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Acerca de cristina g. montero

Escritora y periodista con ganas de contar pequeñas historias. ¿Mi excusa narrativa? Los sueños que tengo, auténticos cuentos para divertir, hacer pensar, entretener.

Imagina

Hoy os voy a contar sueños de otras personas. Ayer dos amigos míos, que no se conocen entre sí, hicieron algo juntos, soñar e imaginar. Me conmovieron, y eso que yo soy dura para estas cosas.

Ayer se pusieron a imaginar lo que harían cuando salgan de casa y termine esta pesadilla. Es algo sencillo, me apunto a ambos planes. Él se imagina, me lo cuenta su mujer, yendo a Tarifa, “comer en familia y tomar una copita en el chiringuito blanco que hay a pie de playa, y que los niños estén por allí danzando”.

Ella tuvo un sueño: “Un sueño que deseo con todas mis fuerzas; que estaba en el parque rodeada de niños”.

Samara y Antonio, hoy os dedico este “Imagina”. Gracias por conmoverme.

 


Los pingüinos son los nuevos tiburones blancos.

penguin

Vuelvo a soñar con un cambio de casa; esta noche me he trasladado a una casa al borde del mar. Tan al borde que una cristalera de mi dormitorio está incrustada en unas rocas de la orilla. Los de la ley de costas me crujen.

Imaginaos, amanecer así. Da incluso vértigo, aunque yo acabaré sumergiéndome en el mar. Una escena bucólica es la que he vivido con un pijama y una bata de seda ideales (esto es porque me estoy quedando sin opciones en la cuarentena, seguro), y una taza de café humeante, mirando a las rocas y el mar.

¡Pero si aparecen incluso pingüinos! ¿No es alucinante? Hasta que se han ido acercando a la cristalera-puerta-ventana y han comenzado a intentar romperla con sus picos. Empieza a resquebrajarse, los picos sangrantes y yo, hipnotizada sin poder alejarme de allí. Poco os voy a contar, pero la bata de seda se tiñe de rojo.

No subestiméis el encanto de los pingüinos.


Potitos para el fin del mundo

hunters2

Entre que estoy viendo “Hunters”, una lucha entre nazis y judíos con tintes surrealistas, y el coronavirus, esta noche mis sueños han adquirido tintes apocalípticos.

Me he trasladado a un futuro espero no muy lejano, en el que salimos de casa progresivamente. Y me cito con mis amigas, esas que tienen una connotación clandestina (este guiño lo dejo para ellas, que saben a quiénes me refiero), para aprovisionarnos de potitos. Porque, aunque nuestros hijos ya están creciditos, reconocemos todas en el sueño que les seguimos dando potitos de frutas, ternera con verduras (mi preferido) y de arroz con pollo. Pero sólo le damos eso, porque ya no cocinamos.

El sueño se complica cuando comienzan a copiarnos y hay escasez de potitos. Crisis mundial. Aunque yo me hago con una partida ilegal y quedo con ellas para repartirlos. A todo esto han secuestrado a mi hija Martina, pero yo primero me tengo que centrar en repartir. Una vez que hemos terminado, armadas con carritos de bebé llenos hasta la bandera del alimento preciado, nos vamos a buscar a Martina.

Parece ser que unos nazis disfrazados de curas se la han llevado a un convento con muy buena fama; es un lugar que hace obras sociales, pero nosotras ya sabemos que es una tapadera. La cosa se pone sangrienta, porque ya no sólo vamos con nuestros carritos de bebé, ya tenemos cuchillos y pistolas con silenciadores (¿?). En fin, no hemos dejado títere con cabeza.

Martina bien, gracias, y los potitos intactos.


Dormir

Si llego a saber el día que iba a tener hoy no me levanto. Mis problemas siguen siendo, gracias a Dios, cotidianos, pero hoy ha sido uno de esos días…

Pero vamos a pensar en positivo, en mi cama. No sabéis lo que me gusta mi cama; bueno, a alguno ya se lo he contado. Estoy enamorada de mi cama. Es como una nube, blanca, con el edredón de plumas, con la funda blanca, sábanas blancas (no creo que pudiera dormir bien en sábanas de color), es amable, gustosa, el lugar donde leo antes de dormir, el lugar donde desconecto porque duermo como un bebé. Y las almohadas que se acoplan perfectamente a mi cabeza, a mi cuello.

Tengo esa suerte, duermo genial. Solo faltaba, si no no podría contaros mis sueños. Hay personas que me preguntan si con los sueños que tengo, y pesadillas, descanso bien. En esa cama que me espera paciente todo el día… duermo y comienzo el viaje.

Hoy he soñado que estaba en este escenario brindando, por cierto. Creo que me voy a acostar en cuanto termine este post. Ciao!


Andenes

metro

Han habilitado un metro entre Bilbao y Madrid. Si vives en Bilbao ahora puedes ir a Madrid en diez minutos.

No es la primera vez que sueño algo así; suelo conectar ciudades que están a muuuuuchos kilómetros de distancia gracias al metro. Incluso he cruzado países en pocos minutos, porque los metros de mis sueños son ultra mega rápidos. Metros mágicos.

Mira qué bien; no sé lo que hago yo en Bilbao, pero voy a coger el metro para visitar Madrid. Claro que antes tengo que ir a un restaurante de moda a probar los nuevos entrantes. Pues nada, a probarlos. Muy buenos.

Me voy ya; claro que antes tengo que llevar unas bolsas al apartamento del dueño del restaurante. Bolsas de El Corte Inglés, llenas de bolitas de papel, pero pesan mucho, no sé por qué.

Llego al metro; con sus escaleras mecánicas, su sube y baja, sus luces y sus sombras. Y los andenes, siempre los andenes silenciosos que, cuando los sueño, suelen adquirir vida y me llaman para que me adentre en ellos. Y eso hago, y llego en dos minutos a un túnel siniestro, claro, cómo iba a ser si no; lleno de bolitas de papel.


Nunca me gustó la palabra cuarentena

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Mucho se ha escrito sobre la cuarentena que estamos viviendo; algo desconocido que dos días antes (literal) no podíamos ni imaginar. Y a mí no me gusta dar consejos, ni tengo mucho arte para hacer bromas y menos me gusta meterme en discursos políticos porque no tengo alma de “cuñao”. Ya votaré o no en las siguientes elecciones, si me dejan salir de casa.

¿Entonces qué creéis que os voy a contar sobre la cuarentena? Una pequeña reflexión sobre mi experiencia, como siempre con el afán de entretener, un relato. Nada de lecciones, ni reflexiones morales, que no es mi campo ni lo pretendo. Si acaso que os sintáis identificados, o no. Soy el humilde bufón de la corte, el que con creatividad evadía de las preocupaciones de la guerra. Tengo claro cuál es mi vocación; soy la escriba y, aunque a veces nuestro afán parezca trivial, yo estoy muy orgulloso de él. Es vital.

Me ha ocurrido algo curioso estos quince días que llevo sin salir de casa, que no desconectada. Y es que he reflexionado sobre dos cosas sobre las que ya reflexionaba antes del encierro: el presente y el miedo. Me he dado cuenta de que estos días no me han cambiado. He oído hablar mucho de eso, de que esta situación nos va a cambiar como sociedad. Sin identificarme en absoluto con las personas afectadas por el coronavirus (enfermos, fallecidos y familias), y los profesionales que están al pie del cañón, que a ellos sí que les va a cambiar esta experiencia, yo sigo batallando con las mismas preocupaciones.

Con las mismas despreocupaciones, debo decir, porque llevo entrenándome bastante tiempo para vivir sin miedo y anclarme en el presente. Lo conseguí hace un año, por lo que ahora lo puedo poner en práctica sin forzar demasiado.

Me preocupo, pero no tengo miedo, porque el miedo es mirar a mañana y yo ya no hago eso. Incluso he tenido la tentación de no escribir esta reflexión hasta que no acabe la situación, pero estaría haciendo trampa. Es hoy, y no tengo miedo, y no voy a tentar a la suerte porque lo escriba. Mañana si pasa algo, se afrontará.

Soy una privilegiada debo decir; por ahora no nos encontramos mal ningún miembro de la familia, estoy trabajando como nunca, escribiendo muchísimo, riéndome también con algunas ocurrencias referentes al confinamiento, me van ustedes a permitir. Por Dios, si incluso puedo echar un polvo de vez en cuando.

Como digo, una no está exenta de preocupaciones, ni de malos ratos, pero me los producen las mismas cosas que antes del encierro. Mis  hijos son mi talón de Aquiles, os he de confesar.

Será por ese anclaje al presente que conseguí por fin hace tiempo, será porque ya trabajaba desde casa y estoy acostumbrada a llevar unas rutinas dentro (fuera pijama tempranito por la mañana), el caso es que por ahora esta experiencia no me ha cambiado. Mañana, no sé lo que pasará.

 


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