Archivo de la categoría: Pesadillas

El chino

chino

Esta noche me he trasladado, como siempre, a una realidad paralela. En esta ocasión no estaba casada ni tenía hijos y compartía piso con mi amiga Carmen, y con el chino.

El chino es un señor mayor, procedente de una aldea remota, y casi único superviviente del hundimiento de una presa que ha sumido dicha aldea en las profundidades de un lago.

Cuando llego a vivir con ellos, el amable señor se presta, insiste, es más, se pone un poco pesado, con lavar mis cortinas y sábanas con una técnica especial. Se trtaslada, por una puerta mágica, al lago, para lavar mis cosas. Y lo que hace en realidad, además de devolvérmelas impolutas, es embrujarlas.

De manera que por la noche, entre mis sábanas y cortinas, tengo visiones extrañas. Como ver a una vecina en el balcón que abraza a un águila gigante con el que pretende salir volando.

– ¡Está usted loca señora!

Luego el anciano ha secuestrado a una familia con la excusa de venderle sábanas, claro que yo ya no sé si esto forma parte de mis visiones o no. Sueño dentro de un sueño.

Hay que ver con el chino, Carmela, ¿tú no vas a decir nada?

Ella no, ella desayunando impasible en la cocina. Así te atragantes.


¿Vacuna o droga?

Ayer os comenté que os iba a contar una pesadilla que he tenido. Los escenarios varios; una discoteca, una urbanización residencial, un laboratorio. Y como aderezo la obsesión de mi subconsciente con “28 días después”. De verdad, qué insistente.

En mi sueño han descubierto una vacuna para el coronavirus. ¡¡Bieeeeen!! Pero un científico y yo nos damos cuenta que los efectos secundarios son horribles. Estamos con un niño que empieza a notar picores insoportables en los ojos, su cara cada vez más roja y el comportamiento errático. Bueno, el comportamiento tipo zombi caníbal. Lo vamos persiguiendo por una urbanización para que no muerda a nadie. Por cierto que nadie nos hace caso, nadie se cree que la vacuna es tan peligrosa.

Nos vamos a un laboratorio para intentar robar la vacuna y allí nos damos cuenta de que hay personas a las que les hace el efecto zombi y a otros les afecta como si hubieran tomado alguna setita. Hemos visto a dos compis del laboratorio drogados y muertos de risa. Los perseguimos a una discoteca a la que se van corriendo y les intentamos hacer ver los peligros de la nueva vacuna, pero ellos pasan, están felices, bailando los “Colores” de JBalvin.

¿Y si nos arriesgamos y la probamos?


Kill me

mika

Nada más angustioso que alguien amenazador quiera entrar en tu casa. Una casa que no es mi casa, ni con mis circunstancias reales.

En mi casa soñada comparto vivienda con dos personas más, un hombre y una mujer. Parece que somos compañeros de trabajo. Y sabemos que un hombre quiere entrar y matarnos a los tres. Lo curioso es que el hombre tiene la cara de Mika, ¿conocéis a Mika? Es que es lo contrario a amenazador. Su cara, su música, desprende positividad.

Así que, aunque mis compis están muertos de miedo, yo no lo estoy tanto. Un poquito de vértigo sí que tengo, y nos afanamos en apuntalar la puerta con maderas y clavos, a hacer una serie de trampas… algo así como la versión psycho killer de “Sólo en casa”.

Pero de todas formas consigue entrar, estamos los tres en una habitación, y yo consigo echarles fuera y quedarme con la versión psicópata de Mika sola en dicho cuarto. Y le clavo una jeringuilla con veneno en el cuello, aproximándome a él con cuidado. Como un guepardo atacaría a un cocodrilo, acercándose sigilosamente por detrás… esto último lo he visto en un documental.


En las profundidades

profundo

Normalmente cuando duermo, pese a tener sueños muy movidos y pesadillas, mi sueño es tranquilo. La respiración pausada. Después me despierto más o menos aturdida o cansada o divertida. Pero el sueño es tranquilo. Menos hoy. Hoy he sentido taquicardias mientras dormía, he notado que me pesaba el cuerpo.

A cada escena que iba visitando me iba hundiendo más en las profundidades, como si estuviera dentro de una cueva y no pudiera salir. Intento escalar hacia arriba pero es imposible, y el corazón se me sale por la boca.

Las escenas variadas; he estado en un concierto, ordenando la casa de alguien, en una consulta médica… todos los personajes que me he ido encontrando muy siniestros, y yo incapaz de salir. Cuando más me pesa el cuerpo algo tira de mí hacia arriba para luego soltarme de nuevo y dejarme caer en las profundidades.


Los tiburones son los nuevos tiburones

shark

Os acordaréis que hace poco soñé con unos pingüinos muy agresivos. Tan peligrosos como un tiburón. Pero, qué queréis que os diga, cuando estás nadando y notas una presencia, una sombra, un tiburón… no hay miedo comparable.

Al principio es vértigo, luego pavor, el corazón se te acelera y no sabes si sigues buceando o te has quedado paralizada. A lo mejor sigue nadando y no es consciente de tu presencia, podemos nadar juntos; el hecho de que un tiburón sea agresivo es una leyenda urbana, tienen mala fama por la pelis que hemos visto. Quizás…

Entonces ocurre, el tiburón es consciente de mi presencia, y yo, definitivamente, estoy paralizada. Me rodea, nada a mi alrededor, hay que reconocer que es precioso y me he acostumbrado al aturdimiento que da bucear al lado de un bicho tan grande.

-¿Qué tal ha ido el buceo?

– Bien, pero me ha atacado un tiburón. Tengo varias púas incrustadas en la mano.

 

 


Arresto domiciliario

esposas

Hoy me han detenido por saltarme el confinamiento. Ha sido una detención amable, y ahora os cuento por qué.

Todo ha empezado con un intento de ir al supermercado. Me dejado el coche aparcado muy lejos de dónde tenía que ir, no sé por qué. Conforme iba avanzando hacia mi destino, andando, me he dado cuenta de la estupidez. Porque además luego he de volver cargada de bolsas. Pero estoy a medio camino, prefiero no volver a por el coche.

Pero nunca llego a mi destino, no termino de llegar, el camino es cada vez más largo. Y no llego, no llego. ¡Qué angustia! Lo que sí llego es al centro de una ciudad extraña; a lo lejos un supermercado, pero cuando por fin me acerco es una farmacia y yo no necesito nada de la farmacia.

Mientras callejeo me encuentro a varias personas conocidas; toman café en bares (a una distancia prudente, pero, ¿qué hace un bar abierto?), también asisten a una función escolar, con mascarillas, pero aún así es raro.

De repente me encuentro con un chico muy agradable que me pregunta adónde voy, y yo ya estoy tan perdida que no puedo justificar qué hago por allí. Me explica muy amablemente que, para respetar el número de personas que pueden andar por la calle, me va a llevar a una casa un rato. Y la casa resulta ser la de unas amigas mías (gemelas, para más detalle). El chico me esposa a la puerta de una habitación, que por cierto es horrenda. Que casa más fea, parece que me haya trasladado de golpe a los años setenta, y todo es color café con leche, más leche que café.

El chico es voluntario de la policía, una especie de observador comunitario. Está haciendo méritos porque estudia para ser detective. Me deja allí durante unas horas, esposada a una puerta y sentada en el suelo. Menos mal que puedo charlar con las gemelas.

Me duele la muñeca izquierda.


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