Archivo del Autor: cristina g. montero

Acerca de cristina g. montero

Escritora y periodista con ganas de contar pequeñas historias. ¿Mi excusa narrativa? Los sueños que tengo, auténticos cuentos para divertir, hacer pensar, entretener.

Grande

grande

Me gusta Grande Marlaska, iba a decir el juez, ahora tengo que decir el ministro. Me gusta además porque es muy atractivo. Esta noche he soñado con él, en una suerte de idilio del todo imposible por motivos obvios.

Pero en el sueño, aunque tiene un novio muy pesado al principio (que me perdone su verdadero marido, nada más lejos de la realidad), mi subconsciente lo ha hecho desaparecer y se ha enamorado de mí. Y yo en mi sueño ni casada, ni hijos ni ná de ná…

Fernando (hoy lo trato con confianza) ha resultado ser el inquilino actual de mi primera casa, en la que viví cuando era pequeña. Me ha dejado entrar para que la recuerde, aunque ya no se parece mucho a ese recuerdo. Pero le agradezco el tour. Luego hemos intimado… porque hemos construido un iglú con bloques de madera y hemos ayudado a unas amigas a ir a Marruecos en autostop. Mientras tanto intercambio de manitas… mmm, qué ideal.

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Mar adentro

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No sé muy bien cuál es la razón de que a mi subconsciente, no a mí, le gusten tanto los accidentes espectaculares, mar adentro. Hundimientos básicamente, mar tragando como si de un monstruo con hambre se tratara, grandes barcos, aviones y, en esta ocasión, un puente levadizo.

Generalmente tienen lugar en un paisaje real, el que podéis ver en la foto; las vistas de casa de mis padres en el Estrecho de Gibraltar. He soñado en innumerables ocasiones con aviones partidos en dos cayendo, el mar los engulle. A veces puedo alcanzarlos con las manos, y sacarlos a flote, otras los pierdo para siempre, y siento cierto placer al observar cómo los voy perdiendo de vista. Lo dicho, es mi subconsciente a quien le gusta este triste espectáculo, porque cuando estoy despierta es algo que me aterra.

Esta noche estaba asomada a ese mar impredecible cuando un puente levadizo que recorría la costa (como si eso fuera normal), se ha soltado por uno de los lados. Había muchas personas pasando, y se han agarrado todos como han podido cuando uno de los laterales ha comenzado a hundirse. Recuerdo, una estructura de hierro, tragada por el mar como si fuera un juguete. Nadie ha caído, han inventado un baile imposible a base de saltos para mantenerse a flote. Como las hormigas, que no se ahogan si todas juntas “reman” en una misma dirección.

“Un, dos, tres, ¡salto!”. Mientras saltaban a la de tres, me acercaba en una lancha a sacarlos del puente. Pero sólo uno a uno, y durante el salto.


Siesta de verano

Te desvelas, miras al techo, ves el reflejo de un limonero, escuchas a las tórtolas y el monótono pero relajante sonido del ventilador.


Avispas en el mar

marea

Hoy me he sumergido, como tantas veces en mis sueños, en el mar. Mi yo dormido iba proyectando imágenes imposibles, y mi yo consciente me iba meciendo. De manera que no he tenido que nadar, ni esforzarme por alejarme de ciertas situaciones porque yo era la marea.

Por tanto cuando he visto bajo mis pies una gigante raya de mar, negra, no me he movido, me he dejado mecer hacia un lado para dejarla saltar y que no me pillase en medio. ¿Que si he sentido vértigo? Mucho, pero lo he disimulado bastante bien.

También he guiado a unos bañistas por unos pasadizos semi cubiertos de agua, donde podían hacer pie y no ahogarse (ellos también han visto la raya y están asustados). Porque yo soy yo y me observo al lado de ellos, pero también soy la marea y los muevo a ellos permaneciendo inmóvil.

Cuando me he vuelto a quedar sola se ha posado una avispa en mi pie izquierdo, que sobresale del agua. Quiero salvarla, que no se ahogue pero, al mover el pie, la avispa se ha multiplicado, y ahora miles de ellas forman una flor acuática y peligrosa. Está claro que debo permanecer inmóvil, porque yo soy la marea, marea en calma.


Ausente

Cuanto más leo más me ausento. Me gusta esa sensación, aunque mis hijos me reclaman. Yo les digo: “Seguid leyendo”.


El polvo de la galaxia

desierto

Una confunde términos cuando sueña con situaciones que no tienen relación aparente. De ahí un título confuso que a lo mejor tiene que ver con polvos (entiéndase echar un polvo), o con galaxias (entiéndase la Guerra de las Galaxias).

Pero mi sueño de hoy ha comenzado siendo un viaje nada sideral a un hotel con encanto. Aunque los hoteles de mi subconsciente no entienden de encanto… deciros que las paredes estaban empapeladas con papel para envolver regalos. Se asemejaba el edificio a un molino de viento, y nos han recibido dos resueltos jinetes a caballo. La habitación asignada, con depuradora integrada.

Cuando empiezo a asumir la situación e intento descansar, me doy cuenta que al hotel se lo ha tragado la tierra. Estamos “escondidos” en un desierto al que se accede por una trampilla. Hay que protegerse de los invasores. Aquí comienza “La Guerra de las Galaxias”.

No nos queda otra cosa que hacer, que asistir a una gran sala común para matar el tiempo. Allí me encuentro con mis hermanos. Parece que a ellos todo les parece muy normal, y no están pendientes de lo que ocurre a nuestro alrededor. Yo sí, y los personajes que por allí deambulan me dan pistas sobre lo que va a ocurrir en los siguientes episodios de la saga.

– “¡No hagas spoiler!”, me gritan todos.

Al final, no me preguntéis cómo ni porqué, he tenido un “affaire” con Mario Vaquerizo, porque con Mario no se echa un polvo, se tiene un affaire.


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