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Cuarto embarazo

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No, no estoy embarazada, pero he soñado que lo estaba. ¡Qué locura! Igual que buscamos en su momento con ilusión tener un tercer hijo, lo del cuarto está más que descartado… Pero esta noche ha sido tan real la impresión, que me que quedado con un buen sabor de boca.

Sobre todo por revivir las sensaciones (las buenas, no “las otras”) de manera tan real. Aunque con un toque disparatado y fuera de toda lógica que te otorgan los sueños. Por ejemplo, sólo me ha chivado el embarazo el predictor, no me ha dado tiempo a ir al ginecólogo para confirmarlo y sin embargo he notado cómo se movía el bebé. Ese recuerdo; cuando se pone dura la barriga sólo por un lado y durante unos segundos no te puedes ni mover.

Sin embargo no he llegado a saber el sexo, aunque he estado pensando en nombres y, he aquí otro disparate, lo he estado dilucidado con dos profesores de la Universidad a los que no veo desde hace años. No los nombro porque voy a tirar su reputación por los suelos. Tendrán quehaceres más serios que quedar con una antigua alumna a decidir el nombre de su futuro hijo imaginario. Al final nos hemos quedado en Mateo si es niño y Julieta si es niña. Ahora despierta no me convencen demasiado, la verdad.

La madrina no la he decidido, me he quedado entre varias posibilidades, pero el padrino, prepárate por si ocurre, va a ser mi amigo Curro y, esta idea, que creeréis consensuada con mi amante marido, me la ha sugerido muy acertadamente Morata. Luego se me ha olvidado lo del embarazo comentando el partido de España-Italia, hasta que mi niño imaginario me ha vuelto a dar pataditas.

Hoy me he levantado con mariposas en el estómago, me voy a tomar un café a ver si se me pasa.

*Ilustración del libro “Hola, estoy aquí” (Willy Breinholst).


La montaña mágica

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Que digo yo que a Thomas Mann desde el otro mundo y a editores varios no les importará que copie el título para este post.

Es que hoy he soñado con una montaña, y era mágica. Se componía de una suerte de pasadizos a modo de parque temático. La montaña-parque temático-hotel. Una pesadilla para mí si estoy despierta porque no soy muy amiga de islas mágicas, warners y eurodisneys o similares.

Pero ser huésped de la montaña mágica ha sido entretenido, chulo, y muy raro. Uno de los pasadizos parecía un arroyo, al salir, una fila de niños te felicitaban por haberlo cruzado; uno de ellos era un dispensador de jabón humano, le tocabas la nariz y salía jabón de manos. Muy práctico para quitarte el lodo del arroyo y pasar a otro pasadizo.

En la montaña mágica hay cielo, aunque estés dentro de ella, y hay sol y pájaros volando. Eso lo he observado mientras me llegaba un sobre de manos de un chico, un botones que se parecía a Zero (“El Gran Hotel Budapest”). En el sobre hay una nota con una invitación fascinante, la posibilidad de acceder a una excursión a cualquier parte del mundo que dura dos días. Aunque elijas un destino lejano te trasladas, mágicamente, en un segundo.

Hay varias opciones para elegir: un recorrido en barco por el canal de Panamá, un viaje en globo por alguna parte de Irlanda (visualizo verde y costa), incluso visitar la Atlántida como lo hicieran Pierre Aronnax y el capitán Nemo en “Veinte mil leguas de viaje submarino”.

Yo quiero consultar con mi marido la mejor opción, pero no lo encuentro y, mientras lo busco, me voy quedando sin opciones porque otros huéspedes reservan su excursión. Al final sólo puedo acceder a un tour por una caseta de feria typical spanish. ¿En serio?

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Relojes de pared

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Con lo que me gustan los relojes de pulsera por un lado, y por otro los espejos de Sol para colgarlos en la pared. Pero no los relojes de pared. Pero se ha debido producir un cortocircuito en mi cerebro esta noche: reloj, pared, espejo, Sol, ¿me quito el reloj y lo cuelgo en la pared?

Esta noche me he dedicado a taladrar mis preciosas y recién pintadas paredes blancas para colocar relojes por todas partes. Y conforme iba colocando clavos con mi súper martillo (me encantan los martillos, pero no tanto como los destornilladores), la casa se iba haciendo cada vez más pequeña. Siempre agrando los espacios con los que sueño a cada paso que doy, pero en esta ocasión mi casa se ha reducido a un cuartito, una habitáculo que recordaba a los camarotes de los trenes. Y yo tan contenta, ordenando y colgando relojes de pared.

Es la hora.


El laberinto de Fran Rivera

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No me cae especialmente bien Fran Rivera. Me refiero a que como personaje público (no lo conozco personalmente) no me despierta grandes simpatías. Pero esta noche he soñado con él y tengo que reconocer que se ha portado estupendamente, y ha demostrado tener una gran paciencia conmigo. Supongo que al Fran real le gustará que lo defina como un “perfecto caballero”, pero eso sí, ha sido un sueño.

Esta noche me he colado en su casa, que como ocurre siempre en mis sueños, comienza siendo una casa de dimensiones más bien pequeñas para convertirse, a cada paso que doy, en una lugar inabarcable. La casa de Fran Rivera en esta ocasión ha acabado convirtiéndose en un castillo con unos terrenos kilométricos. No he hablado con nadie, pero la sensación que he tenido es de ir acompañada de un grupo de gente, y de que la visita era como una excursión. Y Fran nos ha atendido siempre con unos modales exquisitos, pese a que nos hemos presentado sin avisar.

Y no ha perdido el buen talante cuando me he colado en su granja de camellos. Curiosamente los camellos andan a dos patas; en realidad tienen cuerpos humanos y cabeza de camellos y nos miran desafiantes. Sé, porque mi subconsciente me lo ha comentado, que se trata de una granja experimental súper secreta, pero el torero no se ha molestado en absoluto con nuestra intromisión y, aunque algo desconcertado, nos ha explicado por qué los camellos son medio humanos y el jefe de todos ellos es de color gris. No me acuerdo de la explicación, pero sí de la cara de resignación de nuestro anfitrión.

Al acercarnos a la fachada del castillo no he podido resistirme a entrar en un laberinto subterráneo, que se está preparando para ser una atracción turística. Un laberinto que hay que sortear a modo de gymkana. Pero no está todavía listo y hay allí varios animales salvajes, campando a sus anchas. Como yo ya he entrado, el caballeroso Fran Rivera se interna también en un laberinto de pasillos, cuevas, y pasajes secretos para protegerme de posibles encuentros con leones, panteras y serpientes venenosas. Un encanto.

¿Que si he conseguido salir del laberinto? Creo que no, lo último que recuerdo es una pared de ladrillo y un pavo real.


El rey de Holanda

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Esta noche he estado a punto de casarme con el rey de Holanda. No Guillermo, pero sí un rubio con carita colorada parecido. Ya se había casado en dos ocasiones anteriores y en palacio vivían sus ex junto a sus hijos. Su hija mayor era Chabelita (léase la hija díscola de Isabel Pantoja) pero su madre en mi sueño no era Maribel si no una señora muy discreta a la que no he visto casi la cara. Con la segunda mujer el rey había tenido unos tres o cuatro hijos (aparecen también difuminados, rubios y coloraditos) a los que Chabelita cuida sin ganas; no es una buena influencia porque les pasa porros de vez en cuando.

Ése es el panorama que me espera. Pero el amor es ciego y yo estoy dispuesta a casarme con mi rey rubito. La segunda mujer, una mujer muy atractiva que me provoca celos, es la que me da mejores consejos, o lo intenta, porque a veces me dice cosas sin sentido como que me acueste con los tacones puestos.

El rey de Holanda está pluriempleado, y además de ejercer de soberano, acaba de abrir un restaurante. Muy moderno, en pleno centro de no sé muy bien qué ciudad holandesa, con grandes cristaleras. Y yo le ayudo en el negocio. Tanto le ayudo que llega un momento en que me convierto en chica para todo (cocinera, camarera, encargada de atender el teléfono…). Muy lejos queda lo de palacio, donde viven las ex a sus anchas y los hijos díscolos.

El rey ficticio de Holanda es un picaflor y, mientras yo hago despegar el restaurante, él tontea con tacones lejanos. “Ahhh, no, por ahí no paso”.  Las cristaleras hechas añicos han quedado. Ya no me caso.

 


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