por la arena, y la respiración de ambos: inspiramos fuertemente por la nariz.

Nos sentimos limpios, por ese aire que despeja los pulmones, y por el entorno, que despeja las ideas.

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Inspiración III.


Feliz Navidad

(War is over), por lo menos lo podemos cantar. Cantad conmigo.


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