Una boda fantasma

Estoy casada y tengo dos niñas pequeñas que son mi mayor fuente de inspiración.  Pero esta noche he vuelto a ser esa mujercita, romántica empedernida, en busca de su príncipe azul (que conste que la que aquí escribe ya lo ha encontrado).  En el sueño de esta noche he perdido un tren que tenía que llevarme de Córdoba a Sevilla. Y como no había más trenes hasta el día siguiente, una amiga mía me pide que la sustituya en una boda a la que está invitada y no puede acudir. ¡Qué cosas! El traje, los zapatos y el bolso, así como la disposición para ir a una boda donde no conozco a nadie, han aparecido por arte de magia. La boda se celebraba en unos salones de techos altos, muy engalanados, y los novios e invitados se han presentado como una masa informe de gente que no me interesaba para nada. Pero de pronto, de esa muchedumbre de trajes de seda y tintineos de copas de champán ha aparecido Él, un apuesto joven que habría de convertirse en mi marido. Todo ha sido muy rápido, no he visualizado casi ni el flechazo, ni el noviazgo ni la petición de mano. Por no visualizar no he podido ver ni siquiera la cara de mi amado.

De repente me encuentro en el mismo salón “engalanado”, pero en esta ocasión soy yo la novia, dispuesta a dar un discurso cargado de emoción sobre cómo unos años antes “conocí en este lugar a quien es hoy mi marido, fruto de la casualidad, y cuál Cenicienta mirando el reloj para no perder de nuevo el tren…”.  El discurso ha sido interrumpido porque mi príncipe ha desaparecido.  Entonces la Cristina real parece dirigir a la Cristina vestida de novia en una carrera por todo el recinto en busca del “novio a la fuga”. Si alguien me hubiera visto en ese momento dormir, habría observado cómo se me fruncía el ceño porque no hay nada más difícil que intentar guiar los pasos de los personajes de tus sueños.

La novia abandonada cruza varios pasillos y se va encontrando con grupos de invitados que se ríen de ella. Tras varios intentos desesperados las dos Cristinas nos sentimos tristes y profundamente heridas en nuestro orgullo. Hasta que se nos ocurre quitarnos la espinita yéndonos a esquiar… pero no el miércoles porque hay mucha gente. Mejor será ir el sábado para que nadie sepa lo mal que practicamos este deporte. Quién sabe, a lo mejor esta noche retomo el sueño donde lo he dejado y me encuentro a mi príncipe escurridizo en la pista de principiantes.

Acerca de cristina g. montero

Escritora y periodista con ganas de contar pequeñas historias. ¿Mi excusa narrativa? Los sueños que tengo, auténticos cuentos para divertir, hacer pensar, entretener. Ver todas las entradas de cristina g. montero

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