Archivo del Autor: cristina g. montero

Acerca de cristina g. montero

Escritora y periodista con ganas de contar pequeñas historias. ¿Mi excusa narrativa? Los sueños que tengo, auténticos cuentos para divertir, hacer pensar, entretener.

Querida Lola: Guerrera

Querida Lola, nuestra cuerda está llena de nudos, aristas y parece despedazada. Tiene su encanto, no obstante, se parece a esas pulseras de cuero que tanto me gustan, gastadas por el sol y blanqueadas por el agua del mar al final de verano.

Como no me escuchas desde tan lejos, te mando un salvoconducto en forma de palabras escritas, por si las lees en un algún momento. A lo mejor no consigo expresar bien lo que quiero, perdóname, es que estoy intentando averiguar qué tipo de cuerda necesita tu hermana, que ya se va alejando también a pasos agigantados.

Quería decirte que ojalá tengas la suerte que yo tengo, de poder llegar a cumplir años siendo capaz de haber cambiado mis esquemas mentales varias veces. Que la vida te proporcione el tiempo suficiente para desarrollar unos valores, afianzarlos, arraigarlos y poder cortarlos de raíz sin remordimientos.

Porque ahí está la clave, ojalá la vida os proporcione la capacidad de vivir sin remordimientos. Que os dé tiempo a cultivar todas vuestras inquietudes, el hambre que tenéis de preguntas, y podáis adquirir la seguridad suficiente para ponerlas todas patas arriba.

Querida Lola, ojalá, aunque yo no lo vea, consigas la paz interior que produce no malgastar energía en las respuestas, si no que te quedes sin complejos moldeando tus preguntas. Sólo así conectarás con el presente, aunque entiendo que ahora vivas obsesionada por el futuro.

Y te digo, eres guerrera, tienes herramientas de lucha. Las tienes ya, te las has ganado a pulso. Y te digo, yo también me he ganado a pulso el vivir sin remordimientos, sin justificarme, sin daros explicaciones. Ya os las he dado todas. Yo no sólo soy madre, soy mujer, hermana, amante. Soy escritora, creadora. Espero que la vida te proporcione el tiempo suficiente para gritar tu nombre.

“Ay guerrera, yo te llevaré en el alma la vida entera”.


En qué momento

En qué momento aparece Alberto de Mónaco en uno de mis sueños hablando perfecto español. Porque hay veces que identifico ciertas apariciones con algo que he visto, leído, con alguna preocupación escondida. Pero, ¿Alberto? Con acento andaluz.

Y en qué momento estoy pilotando un avión acompañada de Francisco Umbral; está fumando a mi lado, de copiloto. Le pido que apague el cigarro y me comenta que él en los sueños de todo el mundo aparece con un cigarro. ¿Y pilotando un avión? Eso, no, es la primera vez.

Me pregunto en qué momento me ha venido la afición por jugar al pádel con una señora disfrazada de vaca. En serio, en qué momento. Prefiero salir de la pista e irme a tomar un té, ahí sí, el subconsciente me ayuda y me dirige a un campo lleno de flores silvestres; el té está listo. Ay gracias serpiente.

Esta mañana había un pitillo aplastado en la puerta de casa.


A veces sueño recuerdos

Me ocurre cuando duermo, creo que no es un sueño profundo, que me empieza a latir muy fuerte el corazón. Suele ir asociado este sobresalto a algún recuerdo.

Esta noche la serpiente me ha llevado a un recuerdo feliz, uno de esos momentos que tienes guardado en tu memoria en los que todo es perfecto. Iba recorriendo la Castellana a pie, embarazada de Lola, en una época del año que es genial en Madrid, los primeros días de diciembre. Recuerdo que iba a una clase de preparación al parto (una y no más) y que llevaba puesto un jersey de Javier, mi marido. Y hacía mucho frío; ese frío que corta la cara y es un gustazo porque es muy limpio.

Si rasco un poco más en ese recuerdo puedo observar que soy un poco infantil, que todavía no me he cortado el pelo, tengo noches de imsomnio y todavía me faltan conclusiones a las que llegar. Ahora me noto más sabia, pero menos soberbia, duermo como un bebé y cada día me siento más libre.

Pero mi recuerdo (ahora es una foto fija mirando hacia arriba, en la que estoy muy sonriente y respiro aire helador) me cuenta que en esa época no tenía conciencia de esa sabiduría que me faltaba. No me había sentido todavía arrancada de Madrid, no me planteaba si era buena madre o buena hija, y tenía todavía restos del egoísmo de la adolescencia, aunque ya me acercaba a los treinta.

Y yo le cuento que por aquel entonces no era capaz de escribir estos encuentros, ni tenía capacidad de ser resiliente, ni de reinventarme. Y ella me contesta que para qué, si no tenía necesidad de hacerlo.

Hemos establecido un diálogo, me doy perfecta cuenta de que cuando bajaba la Castellana, al encuentro de mi marido, hubo un momento en el que me paré, miré hacia arriba, fui consciente de la felicidad que sentía y establecí una conversación con mi yo futuro. O por lo menos así lo recuerdo.


Ese cuerpo

Le he dado caña al cuerpo esta noche; será porque en este estado mezcla de pandemia, edad, y circunstancias varias, me hallo inmersa en un estado de cuidado del cuerpo sin precedentes. En mi cabeza, claro, porque no siempre cumplo lo que me propongo.

Yoga (recomiendo), no alcohol, no procesados, no abusar de la pasta. Brazo roto, cansancio… estoy además tomando un complejo vitamínico.

Mi subconsciente, la serpiente, se siente atrapada, harta de mí. Me ha enviado esta noche señales; “baila maldita, baila”. Cómo ha sudado ese cuerpo esta noche, bailando, como si estuviera en el Ultra Music Festival con, no sé, con David Guetta.

Cómo ha disfrutado ese cuerpo esta noche, dando saltos con mi marido, al que últimamente trato desde el sofá y dando paseítos para mantenernos en forma. Y he bebido muchos chupitos, muchos, sin tener resaca esta mañana porque ha sido un sueño. Cómo me conoce mi subconsciente; después de una semana tristona me manda a bailar y a castigar ese cuerpo.

Hoy es viernes, está lloviendo y el toque de queda se mantiene a las diez. Lo siento serpiente, no te puedo sacar, si quieres nos asomamos por la ventana, ponemos música y bailamos dando saltos. Y la primera cerveza la abrimos en un rato.

¡Dale!


Buena suerte

Tengo muy buena suerte, nunca me aburro. Y he desarrollado con el tiempo una capacidad (¡qué suerte!) de asombrarme con los pequeños detalles, la cotidianedad, los secretos que me cuentan las paredes y las almohadas.

Cuando voy a dormir además viajo (ya lo sabéis; nueve años de blog lo confirman). Me preparo con el consiguiente ritual, en el que me hablan las sombras. En los últimos días me deleito con el juego de luces que hace una pequeña rendija del cuarto de mi hijo pequeño. Se proyecta en el mío y forma dos líneas perfectas de luz. Me tranquiliza verlas. Entonces disfruto de mi soledad, me acurruco en la cama y comienza mi desencarnación. Acompañada de mí misma, dispuesta a alejarme y tener sueños lúcidos. Qué buena suerte.

En la última semana he asistido a un suicidio colectivo, en el mar, nada traumático, algo de ciencia ficción. Y a un parto, doloroso para la madre, pero que nos ha hecho sentirnos muy vivos a todos los presentes. También he tenido que hacer de detective y viajar hasta Cuba en busca de uno de los suicidas, que ha aprovechado el siniestro ritual para hacerse el muerto y escapar de problemas con la ley. Y tengo mucha suerte, porque he sentido calor y he notado la textura de las camisas de lino blanca que llevamos todos. El tacto de la tela, sin sujetador, sin sudor.


Argumente

Pensando estaba en lo poco que sirve argumentar frente a nadie. La argumentación, todo un arte, es más efectiva en la literatura, y más bella. Esas frases maravillosas que fluyen, con una dialéctica perfecta, cuando estamos solos en la ducha y que unas horas antes no has sido capaz de mostrar ante un “enterao” que encima te cae mal.

Gasta energía estéril parlotear sin parar. Me encantaría lograr un equilibrio entre el silencio en público y la argumentación en privado, en mis relatos. Me expreso mejor por escrito.

Esta noche he soñado con una situación un tanto surrealista; le he pasado una notita en una cena con amigos a mi interlocutora, una amiga, que tiene un parecer diferente a mí frente a cómo educar a los hijos:

-“Buenas noches, te he escrito estas palabritas en una servilleta”.

Mishima decía que la literatura era para los cobardes. No es que esté de acuerdo con los planteamientos del “samurái”, pero quién sabe, lo mismo en esto tenía razón.


A %d blogueros les gusta esto: