Archivo de la categoría: Filosofía como eterna pregunta

La tristeza en forma de sueño

Y la soledad, he sentido en un sueño el vacío de la soledad. Esta noche he escrito un discurso, llamado “Querido Dios”. Se trataba de un alegato, de una llamada de atención, de una declaración de intenciones. Y en un anfiteatro a rebosar tenía que leerse este testimonio casi de despedida, una carta escrita en tono de reproche.

Y yo sólo quería llorar, y estaba triste porque sólo tenía un abrigo viejo con el que vestirme y tenía que colarme en un baño público para peinarme y mostrarme algo presentable ante mi discurso. Al llegar a la sala nadie me conoce, todo el mundo está expectante ante dos palabras: QUERIDO DIOS. Y yo me quedo en una esquina, llorando, escuchando como un desconocido lee el discurso de alguien que ya no está en este mundo (aunque no es verdad).

(Extracto de una carta escrita a Dios, hace cinco años, en un momento de absoluto pánico escénico ante nuestra presencia en este mundo).

 

QUERIDO DIOS. MALDITA MUERTE  9.30 a.m.

 

Muchas noches al acostarme pienso en Ti; ya lo sabes porque te hablo sin el pudor que impone la luz del día, la rutina de la mañana, y siento que me escuchas por fin. Generalmente te doy las gracias, que una es muy educada y en el fondo no deja de perder ese pudor. Pero a veces… a veces me atrevo a hacerte frente. Oye, y sin necesidad de pedir perdón por ello. Porque, querido Dios, tengo miedo a la muerte. Y me enfado contigo porque te siento responsable.

(Dejar de respirar, sentir el miedo de abandonar a mi hija, sin mis besos, sin mi cuidado. Dejar de respirar pero no de llorar, ante la infantil angustia del miedo a la oscuridad. Arrepentirme de no haberte sabido amar, de no cuidarte, de no entenderte…)

En ese momento es cuando me enfado, Ombligo del mundo, hasta en el día en el que me despido de la vida tienes que aparecer y pedirme cuentas por si te he sabido querer. Seguro que no me dejas ni en esos últimos segundos conscientes, precisos de tanta intimidad. Me aterra la muerte, me ahoga sólo pensar en la posibilidad, que un día descubrí muy probable, de abandonar este mundo algún día. Me enseñaron que creernos eternos es una falta de humildad. También aprendí que en realidad no tememos nuestra muerte, sino la de nuestros seres queridos. ¡Qué alarde de generosidad! Aquí la egoísta teme su propia muerte.

 (Desaparecer, no ser uno mismo sino el tergiversado recuerdo de los que te han conocido. . .)

 

 

 

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La nada III

nada

Hoy no he soñado nada. Nada soñaba; la nada se ha apoderado de mi. No soñar nada es algo a lo que sería difícil acostumbrar a mi subconsciente.

De manera que me he levantado y he comenzado a andar por un camino recto, trazado por una de las cuerdas que a veces se enredan en mi mente. Mantener el equilibrio andando por una sola cuerda es difícil, y con dificultad he ido avanzando, primero un pie, luego el otro, el línea recta. No me gusta andar en línea recta, ¿y las demás cuerdas? Recojo la cuerda y me deshago de la nada.

Eso es lo que he soñado hoy.

Sueños relacionados:

La nada.

La nada II.


Allegro Non Molto

Sueño mucho con la muerte, y de uno de mis sueños nació este relato escrito ya hace unos años. Os aconsejo que lo leáis escuchando esta música:

Ha llegado el momento, me dirijo a un entierro, con una sensación que lejos de parecerse a la tristeza, me deja confundido. Definitivamente me siento algo vacío, raro, me duele la cabeza y estoy nervioso. No suelo ir a los entierros de mis pacientes, pero han sido tantos los meses que he pasado con Cristina, que siento que me debo despedir de ella como Dios manda. Y parece que Dios “manda” hacerlo en una Iglesia presidida por un ataúd. ¡Qué tradicionales somos, coño! Aparco el coche, y allá voy… espero que la caja no esté abierta.

“Y aquí entra en escena el enfermero que siempre andaba alrededor de la cama de la muerta”, digo yo que así me verán algunas caras conocidas que fueron al hospital y ahora diviso al poner un pie en la puerta (el ataúd está cerrado, menos mal). Me siento, el culo se me queda congelado, uno no se siente confortable ni reconfortado en estos sitios; estoy suspirando Cristina, ¿dónde estás? ¿Aquí con nosotros? Comienza la Misa, la despedida, todos en pie, siento que me mareo más. Espero que no sea ésta una de esas ceremonias en las que un familiar y/o amigo, micrófono en mano, cuenta las bondades de la desaparecida. Desde luego su hija y su marido no creo que puedan: antes he visto al viudo en cuestión y tiene la mirada perdida, le ha costado llegar hasta el banco, el primer banco reservado a los familiares, que digo yo estarían mejor en su casa, tumbados en la cama llorando la pérdida. La ironía me sirve para retrasar la sensación de tristeza que empieza a aflorar.

Una ceremonia corta, ya hemos terminado pero… no puede ser, esas notas las reconozco. Por Dios, (la de veces que me estoy acordado de Dios hoy, ¿me estaré ablandando?) suena el Invierno de Vivaldi, sin duda. Recuerdo las intenciones de Cristina, pero creía que no iba a cumplir su amenaza. Emma se vuelve hacia mí con una sonrisa cómplice; acaba de cumplir dieciséis años y quizás ésta sea la última vez que su madre la haga reír. La noto muy serena. A cada nota – esto va en crescendo – se me va acelerando el corazón.

Hace unas semanas, cuando mi amiga era consciente de que su final era inevitable, me comentó que siempre había fantaseado con la posibilidad de que en su entierro sonara el Invierno de Vivaldi:

“Pero no por esa tontería de hacer un símil entre el invierno y el final de nuestras vidas, no va por ahí la cosa. Lo que yo quiero es provocar una tristeza infinita a los asistentes a mi funeral. ¿Te imaginas? En el Allegro Non Molto, justo en esos momentos en los que parece que los violines van a estallar, todos mis amigos llorando a moco tendido”.

Y utilizó Cristina una expresión muy acertada, “llorar a moco tendido”, porque ahora mismo juro que estoy escuchando hipidos y sollozos; flotan en el aire los kleenex. La señora que tengo a mi lado me mira extrañada, con expresión inquisitoria, porque yo tengo una sonrisa de oreja a oreja. Sus ojos parecen decir: “¡Qué insensible, pero si esto es como una catarsis conjunta, una terapia de grupo barroca!”. Qué quiere que le diga buena mujer, yo sonrío porque acabo de descubrir que los muertos pueden enviar mensajes a los vivos. Suena la apoteosis final, ahora sí, señora, ¿me dejaría usted un pañuelito?

Voy a besar a Emma para despedirme y me da un CD: “Mi madre me tenía reservada una última sorpresa. Me ha grabado una cinta con sus canciones preferidas. Pero la muy bruta me la ha hecho llegar después de su muerte con una carta. Me conocía muy bien y quería que me desahogara pronto. Como sé que hablasteis mucho en los últimos tiempos, y además de música, te he hecho una copia, para que llores tú también”.

Me dirijo al coche y le echo un vistazo rápido al “regalito”, reconozco escritas con letra infantil algunas canciones en parte previsibles, como Hotel California, otras no tanto: aquí hay algo de Aznavour; Numb de U2, recuerdo que no sabía por qué extraña razón esta canción la excitaba; y también está presente la boda de Michael Corleone. Ésta es mi chica.


Estaba yo pensando

Que dejes de buscar lo que estabas buscando. ¡Ah, no! Que si no estás muerto.


No le tengáis miedo a la muerte

Porque la muerte nos regala a todos un último instante de paz.


Si quieres (Libertad IV)

Si quieres puedes robarme la energía, y darme ese calor asfixiante con el que mis pasos se hacen más pesados. Puedes hacerlo, si quieres.

Si quieres pinta con negro las sombras que me rodean, si quieres yo cierro los ojos y no noto la diferencia. Puedes hacerlo. Puedes taparme la boca y la nariz y obligarme a dejar de respirar. Puedes cruzarte en mi camino y hacerme tropezar, si quieres. Puedes ahogarme, si quieres puedes ahogarme.

Pero no aparezcas en mi sueños, porque me robas la libertad y eso no te lo consiento.

Sueños relacionados:

– Libertad I, II y III.


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