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Acerca de cristina g. montero

Escritora y periodista con ganas de contar pequeñas historias. ¿Mi excusa narrativa? Los sueños que tengo, auténticos cuentos para divertir, hacer pensar, entretener.

Buena suerte

Tengo muy buena suerte, nunca me aburro. Y he desarrollado con el tiempo una capacidad (¡qué suerte!) de asombrarme con los pequeños detalles, la cotidianedad, los secretos que me cuentan las paredes y las almohadas.

Cuando voy a dormir además viajo (ya lo sabéis; nueve años de blog lo confirman). Me preparo con el consiguiente ritual, en el que me hablan las sombras. En los últimos días me deleito con el juego de luces que hace una pequeña rendija del cuarto de mi hijo pequeño. Se proyecta en el mío y forma dos líneas perfectas de luz. Me tranquiliza verlas. Entonces disfruto de mi soledad, me acurruco en la cama y comienza mi desencarnación. Acompañada de mí misma, dispuesta a alejarme y tener sueños lúcidos. Qué buena suerte.

En la última semana he asistido a un suicidio colectivo, en el mar, nada traumático, algo de ciencia ficción. Y a un parto, doloroso para la madre, pero que nos ha hecho sentirnos muy vivos a todos los presentes. También he tenido que hacer de detective y viajar hasta Cuba en busca de uno de los suicidas, que ha aprovechado el siniestro ritual para hacerse el muerto y escapar de problemas con la ley. Y tengo mucha suerte, porque he sentido calor y he notado la textura de las camisas de lino blanca que llevamos todos. El tacto de la tela, sin sujetador, sin sudor.


Argumente

Pensando estaba en lo poco que sirve argumentar frente a nadie. La argumentación, todo un arte, es más efectiva en la literatura, y más bella. Esas frases maravillosas que fluyen, con una dialéctica perfecta, cuando estamos solos en la ducha y que unas horas antes no has sido capaz de mostrar ante un “enterao” que encima te cae mal.

Gasta energía estéril parlotear sin parar. Me encantaría lograr un equilibrio entre el silencio en público y la argumentación en privado, en mis relatos. Me expreso mejor por escrito.

Esta noche he soñado con una situación un tanto surrealista; le he pasado una notita en una cena con amigos a mi interlocutora, una amiga, que tiene un parecer diferente a mí frente a cómo educar a los hijos:

-“Buenas noches, te he escrito estas palabritas en una servilleta”.

Mishima decía que la literatura era para los cobardes. No es que esté de acuerdo con los planteamientos del “samurái”, pero quién sabe, lo mismo en esto tenía razón.


De tela

Esta noche he soñado que el cielo era de tela. De algodón pintada de azul con estrellas amarillas. Angustioso momento cuando sabes que no hay aire, si no tela. Por lo menos no es hormigón; me he construido un puñal muy largo y he conseguido rasgar un poco la tela. Romper el cielo para poder respirar mejor.

Imagino que estáis pensando que he soñado con un cielo de tela porque me angustian las mascarillas. Yo creo que es más bien porque tengo ganas de rasgar cosas.


Estremecer

Estremecerse, qué bonita palabra.

Hoy me he sentido estremecida en mi sueño; estar en espacios confortables, no sólo físicos, te da mucha paz, y te hace estremecer. Cuando recuerdas sentirte a salvo entre las sábanas, en una habitación azul a muchos kilómetros de donde estás en realidad. Luego lo recuerdas el resto del día y te estremeces.

Es un sueño recurrente, tiene algo de mudanza, de esperanza, y de vaciar cajones. Por eso siempre me deshago de cosas banales, papeles, cables, marcos, cojines… no quiero que me pille desprevenida la huida. Que sea una huida limpia y rápida.

Hoy he soñado que mi marido me abría las puertas de una hall muy acogedor, y me he estremecido.


Alohomora

Baste decir que estoy viendo Harry Potter con mi hijo pequeño para que tenga sentido soñar con hechizos como el de “alohomora”. Sirve para abrir puertas, por cierto.

Y yo esta noche, varita en mano, he abierto varias puertas; cada una me ha llevado a un escenario diferente, distintos sueños.

El primero me ha dado mucho vértigo porque hemos cogido (muchas personas muchas muchas) un ascensor que sobrevolaba un río. Sin ninguna protección, todavía tengo agujetas de apretar las piernas para hacer equilibrio y no caerme.

“¡Alohomora!” Mi médico de cabecera (que siempre digo que se parece a Buenafuente) me ha invitado a la lectura del pregón del Carnaval de Cádiz. No sé si existe tal evento, pero, ¿en serio? Si no tiene nada de gracia (mi médico, no Buenafuente). En fin… “alohomora”.

De compras en un centro comercial, ¡¡¡alohomora!!! Fuera, fuera; abre otra puerta.

Nadar entre orcas también da vértigo, pero me puede la necesidad de sumergirme dentro del agua. Ese silencio que anestesia un poco; los sonidos se amortiguan, como ocurre con la nieve. Cuando buceo ese silencio me quita el miedo, y esa sensación la he tenido soñando. Aquí me quedo, ¿cuál es el hechizo para cerrar la puerta?


Me declaro tibia perdida (Contra la soberbia II)

Me pasó de pequeña que me contaron que a Dios no le gustan los tibios, y yo creí que a Dios no le caería muy bien.

Pero no he llegado a posicionarme del todo nunca; mi subconsciente me decía que no iba del todo desencaminada cuando no conseguía sentir pasión por ningún ideal, ni creencia alguna. Buen compañero de viaje mi subconsciente; por eso de adulta le he dado forma de serpiente y autonomía.

Vivimos ahora un tiempo en el que de nuevo hay que posicionarse de forma obsesiva. Y yo es que me quedo enredada en los matices, no lo puedo remediar. Además soy escéptica por naturaleza, y creo que las etiquetas (mira tú por dónde que le podemos llamar hashtags) están ahí puestas por corrientes de movimiento interesadas, a las que nos tenemos que agarrar como si fueran salvavidas. Llamadme paranoica. Hasta para mostrarse escéptico hay un manual de instrucciones ya preconcebido.

Las medias tintas, qué mal vistas están. Ahora hay que tener las ideas “muy claras” para poder manejarse con cierta coherencia en esta sociedad. De un lado o de otro, pero hasta el final.

Yo me bajo del carro de las ideas claras. Me quedo moldeando las preguntas y me despreocupo de las respuestas. La única certeza que tengo es que no tenemos certeza de nada. A lo mejor os produzco desconfianza, pero me declaro tibia total.


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