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Albert Rivera y los Suajilis

kondoa

Mucho he tardado en soñar con Albert Rivera. Teniendo en cuenta que ahora, por ser “presidenciable”, lo veo en todas partes, o que por verlo en todas partes es “presidenciable”, era cuestión de tiempo soñar con él. Qué poco me gusta por cierto la palabra presidenciable, pero no se me ocurre nada mejor.

Albert, Alberto, no sé cómo se dirá su nombre en suajili, pero con suajilis nos hemos topado esta noche Albert y yo. Supongo que necesito viajar y mi subconsciente me ha llevado a Kenia esta noche. No he podido disfrutar del paisaje, del país, de su gente, de nada. Me acompañaba el presidenciable. La relación con el político un misterio, creo recordar que viajábamos en el mismo avión y nos hospedábamos en el mismo hotel. Y el resto del viaje se me ha pegado como una lapa y me ha ido contando su programa electoral. Me encanta escuchar a Albert Rivera, pero en pequeñas dosis, y desde luego no me gusta escucharlo contemplando un atardecer africano.

En alguna expedición para integrarnos de lleno en la cultura suajili (si es que esto sucede, porque no ha sido un viaje convencional sino soñado) tenía a Albert Rivera en mi cogote hablándome de la llamada que esperaba de Rajoy. Al rato un amable autóctono le ha tirado el maldito móvil al río Mara para hacerlo callar.

Algún día viajaré a Kenia.

La foto que ilustra este sueño es de Kondoa, en Tanzania, pero refleja a la perfección lo poco que he podido ver en mi visita a África.


Mi amiga japonesa

Por no titular que esta noche he vuelto a soñar con un accidente de avión. Muchas veces sueño que aviones caen al mar; debe llamarme la atención ver cómo el imponente aparato primero cae en picado, provoca unas olas inmensas al chocar y después se sumerge en el fondo del Océano. En mis sueños no hay viajeros ni pilotos… sólo el avión y el mar.

Esta noche me disponía a viajar en avión y en la cinta transportadora me he hecho amiga de una chica japonesa. Charlando animadamente hemos sido testigos de cómo nuestro avión ha explotado en el aire y se ha hundido. ¿Qué por qué no nos ha pasado nada? Porque hemos llegado tarde y no nos han dejado subir. Este hecho traumático nos ha unido mucho y nos hemos hecho amigas para siempre.

Veinte años después (con el mismo aspecto jovial y juvenil, que para eso esto es un sueño) los responsables del accidente nos han invitado a una ceremonia homenaje. Y además nos han regalado unos billetes para viajar en barco rumbo al Caribe.

– Pero, exactamente, ¿a qué parte del Caribe?

– No sé, al Caribe en general.

El crucero bien, aunque yo no he dejado de estudiar mapas para averiguar exactamente hacia donde nos dirigíamos. Además en el barco viajaban muchas personas que conozco, algunas de ellas convertidas en gigantes. Pero ni a mi amiga japonesa ni a mí nos ha sorprendido lo más mínimo, así que hemos brindado porque al fin y al cabo no ha sido un mal sueño.


Pesadillas amables

Me he dado cuenta, en este recordatorio continuo de los sueños que tengo, que generalmente sueño en movimiento. Sueño con viajes, voy y vengo, me traslado y vuelvo. Y las pesadillas de esta noche podrían pasar, como ilustro en el título, por pesadillas amables, inofensivas, pero pesadillas al fin y al cabo por la angustia que me produce ese movimiento, ese “tener que llegar a alguna parte”, el no poder tomarme el tiempo suficiente simplemente para dejarme llevar. Sólo me dejo llevar cuando estoy en el mar.

1. Al principio de la noche la primera pesadilla tiene que ver con un viaje, claro. Tengo que coger un avión, pero los “encargados” del aeropuerto no me dejan subir porque tengo que soplar. Me explico, hay un alcoholímetro, que no es un alcoholímetro, sino un aparato que sirve para medir tus fuerzas a la hora de soplar. Podría haber sido un matasuegras electrónico, pero no. Si no supero el número diez no puedo subir al avión porque significa que no tengo la capacidad suficiente para soportar el despegue. Ni que fuera a subir a la luna. Además tengo la sensación de que el “encargado” del aparatito hace trampas y me pone los dedos demasiado cerca de la boca, por lo que no puedo soplar con fuerza. Pero, no me preguntéis por qué, es fundamental que coja ese avión.

2. Serían las cuatro o cinco de la mañana cuando en la segunda pesadilla amable me dispongo de nuevo a viajar; esta vez en un velero. Pero los veleros, y esto es algo muy cierto, tienen césped plantado en la cubierta y este barco en cuestión no puede navegar hasta que mi padre no haya regado el césped. Pero él se lo toma con una parsimonia desesperante, y yo tengo que salir a navegar…

3. Ir de tiendas, creo que ya alrededor de las siete de la mañana, es un poco cansado, sobre todo si antes has intentado sin éxito coger un avión y navegar en el velero con jardín. De nuevo las prisas, tengo que probarme seis camisas blancas antes de que mi marido, que se ha puesto dos pendientes en la oreja izquierda, se vaya con las niñas de viaje. Y no me espera. La tienda está abarrotada, pero yo consigo meterme en un probador que en realidad es una sala enorme con televisión y una cama. Es la habitación de un hotel. Comienzo a probarme las camisas, siempre con mucha prisa porque mi parentela se va, pero me interrumpe constantemente Lorenzo Milá, que tiene que hacer una conexión para el telediario y no respeta los probadores ajenos.

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Pesadillas.

Os propongo un viaje.


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