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Papelitos

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Probad a ordenar con un hijo adolescente su cuarto. Sus cosas, sus recuerdos, sus juguetes, sus libretitas, sus cables, su diarios, sus agenditas, sus papelitos. No hablo de síndrome de Diógenes porque es algo serio, pero ayer me acordé de esos programas de televisión en los que vacían casas y cargan camiones enteros de basura. Yo sería una muy buena organizadora profesional, por cierto.

Cuál sería el bloqueo con el que terminamos (también alivio), que mi adolescente tardó mucho en dormirse y yo he soñado con papelitos. Papelitos arrugados y rotos sin ton ni son, a través de los cuales me han llegado todo tipo de mensajes.

Imaginaos que los whatsapp y mails, o llamadas de teléfono que recibís cada día os llegaran en forma de papelitos, de bolitas pequeñas y arrugadas que tenéis que abrir con sumo cuidado, ya que sus mensajes son casi ininteligibles.

“Quedamos a tal hora”, “comprar tal cosa”… incluso me han llegado ofertas de trabajo. Ruedas de prensa a las que acudir (hay una parte de mi subconsciente que vive permanentemente en una rueda de prensa), convocatorias escritas a lápiz y emborronadas con rotuladores fluorescentes.

Tengo una agenda en papel, hoy no puedo abrirla, he apuntado lo que tengo que hacer en el móvil.

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Domingo

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Cenizas; no me ha convencido la homilía de hoy. Me convence más el café que llega después. Un poco de vida por mis venas.

Os miro, me necesitáis pero no me doy cuenta. Hoy comemos fuera. La primera cerveza sí, pero no la segunda, cuando llega la tercera pido mi segunda, y cuando llega la cuarta no pido cerveza. Somos muchos. Cuando pedís la quinta cerveza yo pido la tercera, mejor así. Y te miro, estás cansada y hablas poco, adolescente de libro estás hecha.

Ya, me termino en casa la tarta de queso que he cocinado contigo y a ti, pequeña, te ayudo a hacer resúmenes. No te preocupes si no te sabes expresar bien, vamos a leer un poco cada día.

Mientras descanso repito palabras que se me vienen a la cabeza. “Imprimación”: es la primera capa de pintura con la que he restaurado una mesita. No voy a dar más capas, me gusta cómo ha quedado, a medio hacer. No es “estucado”, es “imprimación”. Me hace gracia esta palabra porque parece mal dicha. La repito varias veces. Y repito otras tantas “mi pie izquierdo” porque el bebé cojea de su pie izquierdo.  “Imprimación”, “mi pie izquierdo”, “cenizas”, “imprimación”, “mi pie izquierdo”, “cenizas”.

Ahora te apetece hablar y nos dedicamos cinco minutos. Tus preocupaciones son adolescentes como tú, pero expresadas por ti, parecen cuentos, a veces de miedo, otras cuentos risueños, siempre tan bien escritos.

Al final del día hablo contigo también, los niños duermen. Hablamos con el tono de los domingos; como una balsa con el mar en calma, inestable no obstante. Antes de acostarme echo un vistazo a mi salón, a la mesita con la imprimación, me encanta. Diría que tiene color ceniza, al final todo se reduce a eso.


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