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La muerte V

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Cuando uno sueña tiene encuentros lúcidos con la muerte. Y descubre que la muerte es rasgada, dura, definitiva, pero también puede ser plácida. Yo he muerto esta noche pero he seguido hablando, moviéndome por este mundo para explicar que la muerte me ha dado cierta nostalgia, pero también paz.

Estaba recorriendo un camino gris, quizás asfalto, y me he cruzado con un hombre de mediana edad que me ha mirado fijamente, me ha absorbido el alma _ he notado como subía por la garganta_, y ha seguido su camino. Yo he seguido el mío, pero ha sido tan intensa la sensación de haber vaciado el cuerpo, que he querido volver a experimentarla.

He vuelto a empezar, a caminar desde el principio por el camino de asfalto, y he revivido el encuentro; él miraba fijamente mientras el alma se escapaba por la garganta.

Luego me he encontrado con mi marido, y juntos hemos seguido andando, y nos hemos ido a cenar a un lujoso restaurante, y a nuestros acompañantes les hemos explicado lo que ha ocurrido. Junto a nosotros se encontraba la mujer del hombre de mediana edad, y yo le he transmitido tranquilidad; le he explicado la quemazón que sentía en la garganta, algo áspera pero no demasiado molesta.

Quizás en nuestros sueños la muerte nos hable con más franqueza, nos tranquilice, nos consuele. Pero, ¿qué ocurre con la ausencia? Esa no tiene consuelo.

 

A Titín.

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La pequeña ciudad

Casi diminuta, cabría añadir. Soñé hace años con ella y me maravilla descubrir cómo la recuerdo, casi al detalle. Por eso vuelvo hacia ella de vez en cuando, y la recorro de nuevo en mi cabeza. Cuando soñé con la diminuta ciudad, estaba en construcción, y sus diminutos habitantes se desplazaban con lianas de un lugar a otro para arreglar tejados, asfaltar calles o trasladar muebles pesados. Yo los encontré “a la vuelta de la esquina”, literalmente, ocupaban una esquina de una calle perdida de mi mente. Y como con mi tamaño natural me costaba mucho ayudar a sus habitantes, me convertí en uno de ellos, me hice diminuta y volé por sus tejados a medio hacer, y sus aceras diminutas.

De vez en cuando vuelvo a la pequeña ciudad, a veces con mi tamaño, a veces reducida a la estatura estándar de la pequeña ciudad. Me asomo para comprobar sus adelantos. Ya están casi todas las casas pintadas, pero algunas calles son de difícil acceso, por lo que si soy gigante, con la punta de los dedos hago volar el autobús lleno de niños chillones y lo traslado a la puerta del colegio; intenté también deslizar con mi mano el asfalto, pero no mido mis fuerzas y hay un barrio que se ha llenado de alquitrán.

Os dejo, tendré que convertirme de nuevo en pequeñita y arreglar este desaguisado. Otro día os hablaré más de la pequeña ciudad.


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