Archivo de la categoría: Grandes disparates

Deporte… en teoría

pesas

Hoy he estado  en un gimnasio muy raro. Estaba en Chile; este dado no aporta nada, pero en Chile me encontraba.

Me he encontrado con mis compañeros habituales, pero ni rastro de nuestro paciente monitor. Ni alfombrillas, no aparecen. Estamos indignados. Y no hay salas ventiladas, es un gimnasio con pasillos, nada más que pasillos.

Cuando por fin encontramos una clase, resulta ser teórica. Venga ya, que queremos quemar calorías. Todos sentados en el suelo escuchando a un señor, con su acento chileno, explicándonos… la verdad es que no sé qué nos explica. Me he levantado al minuto, y a la salida me he encontrado con las alfombrillas. Las he escondido.

Luego les he ido enviando whastapps a mis compis, uno por uno, para que se escapen de la clase teórica y se vengan conmigo y las alfombras. Hemos improvisado una clase en uno de los pasillos.

¿Y las bicicletas, dónde están las bicicletas? Si queréis esta noche soñamos que las robamos.


Blanco y rojo

japón

Hoy me he convertido en una chica japonesa, de unos treinta años, llamada Raquel. Iba vestida de blanco y mi vestido me hacía volar. Me hacía desplegar unas alas y notar  la ingravidez.

Muy chulo teniendo en cuenta que soy espía. En realidad no sé muy bien que tengo qué hacer, cuál es mi misión, pero el traje mola; así que me dejo llevar y vueeeelo. Se me olvida que no soy invisible, los poderes del vestido son limitados, por lo que en poco tiempo me persigue un dron armado.

Se acabó la diversión, me están disparando. Raquel, con lo guapa que eres con esa belleza asiática y tranquila, no te queda bien la sangre en la cara.


Potitos para el fin del mundo

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Entre que estoy viendo “Hunters”, una lucha entre nazis y judíos con tintes surrealistas, y el coronavirus, esta noche mis sueños han adquirido tintes apocalípticos.

Me he trasladado a un futuro espero no muy lejano, en el que salimos de casa progresivamente. Y me cito con mis amigas, esas que tienen una connotación clandestina (este guiño lo dejo para ellas, que saben a quiénes me refiero), para aprovisionarnos de potitos. Porque, aunque nuestros hijos ya están creciditos, reconocemos todas en el sueño que les seguimos dando potitos de frutas, ternera con verduras (mi preferido) y de arroz con pollo. Pero sólo le damos eso, porque ya no cocinamos.

El sueño se complica cuando comienzan a copiarnos y hay escasez de potitos. Crisis mundial. Aunque yo me hago con una partida ilegal y quedo con ellas para repartirlos. A todo esto han secuestrado a mi hija Martina, pero yo primero me tengo que centrar en repartir. Una vez que hemos terminado, armadas con carritos de bebé llenos hasta la bandera del alimento preciado, nos vamos a buscar a Martina.

Parece ser que unos nazis disfrazados de curas se la han llevado a un convento con muy buena fama; es un lugar que hace obras sociales, pero nosotras ya sabemos que es una tapadera. La cosa se pone sangrienta, porque ya no sólo vamos con nuestros carritos de bebé, ya tenemos cuchillos y pistolas con silenciadores (¿?). En fin, no hemos dejado títere con cabeza.

Martina bien, gracias, y los potitos intactos.


Mi casa es la tuya

casa

Entre los comentarios sobre las casas de cada uno (la mía tiene patio, yo me puedo salir a la terraza, mi jardín ahora es un tesoro, yo piso, me asomo a la ventana…), y la afición por ver programas de decoración estos días de confiamiento, mucho había tardado yo en soñar con casas.

Esta noche he visitado a unos vecinos (en sueños) y me han contado que van a ver casas porque se van a mudar.

-¡Yo también me mudo!

Como si fuera fácil y agradable. No sabéis la “peoná”. Porque ir a ver casas ha sido agotador. He tenido que andar kilómetros de una a otra, y me perdía y no encontraba la dirección. ¡Qué de vueltas he dado! De hecho estoy escribiendo este sueño desde el sofá, agotada.

Además en los intervalos kilométricos entre una visita y otra me iba encontrando gente que me entretenía: “una profesora del colegio, un compañero de la facultad”.

-Dejadme por favor, que no llego.

Todos me quiere contar su vida. En fin, al final he visto algo; casas con jardín, pero feísimas, todas con paredes desconchadas y cocinas sucias. Creo que tengo que dejar de ver a “Los gemelos decoran dos veces”, “Tú ensucia que yo limpio, “Las casas más lujosas de Estados Unidos”… yo creía que eran programas que me relajaban pero va a ser que no.


Venganza

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Esta noche he soñado con Mark Ruffalo. Oops, mi subconsciente se ha vengado del sueño de ayer… poco más que añadir.

¡Ah, sí! Habla español, aunque hemos  hablado poco.


El matrimonio tiene sus cosas

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Pues hoy he adoptado un hijo, de una manera muy particular. Porque mi marido me ha contado que tiene un hijo de la edad de Martina. Os cuento para los que no me conocéis: tengo una hija de dieciséis años, Lola; otra de once, Martina; y Javier, que tiene cinco.

Pues esta noche me he encontrado con otro de once, al que su madre no puede cuidar, que se llama Obadiah, y que es de mi marido. Y yo tan contenta. De repente tengo cuatro hijos. Y no termino de caer en la cuenta de las condiciones en las que ha nacido el niño… en la misma época que Martina. Y yo tan contenta.

Porque me centro solo en el hecho de sumar, de tener otro hijo. Así que a quien me voy encontrando le cuento la historia: “Fíjate tú que mi marido tenía otro hijo, qué gracioso, y nació cuando estaba embarazada de Martina”. Mis amigos me miran con recelo, como que les doy pena, pero me ven tan contenta que no me dicen nada.

Que mi marido me los ha puesto bien puestos, pero yo con otro niño, tan contenta. Y me encuentro también a unos primos a los que les cuento lo mismo: “Pues nada, que el niño nació cuando estaba embarazada de Martina. ¡Qué casualidad! ¿Verdad?”. Nada más que recibo caritas de recelo.

¿Por qué la gente no comparte conmigo la alegría de ser uno más en la familia?

De repente caigo en la cuenta: ¡¡¡Javieeeeeeeer, la madre que te parió!!!


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