Archivo de la categoría: Grandes disparates

Aparcar

aparcamiento

No me suele ocurrir, pero esta mañana me he levantado sin acordarme de lo que había soñado. No importa, os confieso que ha sido un pequeño descanso amanecer si tantas imágenes intentando hacerse un hueco en mi memoria.

Después del consabido desayuno, ducha, y puesta en marcha general me disponía a conducir cuaaaando, al darle la vuelta a la llave para arrancar me he acordado de inmediato de lo que he soñado. A mi memoria en blanco (bendito color) han aparecido un flash de luces de neon, una sucesión de imágenes, fotografías pasadas muy rápido. Mi sueño: he estado toda la noche subida a un coche, aparcando.

Si hoy me examinaran del carné de conducir no sólo me aprobarían, si no que me darían un diploma como la persona que mejor aparca del mundo. Y es que he aparcado cuesta arriba, cuesta abajo, en batería, con poco espacio, con espejo retrovisor, sin él, con tráfico, entre pivotes móviles, de emergencia, grandes, pequeños.

No dista este sueño mucho de la realidad, tengo que conducir todos los días. Ya os he comentado en alguna ocasión que además me encanta. Incluso presumo con mi marido de que aparco mejor que él, porque la dirección de mi coche deja mucho que desear, pero esa cámara trasera me vuelve loca.

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La casa del árbol

arbolLa casa del árbol con la que he soñado esta noche es una casa construida en un árbol, pero tan grandes, la casa y el árbol, que hay pasillos incrustados en la roca, estancias suspendidas en el cielo.

En la casa del árbol viven dos niños gemelos, niño y niña, y yo a veces soy el niño y otras la niña. En otras ocasiones soy la testigo soñadora que los ayuda. En la casa del árbol viven también los padres de los gemelos. Mamá es una princesa, papá un malvado príncipe al que todos tememos.

Después de que el malvado príncipe mate a su esposa, los niños tienen que escapar montados en un globo. El globo está hecho de hojas y ramajes, y gracias a que yo soplo con la fuerza de un gigante, se eleva por el árbol, por la roca, por los pasillos y estancias que suben al cielo.

Mi subconsciente ha dado un salto en el tiempo; unos treinta años después hemos visitado la casa del árbol, justo después de que el malvado padre haya muerto viejo y decrépito. Soy uno de los gemelos. Estamos recorriendo las habitaciones cuando un escalofrío en forma de mujer roza mi espalda. He podido ver a la princesa, cambiada, más mayor. No he podido averiguar si es un fantasma, un espejismo o es que ella ha vuelto a la casa del árbol porque nunca murió. El escalofrío me ha despertado antes de descubrir qué ocurrió.

 


Nuevas elecciones

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Será porque en televisión (la cual consumo pese a mi rechazo inicial) se llena de programas, de nuevo, que nos quieren borrar la memoria, de nuevo, y darnos una imagen de los políticos impoluta, de nuevo. Será por esa razón que he soñado con las elecciones del 26-J.

Y en mi sueño las elecciones eran una fiesta, todos se reunían a celebrar tan maravilloso acontecimiento como si fueran las elecciones del 77. Nada que ver con la realidad, por lo menos mi realidad, ya que iré a votar, pero casi a rastras.

En mi sueño podías votar en el colegio electoral que quisieras, de manera que muchos grupos de amigos o familiares viajaban hacia donde convenía, quedaban para comer, hacían barbacoas en las plazas de los pueblos para luego ir a votar.

Yo he quedado con unos amigos de la infancia a tomar unas hamburguesas (me acuerdo perfectamente de que eran hamburguesas porque me he levantado con ardor de estómago). Luego vamos a ir a votar a un colegio electoral construido para la ocasión en el patio trasero del Ayuntamiento.

Cuando llega el momento me doy cuenta de que se me ha olvidado mi carné de identidad. No os podéis imaginar lo enfadados que están mis amigos conmigo por mi despiste. Y yo les digo: “Pero esto es un sueño, a lo mejor puedo votar sin carné”. Pero no cuela, soy una irresponsable, una antidemócrata y quién sabe qué cosas más según sus miradas de decepción. Incluso me encuentro con Pablo Iglesias que me echa una monumental bronca por mi imperdonable olvido.

Y yo me acuerdo de un artículo que escribí hace unas semanas, OS VA A CAER UN NULO QUE OS VÁIS A CAGAR.

 


Combustión espontánea

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¿Os habéis preguntado alguna vez si es real o posible la combustión humana espontánea? Yo tampoco. Pero esta noche he soñado con este fenómeno extraño.

Supongo que si alguien arde por dentro no sobrevive, pero en mi sueño una amiga ha sido objeto de este desagradable suceso, y se recupera de sus heridas en el hospital. Parece muy grave, no obstante.

He estado toda la noche con mis idas y venidas a un hospital ciertamente muy bonito, de los que casi podrían salir en una revista de decoración. Recuerdo mucho blanco y un jarrón de cristal con flores. Y a cada visita la situación era menos traumática; comenzamos con la combustión espontánea para pasar a unas pequeñas quemaduras por tomar el sol.

Y así he terminado mi sueño, con mi amiga en la playa tomando el sol. Y protección solar máxima, por supuesto.

Que mal me sienta el calor.

 

 


El de la juerga, el coche, las monjas

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He vuelto a salir de juerga… en sueños, claro está. Pero de lo que he hecho desde las doce hasta las ocho de la mañana no me acuerdo de nada. He soñado con la vuelta, con mirar el reloj, ver que es muy tarde y sentir que me van a regañar.

Porque aunque voy a cumplir cuarenta años en pocos días, tengo siempre miedo de que me regañen como una niña, desde el médico si llego cinco minutos tarde a una cita, hasta mi santo padre, que no sólo no hace años que no me regaña, sino que ni siquiera me lleva la contraria. Y es algo con lo que nací, ese miedo a fallar a los demás, no tiene nada que ver con haber tenido padres autoritarios ni nada por el estilo. Lo intento superar, pero de vez en cuando el subconsciente me recuerda ese miedo.

Así que son las ocho y media de la mañana, estoy en un coche con mi marido, hemos bebido mucho, alguien que no somos nosotros conduce (vaya a ser que me regañe un policía de tráfico) y vemos a tres monjas haciendo autostop. Yyyyyy, paramos. Tres monjas mayores, perdidas, a las que vamos a dejar en alguna parte de camino a mi casa. A casa de mis padres; voy a volver de día y con copas de más a-ca-sa-de-mis-pa-dres.

Las monjas no caben bien en el coche que tiene silla Grupo I, Grupo II y alzador. Así que se tiran por el suelo. Muy bien, como nos pille la policía no sé qué les vamos a explicar.

Dejamos a las monjas sanas y salvas en algún lugar, alguien, no me preguntéis quién, aparca sin hacer ruido en el ga-ra-je-de-mis-pa-dres, y terminamos en el que fue el dormitorio de mis hermanos, dos camitas bien separadas para dormir la mona como merece la ocasión.

Esta mañana me ha llegado un whastapp de una amiga que quiere que salgamos a cenar…


Actriz principal de Amenábar

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Imaginaos, yo, a la que ni siquiera me gusta disfrazarme, convertida en protagonista de una nueva película de Alejandro Amenábar. De la manera más surrealista, eso sí.

Dormía, y a las tres de la mañana me he escapado de mi cama, de mi casa y de mi ciudad para acudir a un plató preparado a la manera de Las mil y una noches, y rodar una escena junto a mi partenaire.

El caso es que además de actuar con la mayor de las solturas, he comenzado a notar un tonteo con el director de lo más sospechoso. Que si te rozo la mano, que si te doy un beso… Y eso que Alejandro (me permitiréis la familiaridad) está casado con un atractivo chico y yo, que empiezo a sentirme culpable, estoy casada con un atractivo chico también.

Después de varias horas de trabajo me acuerdo de consultar mi teléfono móvil que tiene veintiuna (no veinte, ni veintidós) llamadas perdidas de mi atractivo chico, ese con el que estoy casada. Como he desaparecido en plena madrugada, está preocupado. Pero lo tiene que entender, porque yo estoy trabajando como actriz principal de Amenábar.


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