Archivo de la categoría: Pesadillas

Me ahogaba

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Pero no me ha dado tiempo a sentir la sensación de ahogo, sino el esfuerzo previo a no decaer. No me ahogaba en el mar, ni me ha revolcado una ola. He vivido como real el remar por un rio salvaje (ni que yo nunca…) y no poder con la fuerza de la corriente. Vértigo y fuerza en los brazos, para luego, ploc, y me he despertado.

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Agosto

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En la película “Agosto”, basada en la obra homónima de Tracy Letts, el personaje de Julia Roberts le comenta a su hija adolescente: “Si conociéramos nuestro futuro, no nos levantaríamos del sofá”. Viaje en carretera, camino del entierro de su padre.

Desconozco si en la obra de teatro en la que se basa la película (duelo magistral entre Roberts y Meryl Streep, aunque me quedo con Chris Cooper), existe esta conversación o esta frase; la he recordado en numerosas ocasiones. Vivimos tranquilos, ajenos a ciertas cosas: “Si conociéramos nuestro futuro, no nos levantaríamos del sofá”.

Esta noche he soñado que tapizaba varios sofás, me he despertado agotada. Todavía tengo las manos dormidas de utilizar la grapadora, estirar telas.

Comienza agosto.

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Espacios, morfina y muerte

liquido

Los espacios, las casas que no habito y que se expanden, el tiempo y la muerte. Son los temas más recurrentes en mis sueños.

A veces se presentan de manera angustiosa pero, pese a todo, la mayoría de las veces los sueño de manera tranquila, amable, como en esta ocasión. Será la costumbre.

Ha habido un espacio, una casa que me dispongo a alquilar, tiempo, porque doy saltos atrás en el pasado, y muerte, porque vislumbro la muerte de la anterior inquilina con claridad.

Y, desconozco la razón, como casi siempre, pero voy a alquilar una casa en Oporto. Al visitarla noto una actitud inquietante del inquilino, un señor de mediana edad (indeterminada en definitiva) que no quiere que mueva las cosas de su sitio. Y eso es raro si voy a vivir allí. La casa no recuerdo muy bien cómo es, parece un piso; en mi sueño me he movido entre dos habitaciones, un saloncito con muebles apolillados, muy apolillados, y un dormitorio con una cama alta.

Cuando me siento en la cama ya no soy yo si no la mujer que ha muerto. Es sólo un segundo, pero me sirve para averiguar que el inquilino la ha cuidado con amor hasta el último momento y por eso es tan reacio a que yo toque nada. No tiene más remedio que alquilar la casa, pero no quiere hacerlo.

No hablo con él de eso, pero sí de los muebles apolillados y del mejor tratamiento para las dichosas polillas: “Gasoil, masilla para madera y paciencia”. Conversaciones sin sentido de las que se acuerda uno en los sueños.

Entro de nuevo en el dormitorio y siento, porque ahora no soy yo de nuevo, que la morfina son tres botes de cristal bonitos, con líquidos de color amarillo, azul y naranja que se mueven como aceite y me hipnotizan.

“Murió en paz”, le cuento al inquilino.


Una historia de terror

sangre

Cuando sueño, las imágenes me cuentan lo que estoy soñando. Pero hay algunos matices, alguna información, que me susurra al oído mi subconsciente. Por eso sé que esta noche el panorama que vislumbraba pertenecía a una sociedad no en descomposición, si no componiéndose de nuevo, y no después de una guerra, o una invasión extraterrestre si no después de una hecatombe que nadie consigue explicar. Eso no lo podía saber sólo con observar sangre y destrucción, eso me lo ha contado mi subconsciente mientras trataba de escapar de una casa donde nos intentan asesinar.

Yo soy un hombre de unos cincuenta años (eso sí lo sé por lo que observo), que formo una pareja necesaria con otro hombre de unos veintitantos. Nos ha unido nuestro intento de salir de la casa con vida, está claro que no tenemos nada más en común y que yo, hombre A, soy la cabeza pensante mientras que mi compañero, hombre B, va a mi zaga.

En esta sociedad extraña hay un grupo de salvajes que matan sin piedad. No son zombis, ni alienígenas ni tienen un virus, son simplemente salvajes que han estado a punto de acabar con nuestro mundo. Ahora, y eso me lo cuenta mi subconsciente también, son un reducto que vive a las afueras de las ciudades; por eso sé que tenemos escapatoria, y que podemos acudir a otro lugar para estar a salvo.

Hombre B es más fuerte que yo, por eso carga con un adolescente herido de muerte mientras corremos por una carretera. El chico sangra mucho, tiene un agujero en el brazo. Cuando llegamos a la ciudad (imágenes con más asfalto y luces de neón) nos encontramos con un grupo de jóvenes que escuchan música ajenos a los peligros. Y ajenos a nosotros; no nos ayudan, eso me sorprende, parece que se han enfrentado con los salvajes en demasiadas ocasiones y ahora sólo quieren escuchar música.

Andamos, corremos, sangramos y nunca estamos a salvo. Cuando los salvajes están a punto de darnos caza, un coche conducido por una mujer sale a nuestro encuentro. Ahora soy hombre B, y consigo entrar con el chico herido de muerte. Hombre A es alcanzado por ellos; mientras nos alejamos en el coche, a salvo, pienso qué le ocurrirá a hombre A, he visto cómo le han quitado sus gafas; jugarán con él y luego lo matarán.


El ascensor ruso

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Esta noche he sentido un miedo atroz. Me he visto obligada a jugar a un juego peligroso acompañada de mis hijas. Las tres, impresionadas y asustadas, entramos en un ascensor que parece tener vida propia y dirige nuestros pasos. Es ruso, lo sé porque mi subconsciente me lo ha confirmado y porque podemos leer “as-cen-sor” en alfabeto ruso.

Es metálico, gris, las puertas de dos hojas, apertura central. Más bien cierre central, porque es cuando las puertas se cierran cuando sentimos un escalofrío en la espalda. El ascensor sube a un piso que nosotros no elegimos; mientras sube observo a mis asustadas hijas, la pequeña aprieta con fuerza un muñeco.

Salimos a un pasillo y nos enfrentamos a un edificio ruso. Ya no estamos en un pasillo si no en la calle. Tened en cuenta que el adjetivo ruso en este sueño no tiene las connotaciones de “Guerra y paz” o “Pnin”, más bien de la KGB o Putin. Y tened en cuenta también que las connotaciones son fabuladas, soñadas y nada contrastadas. Dan miedo. El edificio es blanco, y se han cometido atrocidades dentro. Tenemos que entrar, accedemos a una sala vacía, suelos de madera y dos puertas. Si salimos por la puerta más cercana el exterior se pixela, también nosotras. Pero es tan difícil salir por la puerta del fondo, la que nos libera.

Lo conseguimos y al día siguiente de nuevo entramos en el ascensor. Hay una novedad, una foto al lado de los botones, de nosotras el día anterior, mi hija pequeña abrazada a su muñeco. De nuevo el pasillo, y el edificio blanco y las puertas.

Tercer día, el ascensor parece más pequeño, el pasillo más oscuro, notamos una presencia, que se acerca, ¿cuándo aparecerá el edificio blanco?

 


Insomnio voraz

Mi insomnio, que hacía tiempo que no me visitaba, ha vuelto con un hambre voraz. Se ha vengado de mis horas de sueño y me ha dedicado una noche entera. Me ha mordido el estómago con ganas y, cuando cansado y empachado, ha alzado sus manos hacia mi cabeza, yo estaba rendida a sus caprichos.

Sí, le he dejado, pese a mis reticencias iniciales, que escarbe como un monstruo sucio y desconsiderado en mis recuerdos. Y ha querido secar al sol los malos; los rayos del sol han otorgado a esos recuerdos la fuerza del presente. Y yo que los creía olvidados.

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