Extraterrestres jugando al golf

Esta noche me he ido a jugar al golf, a practicar un poco. Pero no he ido a practicar a un campo de golf al uso, sino a una sala cerrada en la que había mucha gente conocida, y casi no he podido dar ni una bola. Cada vez que me preparaba, intentando encontrar la postura perfecta para lanzar la bolita, alguien me interrumpía ofreciéndome un canapé o una copa. Sí, es que la sala en cuestión era campo de prácticas y catering a la vez. Cansada de no poder jugar con tranquilidad me dispongo a recoger los palos de golf e irme pero… siempre hay un pero. Antes de poder casi reaccionar los camareros comienzan a desnudarse y a quitarse también la piel, ya que en realidad son unos temibles extraterrestres que se disponen a desintegrarnos con sus pistolas láser (¿por qué me gustarán tanto las pistolas láser?).

Entonces ya no soy yo sino mi cuñado Richard (tengo un cuñado que se llama Richard) y los marcianos me disparan y me convierten en uno de ellos; o le convierten a él en uno de ellos, y le encierran en una cúpula de la que no puede escapar. Pero él escapa, y se monta disfrazado de humano en un coche volador, una nave espacial con forma de Peugeot 508. Eso ha sido lo más divertido, porque el coche disparaba rayos láser a otras naves; ha sido como jugar a un videojuego mientras dormía. Al final Richard el marciano consigue volver a ser humano cuando un amigo suyo le toca el dedo índice durante diez segundos y le transmite de nuevo energía humana. Y es feliz y se come una perdiz.

¿Y yo mientras? Vuelvo a ser yo, encerrada en la sala donde los extraterrestres juegan al golf. Tengo que escapar de allí, siempre con mi bolsa a cuestas, nadando en un mar lleno de rocas. Un mar un poco gelatinoso porque dentro hay otra criatura monstruosa a la que no puedo despertar con mis brazadas. De manera que con mucho cuidado llego a la orilla, no sin antes ver nacer a unas águilas de unos huevos que flotan en el mar. Cuando por fin alcanzo la meta, me pongo a charlar con un chico, al que le hago mucha gracia porque soy pelirroja y le recuerdo a su hermana. Y así termina el sueño, riéndome mientras águilas marinas sobrevuelan mi cabeza… mi cabeza pelirroja.

Y mi marido dice que duermo como un bebé.

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Acerca de cristina g. montero

Escritora y periodista con ganas de contar pequeñas historias. ¿Mi excusa narrativa? Los sueños que tengo, auténticos cuentos para divertir, hacer pensar, entretener. Ver todas las entradas de cristina g. montero

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