Madrid

Hoy he vuelto a soñar con Madrid. Paseaba por sus calles, rememoraba conversaciones y, entre palabras y paseos, las palabras pronunciadas allí y el asfalto de allí, recordaba quién soy en realidad.

Sueño recurrente con la salvedad de que no me deja mal sabor de boca. Antes eran sueños que me producían nostalgia, ahora me reafirman. Y allí está Madrid y algún día volveré.


Lo que me gusta II

Estoy más de humor para escribir una segunda parte de “Lo que no me gusta”, pero he estado escuchando el tema central de In the Mood for Love y he cambiado de idea. Es momento de recordar las cosas que me gustan, ya sabéis, ciertas cosas que forman parte de un imaginario personal que adopto como “cosas mías”.

Me gusta leer el nombre de Shigeru Umebayashi, pero no pronunciarlo, sólo leerlo. Y me gustan los albornoces blancos de los hoteles. Sólo de los hoteles, no me gusta usar albornoz. Me gusta el olor a Nenuco, me gusta olerle la cabeza a mi hijo pequeño y que huela a toallitas, humanidad y Nenuco. Me gusta hablar por teléfono con mi padre, si es posible antes de las nueve de la mañana. Es una manera de decirnos: “Cómo nos gusta madrugar, somos unos cracks”.

Me gusta acostarme temprano, me gusta madrugar, me gusta dormir, me encanta mi edredón blanco con una funda blanca como la nieve. Me gusta llorar, últimamente no me salen las lágrimas, por lo que llorar me gusta más. Necesito sentir alguna lágrima mojando mi cara, como cuando noto mis dedos tecleando estas palabras. Ambas cosas me llenan de aire los pulmones y me causan escalofríos.

Me gusta tener telepatía con mi amiga L. A ella le da miedo pero a mí me hace gracia. Me gusta que no me gusten los libros que me recomiendan, me reafirma (aquí peco un poco de soberbia) mi gusto particular. Debo confesar que últimamente Lola ya me ha recomendado algo y ha acertado. Me gusta mirar a los ojos verdes suplicantes de Lola, me gustan las manos suaves de Martina. Me gusta que los hombres se saluden dándose dos besos.

Me gusta el haber superado la culpa, me gusta hacer rabona sin remordimiento, me gusta dejar para mañana lo que puedo hacer hoy. Me gustan los ritos judíos, me gusta el hebreo, saber que está ahí por si algún día lo quiero estudiar. Me gusta aguantar la respiración en el agua de la piscina (esto no es dominio de Salvador Mallo) y me voy acomodando en la idea de que soy finita. No me molesta esa idea. Lejos de acobardarme me hace querer mejorar.

Me gusta la tipografía de las matrículas árabes. Me gusta tener el pelo corto, me gusta la soledad. Me gusta no haber escrito la palabra nostalgia en meses. Me gusta haber dejado la nostalgia atrás. Me gusta enviarles a mis amigas música por whatsapp casi todos los viernes, y me gusta mi perfil de Instagram. Me gusta mirar las ventanas de los edificios e imaginarme cómo son los pisos por dentro. Me gusta acordarme de la portada de “La Montaña Mágica” cuando veo la silla de la terraza de mis vecinos. Me flipa conducir.

Me gusta tener fantasías sexuales que no comparto con nadie. Me divierte. Me gusta saltarme mi propio menú y comer todos los días pasta.


Humo

Se diría que no fumo (de vez cuando un pitillo) porque me sienta verdaderamente mal, a corto plazo. Enseguida me duele la garganta, me marea… no me sienta bien.

Dejando de lado que es nefasto para la salud, me encanta fumar. Y esta noche he soñado que fumaba y que el tabaco no tenía sabor. Ni sabor, ni olor, pero sí el humo penetrando en mis pulmones, a cámara lenta.

humo


Infierno

calcetines

Todo el peso del mundo se le posó en un latido, por eso le dolía al respirar.

El infierno me lo imagino doblando calcetines.


Desde las alturas se ve todo mejor II (O Rojo III)

 

rojo3(1)

Soñé con Hugo esta semana y me acordé de que me decía que siempre llevaba algo rojo. Lo he vuelto a soñar porque supongo que ya sólo charlaremos en sueños.

Hemos subido volando a una montaña, porque desde las alturas se ve todo mejor, y le he contado que el dragón de mi hija Lola es rojo. Que me gustan los zapatos rojos, acabo de estrenar una agenda roja y mis nuevas gafas son rojas.

Le contaría que los labios rojos, a veces, pero la funda del móvil es roja.

Desde las alturas le he contado que las carpetas siempre rojas, paspartú rojo si enmarco esa grafía china que significa primavera. Calcetines rojos y botones rojos. Le he contado en secreto que a veces escribo rojo como la nieve blanca.

 


Desde las alturas se ve todo mejor

cuerda

Hoy le he estado contando a Maruja Torres todo lo que escribo… libro, cuentos, blog. La he agobiado un poco porque andábamos en una caseta de feria (perezón, perezón) y ella tenía ganas de juerga.

Me han recomendado cambiar de caseta de una manera diferente, cogiendo un ascensor mágico. Pero el ascensor me llevaba a un pueblo laberíntico del que no era capaz de salir. Cuando volvía a ver la puerta del ascensor, lo intentaba de nuevo, pero cual teleférico, con vértigo incluido, me dejaba en el mismo pueblo. En el pueblo elaboran turrón, pero a mí no me gusta el turrón. Ni las casetas de feria así en frío, sin anestesia.

Pero he conseguido volver, Maruja bien, más amable conmigo; ahora tengo que buscar a Hugo, un buen amigo del que no sé nada desde hace más de diez años. Hoy he estado buscándolo en redes, pero ni rastro. De vez en cuando aparece en mis sueños, esquivo.

Hay confeti por todas partes, porque las ferias son coloridas, o deberían serlo. Yo me subo a los cables del ascensor-teleférico a hacer acrobacias, pero me convierto en bloque de hielo. Desde las alturas se ve todo mejor, aunque sea en proceso de congelación.

 

(Imagen: The Walk).


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