Archivo del Autor: cristina g. montero

Acerca de cristina g. montero

Escritora y periodista con ganas de contar pequeñas historias. ¿Mi excusa narrativa? Los sueños que tengo, auténticos cuentos para divertir, hacer pensar, entretener.

Papelitos

papeles

Probad a ordenar con un hijo adolescente su cuarto. Sus cosas, sus recuerdos, sus juguetes, sus libretitas, sus cables, su diarios, sus agenditas, sus papelitos. No hablo de síndrome de Diógenes porque es algo serio, pero ayer me acordé de esos programas de televisión en los que vacían casas y cargan camiones enteros de basura. Yo sería una muy buena organizadora profesional, por cierto.

Cuál sería el bloqueo con el que terminamos (también alivio), que mi adolescente tardó mucho en dormirse y yo he soñado con papelitos. Papelitos arrugados y rotos sin ton ni son, a través de los cuales me han llegado todo tipo de mensajes.

Imaginaos que los whatsapp y mails, o llamadas de teléfono que recibís cada día os llegaran en forma de papelitos, de bolitas pequeñas y arrugadas que tenéis que abrir con sumo cuidado, ya que sus mensajes son casi ininteligibles.

“Quedamos a tal hora”, “comprar tal cosa”… incluso me han llegado ofertas de trabajo. Ruedas de prensa a las que acudir (hay una parte de mi subconsciente que vive permanentemente en una rueda de prensa), convocatorias escritas a lápiz y emborronadas con rotuladores fluorescentes.

Tengo una agenda en papel, hoy no puedo abrirla, he apuntado lo que tengo que hacer en el móvil.

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Érase una vez

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¿No empiezan así todos los cuentos?

Érase una vez una niña muy pizpireta que de tanto pizpiratear se quedó turuleta. Andaba esa niña de puntillas, porque a cada paso que daba se le escapaban por los pies estelas de colores que se enmarañaban.

Eran estelas azules y violetas, rojas y a veces negras. Le daba miedo a la niña pizpireta dejar escapar tantos colores de su cuerpecillo, cada vez más delgado por quedarse sin estelas.

Hasta que fue descubriendo que los colores, aunque rebeldes y huidizos, la acompañaban. Se acostumbró a su externa presencia y comenzó a jugar con ellos. Los convirtió en palabras; con la A del azul y la R del rojo bien atados a su cintura la niña llegó a liberar incluso estelas de colores fluorescentes, y trenzó las cuerdas de colores y compuso, desmadejando colores, cuentos y relatos. Ya no andaba de puntillas, para cogerlos al vuelo saltaba.

La niña creció y pasó de ser pizpireta a curiosa e inquieta. Desenredados los hilos de colores tejió su propia historia y, mezclando colores, tuvo a sus hijos, que van andando torpemente de puntillas porque todavía no se han acostumbrados a sus estelas.

La mujer curiosa e inquieta vive en el centro de sus hilos de colores, estelas que se desordenan con mucha facilidad, tanto que a veces la hacen tropezar.

Pero ella, con la paciencia que le ha otorgado el oficio, sigue desmadejando cuerdas, y las convierte en palabras y se las ata con empeño en la cintura, para quedar justo en medio de ellas y, cuando llegue el momento de la despedida, utilizarlas para coger impulso y entonces saltar, saltar.

 

 


Soy escritora pero me expreso como el culo (Oops, perdón)

Cuando escribo encuentro siempre las palabras que necesito, pero pobre de quien quiera mantener conmigo una conversación.

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Tengo facilidad para escribir, es un don. Lo haré mejor o peor pero no tengo miedo al folio en blanco. A veces memorizo en mi cabeza un texto antes de plasmarlo; no necesito por ejemplo andar escribiendo ideas en una libreta, las memorizo. Lo suelo hacer mientras me ducho, mientras conduzco… Suele ocurrirme que mientras compongo en mi cabeza diferentes frases, relatos, expresiones, alguien me habla y yo, despistada, no sé qué contestar.

Pero cuando hablo, quizás por andar sumergida en el mundo paralelo de la expresión escrita, o simplemente por una cuestión de falta de destreza, no encuentro las palabras. También he pensado que la razón es otra, que mi mayor estimulación intelectual es la que me proporcionan tres niños pequeños a los que cuido con esmero, no hago otra cosa de hecho. Y si a mi hija no le hacen una “ecografía” si no una “coreografía” en la barriga, yo no le voy a ir a la zaga. Aunque mis hijos no me enseñan palabrotas, que ese es otro cantar.

No encuentro las palabras en mi día a día pero me niego a describir las cosas como “la eso”, “la puñeta esa” o “el esto”. Así que desde hace algún tiempo sustituyo esas palabras que no alcanzo a recordar por otras, no necesariamente sinónimos, sino palabrejas, algunas reconocidas en nuestro diccionario, otras inventadas.

Este verano anidaron en mi casa unos cernícalos. Salvamos a uno pequeñito que se había caído del nido y han sido nuestras “mascotas” durante un tiempo. Nunca me he dirigido a ellos llamándolos por su nombre, “cer-ní-ca-los”. Les he llamado cosmonautas, caripollos y tentáculos.

Todo se complica cuando te compras una bicicleta y tienes que bajar el sillín y el manillar para adaptar el cuerpo. Imposible decir una frase tan larga de corrido, entonces bajas el “sitio” y los “guantes” para adaptar el “intrínseco”.

Y qué decir cuando tienes que llamar a tus hijos por su nombre. Imposible. Les suelo rebautizar con nombres literarios, a Javier le llamo Kafka Tamura, a Martina Boo Boo Tannenbaum y a Lola Nadia Orlov. Sé que es más difícil pero es lo primero que se me viene a la cabeza. Ellos lo aceptan como un juego y contestan.

Lo sé, estoy terminando el texto y no he comentado nada sobre el referéndum en Cataluña. Ayer quise encender la televisión para ver el buen ambiente que hay (ironía) pero no encontraba el mando a distancia. Mis gritos se oyeron en todo el vecindario: “¿¡Qui-én-ca-ra-jo-ha-co-gi-do-el-es-pe-jo-re-tro-vi-sor!?”.


“Así no”

casablanca

Esta noche se han mezclado dos situaciones en mi sueño. Una real, y otra del todo improbable. Porque me he convertido en candidato a la presidencia de Estados Unidos (candidato, no candidata) con un gran dolor de muelas.

Soy candidato a ser candidato por el partido demócrata, o republicano, la verdad es que no lo sé. Me enfrento con alguien de mi partido, otro señor menos elegante y más joven que yo. Porque en mi sueño de esta noche no salgo de casa sin mi traje hecho a medida y rondo los cincuenta años.

Pero un gran dolor de muelas me acompaña, porque en realidad yo, Cristina, tengo un dolor de muelas impresionante. Y mi alter ego candidato sufre mi dolor. Tengo una conferencia y le comento a mi asistente: “Con este dolor de muelas no”. Mi asistente es una pizpireta y entusiasta chica que me sigue a todas partes. Señor, la cantidad de series americanas que me están friendo el cerebro. No sé si ver el mundo desde la perspectiva de “Scandal” y “House of Cards” o la buenista “Madam Secretary”. Prefiero a los h. de p. de las dos primeras.

Además de la conferencia quieren hacerme una entrevista en televisión y yo pienso: “¿Con este dolor de muelas? Así no”. Que digo yo que mi entusiasta asistente podría pedirme una cita en el dentista en vez de con Oprah (toma cliché, aún así no consigo dilucidar si soy demócrata o republicano).

Después de un largo día tengo que asistir a una cena de compromiso, pero yo no sólo no quiero ir a la cena, me planteo que con un dolor de muelas permanente e incurable no puedo seguir siendo candidato. De manera que me siento en mi despacho, me aflojo el nudo de la corbata y le digo a mi asistente: “Así no”.

Y yo, la que sueña, me voy corriendo al dentista en cuanto termine de escribir.


Mi refugio

cabecero

Me gusta leer. Y creo que esta afirmación encierra muchas lecturas (jueguecito de palabras). Literatura; se habrá escrito sobre ella a lo largo de los tiempos. Yo voy a hacer en este espacio una humilde reflexión como lectora.

No voy a explicar lo que significan para mí las palabras como escritora o lo que siento cuando compongo relatos. Ya lo he hecho en innumerables ocasiones. Me asomo en esta ocasión a la literatura como consumidora de libros. No me gusta demasiado utilizar esta expresión, pero realmente me gusta comprar libros, por el momento me sigue compensando y gustando comprar libros de papel, para ir haciéndome mi pequeña biblioteca que en un futuro heredarán mis hijos.

 Y aquí es donde quiero llegar; por mucho que inculquemos el placer de la lectura, y sea necesario y saludable hacerlo, hay a quien le gusta leer y a quien no. Yo educo a mis dos hijas por igual y a la mayor le apasiona la lectura y a la pequeña no.  Porque la literatura es placer, es entretenimiento, es refugio, y desgraciadamente, no imprime carácter.

Como recordaba Paul Auster en su discurso en los Premios Príncipe de Asturias: “Un libro nunca ha alimentado el estómago de un niño hambriento. Un libro nunca ha impedido que la bala penetre en el cuerpo de la víctima. Un libro nunca ha evitado que una bomba caiga sobre civiles inocentes en el fragor de una guerra. Hay quien cree que una apreciación entusiasta del arte puede hacernos realmente mejores: más justos, más decentes, más sensibles, más comprensivos. Y quizá sea cierto; en algunos casos, raros y aislados”.

Yo me acuerdo de este discurso en muchas ocasiones, cada vez que establezco con alguien una conversación en torno a la literatura. En muchas ocasiones se utiliza la literatura como pose: “¿Eres de los que leen o de los que no leen? ¿Intelectual y curioso o cazurro sin remedio?” Y hay cazurros que son lectores compulsivos e intelectuales y curiosos que no son capaces de concentrarse con la lectura (entiéndase lectura como puro placer evasivo).

Hay quien además se justifica: “Yo no leo porque ya he leído mucho en mi vida y ya me he formado”. Eso es una equivocación, porque la literatura no culturiza, no se asoma uno a la literatura para ser más listo, ni más abierto de miras, ni más tolerante. Siento aguaros la fiesta pero así es. Volviendo con Auster, él añadía: “Los tiranos y dictadores leen novelas. Los asesinos leen literatura en la cárcel. ¿Y quién puede decir que no disfrutan de los libros tanto como el que más?”

Por mi profesión, y por interés personal, acudo a la literatura en muchas ocasiones para formarme, y recorro países y culturas, autores, novela, narrativa, distintos tiempos y corrientes. Soy una lectora exigente, nada amiga de modas, que se fija más en la expresión formal que en la historia. Pero cada vez tengo más claro que la literatura es placer, es un refugio. Cuando a lo largo del día me acuerdo que lo terminaré en mi cama leyendo unas cuantas páginas del libro de turno, os prometo que es día cobra sentido. Y nada más (y nada menos). Pero no voy a cambiar mis ideas, ni mi educación ni voy a ser más lista por acudir cada noche a esos libros. Ni siquiera voy a conseguir la tan ansiada elocuencia cuando hablo; cada vez me expreso peor.

¿Es inútil por tanto la literatura o cualquier otra forma de arte? Perdonadme si por tercera vez recurro al discurso de Paul Auster, pero él lo explica mucho mejor que yo: “El valor del arte reside en su misma inutilidad; que la creación de una obra de arte es lo que nos distingue de las demás criaturas que pueblan este planeta, y lo que nos define, en lo esencial, como seres humanos”. (Lola, esto lo deberías leer).

Hace poco mi hija me contó que a los libros que consiguen hacerla sentir una protagonista más, que la envuelven en una atmósfera distinta y que en definitiva le hacen olvidarse de todo durante un rato le llama libros acogedores. Ésa es mi chica.


Preguntas (Querida Lola IV)

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Querida Lola:

¿Qué quieres hacer con todas la preguntas que te haces? No tienen respuesta. Pero las preguntas están ahí, son nuestra razón de ser. Acaso nos las hacemos como instinto de supervivencia.

¿Qué quieres hacer con esas preguntas? No obtendrás de ellas respuestas, pero puedes moldearlas para hacer una obra de arte, que es y será tu vida. Estíralas, dales calor, déjalas solas en el frío de la noche. Volverán a ti pese a estar congeladas. Conviértelas en cristal, y en palabras. Rómpelas, se componen de nuevo solas. Tú y yo necesitamos un “¿para qué?”, un “¿merece la pena?”. No vamos a obtener respuestas. Pero podemos hacer muchas cosas con esas preguntas, no sólo buscar las respuestas. Las preguntas son el motor de tu creatividad. ¿Qué quieres hacer con esas preguntas?

Yo te aconsejo: grítales, no les tengas miedo, bébetelas y saciarás tu curiosidad. Luego se convertirán en lluvia y volverán a ti, porque eres una persona creativa y curiosa.

Moldéalas y ahora… relájate y disfruta.

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