Por favor

porfavor

No sé la razón de porqué la expresión “por favor” tiene tan poca credibilidad. Cuando a mis hijos les pido las cosas por favor no parece que esta expresión les entre en el oído. “Por favor, ¿podéis recoger la habitación?”, “Me gustaría que terminaseis la comida sin protestar, por favor”, “Por favor, ¿dejas de pelearte con tu hermana?”. El oído ante el “por favor” se vuelve sordo. Eso sí, si levanto el tono, hasta el grito si hace falta, y cambio el “por favor” por alguna palabrota (Dios me perdone), todos obedecen.

Si un asesino está a punto de acabar con tu vida (esto no es algo que haya experimentado en primera persona, basémonos en lo visto en el cine, por ejemplo), basta decir “por favor” para que uno se ensañe más con el puñal. Habría que probar a decir “¡Mátame!”, lo mismo al asesino lo descolocas y te perdona la vida.

Antes de las vacaciones de Semana Santa, “¡por favor, qué cortas!”, le pedí, por favor, a un amable conductor que no aparcara en doble fila, porque estaba obstaculizando mi coche. Reaccionó como un animal de bellota, quizás si yo me hubiera puesto a gritarle habría quitado el coche inmediatamente.

En la consulta del pediatra le pedí en una ocasión, al doctor en cuestión, que me dijera, por favor, cuál era el protocolo a seguir si mi hija volvía a convulsionar por fiebre. Y la respuesta del señor fue, sin anestesia, y sin un amable usted: “No te neurotices”. Quizás si me hubiera puesto neurótica y hecha una energúmena diciendo algo del tipo “de aquí no me muevo hasta que no vean a la niña”, quizás, me hubieran dado una lista con pasos a seguir. Pero yo me fui de la consulta con dos lagrimitas, gracias.

Yo sigo, erre que erre, pidiendo cosas que no vienen al caso “por favor”. Me gustaría que me leyeras, por favor. No me agobies, por favor. Coge el teléfono que ya te he llamado tres veces, por favor. A Dios sin embargo no le pido nada, ni con favor ni sin favor, no depende de Él, ni le doy las gracias, en todo caso le pido perdón, en ocasiones, a veces.

¿Te reúnes conmigo, por favor?

Sea breve, por favor.

No me mienta, haga usted el favor.

Por favor, ¿me deja pasar su frontera?

Por favor, ¿deja de bombardear mi casa?

¿Puede no bajarme los pantalones, por favor? Gracias.

 


Domingo

winona

Cenizas; no me ha convencido la homilía de hoy. Me convence más el café que llega después. Un poco de vida por mis venas.

Os miro, me necesitáis pero no me doy cuenta. Hoy comemos fuera. La primera cerveza sí, pero no la segunda, cuando llega la tercera pido mi segunda, y cuando llega la cuarta no pido cerveza. Somos muchos. Cuando pedís la quinta cerveza yo pido la tercera, mejor así. Y te miro, estás cansada y hablas poco, adolescente de libro estás hecha.

Ya, me termino en casa la tarta de queso que he cocinado contigo y a ti, pequeña, te ayudo a hacer resúmenes. No te preocupes si no te sabes expresar bien, vamos a leer un poco cada día.

Mientras descanso repito palabras que se me vienen a la cabeza. “Imprimación”: es la primera capa de pintura con la que he restaurado una mesita. No voy a dar más capas, me gusta cómo ha quedado, a medio hacer. No es “estucado”, es “imprimación”. Me hace gracia esta palabra porque parece mal dicha. La repito varias veces. Y repito otras tantas “mi pie izquierdo” porque el bebé cojea de su pie izquierdo.  “Imprimación”, “mi pie izquierdo”, “cenizas”, “imprimación”, “mi pie izquierdo”, “cenizas”.

Ahora te apetece hablar y nos dedicamos cinco minutos. Tus preocupaciones son adolescentes como tú, pero expresadas por ti, parecen cuentos, a veces de miedo, otras cuentos risueños, siempre tan bien escritos.

Al final del día hablo contigo también, los niños duermen. Hablamos con el tono de los domingos; como una balsa con el mar en calma, inestable no obstante. Antes de acostarme echo un vistazo a mi salón, a la mesita con la imprimación, me encanta. Diría que tiene color ceniza, al final todo se reduce a eso.


No dejes para mañana… ¡a la mierda!

nodejesparamañana

Tengo el síndrome del “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. Educada escuchando frases como “ante la pereza, diligencia”, “no practiquéis la ley del mínimo esfuerzo” y frasesmanidas.com por el estilo, he emprendido todas mis obligaciones con esmero desde que me ha correspondido, faltaría más.

Y menos mal que me han formado en ese sentido de la responsabilidad que yo he llevado al extremo por mí misma, por una cuestión de carácter que nada tiene que ver con mi educación.  Pero ahí es donde quería llegar, que tomarse al pie de la letra el hecho de no dejar para mañana lo que puedas hacer hoy es harto peligroso.

Lo pongo en práctica en muchos aspectos de mi vida, por eso mi cabeza funciona de manera tan estructurada (“toc, toc”, ¿quién es?). O mi cabeza funciona de manera tan estructurada que lo pongo en práctica en muchos aspectos de mi vida: Orden, orden y concierto, niños, casa, viajes y, antes de ir a dormir aprovecha para no dejar para mañana…

Y también lo pongo en práctica en mi profesión, lo cual me lleva a un desasosiego que voy a mandar a la mierda de un momento a otro porque no resulta productivo en ningún caso. Mi trabajo depende del tiempo que yo le pueda dedicar, escribo e intento dar a conocer mis artículos, mi blog y mis cuentos personalizados. Y nunca es suficiente, nunca es suficiente, nunca lo que hago, que de vez en cuando tengo que repetirme que va por el buen camino, es suficiente. Eso es lo que siento cuando mi pepito grillo particular, al que voy a mandar, griten todos conmigo, ¡a-la-mier-da!, me atosiga con que siembre más.

Escoger las redes sociales adecuadas, los foros adecuados, las aplicaciones (pero ¿existe una aplicación para esto o aquello?) que te ayuden en tu trabajo sin dejar de ser auténtico. Veo a tanto mediocre con KKK de seguidores, ¿cómo lo harán? ¿No dejando para mañana lo que pueden hacer hoy? No quiero quedarme obsoleta, pero quiero dar con las claves sin quedarme majareta.

Esta noche cuando me acueste y sienta que me ha faltado algo por hacer, después de leer, voy a decir para mis adentros, a la mieeerrrda.

Y mañana a seguir escribiendo.


La primera vez que un niño va al cine

javier

El sábado pasado se entregaron los Premios Goya de este año. Y casualmente esa tarde llevé a mi hijo pequeño, que no ha cumplido todavía los tres años, por primera vez al cine. Pensaba que era demasiado pronto pero nos arriesgamos. Reaccionó con una ilusión muy diferente a cuando fueron al cine sus hermanas mayores, que no se entusiasmaron demasiado. Y yo fui testigo de su cara de alucinado con auténtica devoción.

Cuando apagaron las luces y ese sonido tan característico de una sala de cine, que va directo al estómago, hizo presencia, mi hijo pequeño no daba crédito. Nos miraba a su padre y a mí, intermitentemente con una risa nerviosa, encantado. Le gustó la película, una cinta de animación previsible, muy infantil, y salió de la sala con la misma sonrisa, algo más cansado.

Por la noche vi, después de muchos años, la Gala de los Goya hasta el final. Me gustó; más aciertos que errores. Y quizás con el espíritu todavía contento por la experiencia en el cine con mi hijo, me fijé en que en la mayoría de los discursos de agradecimiento había una nota común: “Gracias a mis padres por inculcarme el amor al cine, gracias a mis padres por contarme historias, gracias a mis padres por haberme puesto un lápiz en la mano”.

Mi hija mayor, que ya es una adolescente, vio parte de la Gala conmigo y me dijo: “Mamá, tú también nos estás inculcando que seamos creativos”. Y esto no está reñido con inculcarles el esfuerzo, la importancia del estudio, cosa que por cierto también se nombró mucho en los citados discursos de agradecimiento: “Hay que estudiar, hay que esforzarse. Hay proyectos que salen después de cinco, diez años, después de diez, veinte versiones de guión distintos”.

Yo seguía visualizando la cara sorpresa de casi un bebé que va por primera vez al cine. También recordé los comentarios de mis hijas al salir: “La película está bien pero el argumento se cuenta de manera demasiado rápida, está mal montada”. Me hizo gracia, se nota que he sido crítica de cine y ese comentario me lo deben haber oído antes. Inculcando, inculcando…

Hay muchas cosas que no logramos inculcarles, sus padres, y que nos cuestan muchos disgustos, regañinas, cansancio. Pero hay algo que sí están interiorizando, la importancia del estudio, de la lectura, del esfuerzo, no para ocupar el día de mañana un buen trabajo o una determinada posición social (os sorprendería la cantidad de personas que tienen este objetivo), sino para que el día de mañana estén más preparadas para afrontar retos difíciles, sean menos manipulables, sean en definitiva más libres. Aprendizaje, cultura, estudio. No es algo pueril, no es una intencionalidad a la hora de educarlas baladí, es algo madurado.

Y así pasan los días, mientras cocinan, y estudian, y leen, y escriben. Y juegan, y desobedecen, y estudian, y se pelean, y leen, y estudian y ven cine. Y estudian y aprenden a tocar el ukelele y el piano, y leen y hacen películas; menos mal que el Ipad no sólo sirve para hablar con los amigos por Facetime, tengo una directora de cine en potencia con un sentido de la comunicación visual muy marcado. Y pasan los días aprendiendo, estudiando.

Nunca olvidaré la cara de sorpresa de mi hijo la primera vez que fue al cine.

 


La cultura, por cierto

madera_cultura

Nutríos de cultura. Bebedla, vomitadla. Arropaos con ella en los fríos días de invierno.

Haced el amor con ella, sudadla. Sentidla, palpadla, tocadla, atrapadla. Tiradla, que luego volverá como un boomerang. Aplastadla, enfangaos con ella, los pies hundidos en ella.

Sumergíos en la cultura, bucead, resoplad, mojaos, echárosla encima. Comedla, masticadla, sorbedla, sudadla otra vez.

Consumid cultura, cuidadla, respira, respira, respira.  Escuchadla, vividla, leedla, sentidla, gritadla, lloradla. Tú la peinas, yo la mimo, tú la tragas, yo la acaricio, tú la bailas, yo la duermo.

La enredamos, la deshilvanamos, la desordenamos, le buscamos un sitio, la perdemos, buscadla, buscadla. Sacadle brillo, pulidla, rompedla, recomponedla.

La hueles, la saboreas, la engulles, bésala. Súdala una y otra vez.

Así a lo mejor, quién sabe.

Ayer, por cierto, fui a un concierto de Ara Malikian. Homenajeó a Paco de Lucía, llevaba un anillo rojo, finalizó con Bach.


Me gustan los hombres

luis tosar

Sirva este artículo como un mea culpa por haber demonizado al sexo masculino en algunas ocasiones. Entiéndase que este texto lo escribe una feminista confesa que suele decir frases como “no hay nada más torpe que un hombre”. Sabed que estoy dolida y hastiada no sólo de violencia, de esclavitud sexual, sino también de actitudes soberbias, torpes, rudas, neandertales que nunca podrían definir a una mujer.

Y si no con rabia, también he tratado al hombre con condescendencia, sabedora de que en muchas ocasiones la mujer es más resolutiva, despierta, capaz. Sirva este artículo como un mea culpa por generalizar.

Hace pocas semanas leía un artículo sobre una aldea en Kenia sólo para mujeres, fundada por víctimas de violaciones de soldados británicos hace más de dos décadas. La aldea se llama Umoja, y los hombres, salvo en contadas ocasiones, no son bienvenidos. “Soluciones extremas para situaciones extremas”, pensé. Y me pareció una muy buena idea. Pero leer este artículo también me hizo pensar que, para ser justos, el hombre es necesario en nuestras vidas, que no todos son, ya no violadores o asesinos yéndonos a casos extremos; que no todos los hombres son machistas. Y eso, que parece una obviedad, yo lo he tenido que volver a pensar.

Me gustan los hombres, no querría renunciar a ellos, sin condescendencia, porque son buenos, generosos, porque nos complementan. Me gustan mis hermanos, complicidad y carcajadas, y dos amigos que me ponen de buen humor. Me gusta el amor incondicional de mi padre, y me gusta mi marido, cómo no. Mi marido me gusta porque le quiero, y también porque me ha demostrado en muchas ocasiones que es igual de feminista (si eso se puede decir de un hombre) que yo.

Tengo que reconocer que en literatura me gustan más los personajes masculinos que femeninos. Huckleberry Finn, Kafka Tamura, Holden Caulfield me conmueven, y me mata la personalidad de Sebastian aferrado a Aloysius. En “Una habitación propia” Virginia Woolf explicaba que había menos heroínas que héroes en la historia de la literatura porque había (y hay) menos escritoras. No creo que esa sea la razón de mi predilección por los personajes masculinos. Ella era muy dura con las mujeres, clasista además, como si ese hecho fuera culpa nuestra. Querida Virginia Woolf, en muchas ocasiones no nos dejan. Yo he vivido cómo ser mujer y madre de tres niños me ha complicado mi vuelta al mundo laboral. Pero seamos hoy justos, no podemos echarle la culpa de esto sólo a los hombres.

Me gusta Antonio Muñoz Molina, y Cortázar y me gusta perderme en los mundos de Borges. Me gusta Enrique Vila Matas. Me gustan mis compañeros escritores de Neupic, son entusiastas. Cómo no me va a gustar Ricardo Darín, me gusta Eric Bana, Tim Robbins, Enrique Urbizu, Daniel Auteuil y Julio Medem por “Los amantes del Círculo Polar”. Me gusta Luis Tosar. Me gusta Kanouté, Rafa Nadal. Me encanta Charles Aznavour, escucharlo sin parar. Me gusta Mika y Xoel López.

Me admira la capacidad de algunos hombres de perdón, de generosidad, me admira también el coraje del padre de Candela. Me acuerdo de cómo algunos profesores de la facultad me dejaron huella, me enseñaron a hacer un periodismo sin aspavientos. Me gustan las homilías realistas y sin abalorios del cura al que escuchamos en verano. Como católica odio la frase que dice que Eva sale de la costilla de Adán. En su poca capacidad pedagógica la Iglesia no explica bien que esa frase no es literal y que es una metáfora de nuestra creación; ni como metáfora me vale. Pero me gusta el Papa Francisco; y me gusta el Dalai Lama, gran escritor por cierto.

Permítanme que haya un hombre al que sí voy a seguir tratando con condescendencia. Es mi hijo pequeño, un bebé de quince meses que apenas dice sus primeras palabras. A éste le voy a proteger como un ser torpe, inocente y tontorrón. Pero prometo que conforme vaya creciendo no sólo le daré mis discursos feministas (tiene dos hermanas que se los saben de memoria), también dejaré que despliegue sus alas de hombre, que son distintas a las de las mujeres.

 

 

 

 


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