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Los pingüinos son los nuevos tiburones blancos.

penguin

Vuelvo a soñar con un cambio de casa; esta noche me he trasladado a una casa al borde del mar. Tan al borde que una cristalera de mi dormitorio está incrustada en unas rocas de la orilla. Los de la ley de costas me crujen.

Imaginaos, amanecer así. Da incluso vértigo, aunque yo acabaré sumergiéndome en el mar. Una escena bucólica es la que he vivido con un pijama y una bata de seda ideales (esto es porque me estoy quedando sin opciones en la cuarentena, seguro), y una taza de café humeante, mirando a las rocas y el mar.

¡Pero si aparecen incluso pingüinos! ¿No es alucinante? Hasta que se han ido acercando a la cristalera-puerta-ventana y han comenzado a intentar romperla con sus picos. Empieza a resquebrajarse, los picos sangrantes y yo, hipnotizada sin poder alejarme de allí. Poco os voy a contar, pero la bata de seda se tiñe de rojo.

No subestiméis el encanto de los pingüinos.


Andenes

metro

Han habilitado un metro entre Bilbao y Madrid. Si vives en Bilbao ahora puedes ir a Madrid en diez minutos.

No es la primera vez que sueño algo así; suelo conectar ciudades que están a muuuuuchos kilómetros de distancia gracias al metro. Incluso he cruzado países en pocos minutos, porque los metros de mis sueños son ultra mega rápidos. Metros mágicos.

Mira qué bien; no sé lo que hago yo en Bilbao, pero voy a coger el metro para visitar Madrid. Claro que antes tengo que ir a un restaurante de moda a probar los nuevos entrantes. Pues nada, a probarlos. Muy buenos.

Me voy ya; claro que antes tengo que llevar unas bolsas al apartamento del dueño del restaurante. Bolsas de El Corte Inglés, llenas de bolitas de papel, pero pesan mucho, no sé por qué.

Llego al metro; con sus escaleras mecánicas, su sube y baja, sus luces y sus sombras. Y los andenes, siempre los andenes silenciosos que, cuando los sueño, suelen adquirir vida y me llaman para que me adentre en ellos. Y eso hago, y llego en dos minutos a un túnel siniestro, claro, cómo iba a ser si no; lleno de bolitas de papel.


No es que se acerque Halloween (Historias para no dormir I)

león

He dormido profundamente, pero el sueño que he tenido esta noche es para haberse despertado sobresaltada y no volver a pegar ojo.

Imaginaos un grupo de “personajes peligrosos” de mediados del siglo XX. En alguna ciudad europea… Si estuviera iniciando el guion de una película, o tuviera que preparar el atrezzo, éstas serían las primeras vagas anotaciones: maleantes peligrosos en una ciudad de Europa del Este. Vivan los clichés.

El escenario que ha creado mi subconsciente es éste. Y yo formo parte del grupo, no digo que tuviera una gabardina y una boina pero me podíais imaginar así. Uno de nuestros amigos vive en un perpetuo desconsuelo porque sabe que le van a matar. Nosotros no le hacemos mucho caso, pero nos advierte que un grupo rival va a por él. Suda, está consumido, mientras los demás bebemos alegremente.

Y de repente… el tiro en la frente, la cara rígida, blanca, la muerte. Tenía razón, querían matarlo. El jefe de nuestro grupo está rabioso, descorazonado, quiere vengarse.

Conseguimos llegar hasta ellos y, en medio de la calle, soltamos un león que destroza y devora a dos de ellos mientras mi rabioso compañero se carga a otro metiéndole una aspiradora por la cabeza y triturándole. Los gritos son espeluznantes.

Esta mañana me he quedado en la cama pensando en las dos opciones. Os pregunto, ¿preferiríais vivir angustiados sabiendo que vais a morir pero que la muerte fuera rápida, indolora, como la bala en la frente? ¿O es mejor la opción de vivir alegremente, sin esperar la muerte, pero cuando llega tenéis que pasar un rato de auténtica tortura?


La clínica

abandono

Surrealista cabría añadir. He pensado un buen rato cómo nombrar el lugar con el que soñado esta noche. Me he decidido por clínica, pero… ha sido algo más.

Porque para empezar no se accede a ella de manera normal: está en otra dimensión. Mi sueño de hoy ha comenzado con una excursión de un grupo de niños de unos diez años a un bosque. En el bosque se han puesto a jugar al escondite entre unas ruinas. Uno de los chicos se ha sentado sobre una piedra (podría ser una mesa, una lápida, algo rectangular). La piedra se ha vestido con un mantel que me ha recordado la casulla de un sacerdote y entonces sí, el chico ha accedido a otra dimensión, a la clínica.

Comentaros que el cuerpo pesa más ahora y, aunque es un niño de diez años quien ha accedido a la clínica, soy yo quien nota ese peso. Por eso creo que mi subconsciente ha decidido liberarlo de esa sensación y el niño ha cambiado de sexo y edad. Ahora pasea por la clínica una chica, adolescente, con rasgos asiáticos. Viste un camisón de hospital, verde y, salvo el peso de su cuerpo al andar, la dificultad de llegar a alguna parte, su aspecto es bueno, sano,  su cara alegre.

Hemos llegado (siento que mis brazos tiran de ella) a una sala con luces fluorescentes. Exponerse a esa luz le resta el fastidioso peso. Ya hemos terminado, podemos salir de la clínica. Siento que soy el niño de diez años y acompaño a la niña fuera. Por el camino de vuelta nos cruzamos con otros niños de diferentes edades, con batas verdes, semitransparentes. ¿Son niños que han conseguido salir, no? Mi subconsciente me transmite cierto optimismo.

De nuevo ruinas, bosque, una excursión.

Normalmente no tengo necesidad de explicar mis sueños. Generalmente porque en el fondo lo tengo más o menos claro, y si no, no me importa. Con este sueño sólo me ha rondado todo el tiempo una pregunta: ¿Era ese niño la llave?

 

 


Otra dimensión. ¿He muerto?

reloj

Esta noche he tenido un sueño algo angustiante. Al principio era reconfortante porque he visitado la casa de mi abuela María, que murió hace veinte años y cuyo piso ya no existe como tal. Pero al ser un lugar que me encantaba visitar durante mi infancia, lo recorro recurrentemente en mis sueños y es agradable estar allí de nuevo.

Lo de hoy ha sido diferente. He entrado allí, tal y como lo recuerdo, pero con la edad que tengo ahora, en mi presente. Me he encontrado con mi abuela que me da la bienvenida encantada y me pregunta por cómo ha ido mi vida en estos últimos años. Sobre todo hablamos de mis hijos, que no ha conocido. Y me explica que ella es consciente de que ha muerto, y que desde entonces vive en su casa, aunque esa casa como tal ya no existe en el mundo real. Parece que nos encontramos en otra dimensión y que hasta ahora sólo yo he podido cruzarla. Por tanto es la primera que recibe visitas en veinte años. Comentamos, mientras me hace mi comida favorita, que sería estupendo que el resto de la familia consiguiera pasar a su dimensión. Recibir visitas aunque ella no pueda salir del piso.

“¿Lo has probado?”-, le pregunto. Parece que puede abrir la puerta principal y asomarse al portal, pero cuando sale, los espacios cambian y vuelve a entrar. También le pregunto por la comida, por lo visto escribe un menú y se llena la nevera por las noches de lo que necesita.

Sigo muy intrigada sobre la posibilidad de entrar y salir (como si lo demás no fuera intrigante ya de por sí). Si nos asomamos a la calle aparece como es ahora, actualmente, pero no puede abrir la puerta de la terraza. ¿Y el patio interior? Puede asomarse, nota que le llega el aire, y escucha sonidos de vida, ascensor, voces, electrodomésticos… Ha intentado saltar, pero al hacerlo, los espacios cambian y vuelve a subir.

Curioso es que pueda ver la tele, y le llega la información actual. Me comenta la preocupación por temas recientes. Luego he pensado que podría haber probado a utilizar mi móvil o preguntarle si le funciona el teléfono, pero eso no se le ha ocurrido a mi subconsciente. Lo que ha hecho el muy simpático es enviarme un poco de miedo: aunque comenzaba a disfrutar de la sobremesa con mi abuela, no he podido echar una siesta en su mesa de camilla porque me han asaltado varias dudas:

– ¿Y si quiere retenerme aquí para siempre?

-¿Y si no me despierto más?

-¿Podré salir de esta casa?

-A ver si es que yo también he muerto.


Hotel California

De fondo Hotel California. Normal, como si estuviera viviendo la misma pesadilla. Pero es la mía y diferente, con Hotel California de fondo.

Yo también he tenido que correr, para escapar de “algo”, pero antes de salir me he cambiado de ropa tres o cuatro veces. Imaginaos, una bestia (But they just can’t kill the beast) queriendo entrar por la ventana y yo preocupada porque toda la ropa que me pongo es demasiado holgada. Los cristales de la ventanas rotos y el pantalón que no es pitillo (But you can never leave!).

Ahora sí, corro y estoy en una carretera conocida, me apetece correr, escapar me libera, pero voy con chanclas. No me encuentro con la chica, ni cuchillos, ni con el Capitán. Me descalzo y escapo de la bestia que se acerca. Viviría descalza, no me gustan los zapatos, pero me corto con los cristales de la ventana que creía a varios kilómetros de distancia: ´Relax´, said the night man.

Me siento en medio de la carretera y termino de escuchar los acordes mientras me devora la bestia.

Hotel California sigue siendo mi canción favorita.

 


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