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Azul Francia (como concepto y libre interpretación)

azul

  • ¿Cuál es tu color favorito?
  • El azul Francia.
  • ¿Y cómo es?

El azul Francia no es exactamente el azul de la bandera de Francia. Está entre el azul oscuro y el azul claro, pero en una gama más de grises que de verdes. No confundir azul Francia con verde agua.

Existe un papel de embalar color azul Francia. Hay papel de embalar marrón tierra, con canutillos, y verde hoja seca, y azul Francia. Mis carpetas las forraba siempre con papel de embalar de ese color, quizás un poco más oscuro de lo habitual en los azules Francia. Mi libro de Empresa Informativa en la Facultad era de color azul Francia, aunque con un matiz verde que puede hacerlo confundir con el antes mencionado verde agua. Y las carpetas tamaño cuartilla son también de color azul Francia.

Color azul Francia es un azul sereno, y tiene un matiz transparente, como el papel celofán, sobre todo el comestible, que es más grisáceo, por el efecto del azúcar quizás. El azul Francia está presente en la postal que tengo de Conversación, de Matisse. Es por el efecto de la impresión, porque en el original el azul predominante es azul mar en calma.

Me gusta el color azul marino pero es tan oscuro que parece tener un imán que te lleva hasta la total oscuridad; el azul Francia te mantiene, por sus matices de gris, verde y blanco, en un perfecto equilibrio, con balanceos suaves, que no causan vértigo. Las nubes a veces son de color azul Francia, pero otras veces no. ESA lluvia es de color azul Francia.

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Azul Francia.


Madrid

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No sé por qué vuelves siempre Madrid a mí. Deberías mantenerte lejos, exactamente a la distancia en kilómetros que nos separan. Pero te cuelas en mis sueños y tus calles, dulcificadas por mi subconsciente, aparecen como fotografías repetidas.

Tengo sueños recurrentes, ya lo he comentado más de una vez, pero son recurrentes algunas temáticas, sensaciones, elementos como el agua, la sangre, el color azul Francia. Nunca se repiten escenas o fotografías, menos cuando sueño con Madrid. Madrid es un sueño que se repite.

Y hay dos lugares que vienen a visitarme para recordarme que Madrid ya no me pertenece. En realidad no existen; o son una versión alterada de lugares que sí existen. A veces observo el principio de Paseo de La Habana, a lo lejos, y lo que observo es un bulevar, pero acristalado. Todo es puro cristal, y puedo ver a través de él. No me muevo.

Otras veces estoy en Gran Vía y subo a un escarpado campanario de alguna Iglesia, no recuerdo que haya nada parecido por allí. A veces es una Iglesia, otras un castillo, pero sé que accedo por Gran Vía y que subo por una escalera de piedra; por algunos recovecos se cuela una hiedra.

Cristales y piedra. Y tú ya no me perteneces y yo quiero pisarte de nuevo.

 


Lo que me gusta

derviches

Hay muchas cosas que me gustan, y otras que no. Hay cosas que me gustan y me hacen gracia, me caen bien ciertas personas, me inspiran ciertos paisajes y me animan ciertas cosas que forman parte de un imaginario personal que adopto como “cosas mías”. En la mayoría de los casos son cosas que no he tocado, que no he vivido ni conocido, pero me gustan.

Me gusta la danza de los derviches giradores turcos. Me relaja pensar en esa absorbente danza y meditación de la que no he sido testigo nunca. Y me gusta Arda Turan; me lo imagino no solo haciendo pases imposibles, si no también vestido como un danzarín sufí dando vueltas sobre sí mismo.

Me gustan las cámaras de fotos Polaroid, siempre me han gustado, y no ahora que están de moda recuperadas por los nostálgicos hipster. Tengo una pared en mi casa desnuda, esperando ser vestida por un collage de fotos hechas con una cámara Polaroid. Me encantan los collages, quien me conoce bien sabe que he sido única forrando carpetas con collages, o creando sobres para escribir cartas. Y ahora aprovecho para hacer collages con restos de esas cartas de siempre, con marcos de plata, con espejos, fotos…

Aunque nunca he estado, si me preguntan por mi paisaje favorito, es claramente el de las montañas tibetanas. Cuando me voy a dormir suelo imaginarme volando por allí. Y me gustan los niños pequeños con gafas, me caen muy bien. Y me encanta la textura, que no he tocado, de los muñequitos verdes (Curris) que vivían en las cuevas de Fraggle Rock. Y la voz chillona de la niña de las trenzas de Barrio Sésamo.

Me encantan el frío y la nieve, y el silencio. Y me gusta repetir palabras y frases. Digo varias veces seguidas, en voz alta: “Mi pie izquierdo, mi pie izquierdo, mi pie izquierdo”. Me gustan los osos polares porque fueron proclamados en peligro de extinción el año que yo nací. Me gustan los camaleones, me caen bien. Cuando era pequeña un niño mayor me enseñó uno, luego el niño murió, y sus padres seguramente no saben que yo lo recuerdo enseñándome el camaleón. Su hermana me enseñó a fumar. Me gusta fumar, pero no fumo. Me gusta el color Azul Francia.

Hay muchas cosas que me gustan, y otras que no. Pensar en las cosas que me gustan me divierte y me hace feliz.

Y a ti, ¿qué te gusta?


Azul Francia

No debes cantar victoria sólo porque se te haya ocurrido una idea fascinante. Una buena historia no es un momento en el que estás eufórico, tienes un pantalón y un jersey de cuello alto negro, ya sabes, te sientes intelectual, y el ambiente es propicio porque el folio blanco te sugiere poesía y tienes una bonita pluma. Lo que quiero decirte es que no me puedes venir con ese optimismo de dos días y decirme que tienes una idea. No me importan nada tu idea, tus libros o tus cuentos. Yo no tengo nada que ver con eso, a mí me gustan tus ojos.

No te vuelvas loco, ¿vale? No malgastes tu vida en idioteces, ambigüedades, sueños, estupideces y más sueños, y vuelves locos a los que tienes a tu alrededor y música y jerséis de cuello alto negro, libros, tinta verde, viajes, papel reciclado, inspiración, Londres, una historia, mil cuentos.

Intentarlo es como divisar una noria con luces de colores que da vueltas sin parar. Tú la contemplas desde un noveno piso -el nueve es un número que me gusta-, no te tires a por ella, no la vas a alcanzar. ¿Entiendes? Es un espejismo. Yo una vez lo intenté y me quebré los huesos. ¿Sabes? Una persona joven también puede romperse. A mí me ha pasado, yo soy joven y estoy rota. Todo por una absurda noria de colores. Mira, busca tu seguridad. Sé bueno, no hay nada malo en dejar de ser idealista, aunque no hayas cumplido los treinta. Es mejor eso a andar retorciéndose los pies.

No podemos volar, ese es un privilegio que no tenemos. Sólo los chicos de goma consiguen llegar a la noria y entre vueltas y vueltas se mezclan con tus sueños, la tinta verde, el guión, la belleza, dan volteretas como en el circo y te observan burlones, a ti que te encuentras en el noveno piso, y se ríen, a carcajadas. Siguen dando vueltas entre luces, cada vez más rápido. Te están llamando. ¡Tápate los oídos! Es una trampa.

Pero nunca sabrás que existe una noria, porque nunca te lo voy a contar, sé que no tengo la valentía suficiente. Para ti no hay un noveno piso, tú todavía piensas en fabricarte unas alas, fuertes. Vives solo, estás solo, estás conmigo. Rodeado de amigos que no quieren alas. Me gusta tu fragilidad (te imagino escurriéndote por un reloj de arena); inseguro, con la equivocación de mirar siempre hacia abajo. Rasgos perfilados, tu mirada es intensa…

***

No es amor. Me gustaría apenas rozarte con las yemas de los dedos y besarte, pero despacio. Perfilar tus labios con las yemas de los dedos y besarte. Acercar tus manos grandes a mi cara pequeña, me gustaría que me protegieras y me llevaras contigo al mar, allí donde pueda ver a través de tus ojos, azules, y besarlos despacio, despacio.

 

Miro el reloj, es la hora justa para que deje de existir el mar.

 

***

 

AHORA SÉ QUE NO IMPORTAN LAS VECES QUE TE ROMPAS LOS HUESOS, MERECE LA PENA SEGUIR INTENTANDO FABRICAR ALAS DE ÁNGELES… Y VOLAR.

***


¡Viva Glam!

Nada como ver Alaska y Mario para tener un sueño de lo más glam. No sé si habéis soñado alguna vez algo enmarcado en la estética glam, pero os aseguro que suelen ser sueños que te quitan el sueño. En mi caso han tomado protagonismo los colores fluorescentes, por lo que todavía no puedo abrir bien los ojos. ¿Os acordáis de la campaña de los Juegos Olímpicos de Londres, que tuvieron que retirar porque provocaba ataques epilépticos? Era una sucesión de líneas de colores especialmente mareante. Algo parecido se ha repetido en mi sueño de hoy.

Queda claro la atmósfera en la que me he movido esta noche; y a lo que me he dedicado es a perseguir a Mario Vaquerizo para que me enseñe a pintarme los ojos igual de bien que él. Sombrea en negro todo el ojo y cuando yo intento hacer lo mismo lo que consigo es parecer una zombi. Así se lo he explicado después de perseguirle de local en local. He tenido que asistir a unos veinte conciertos de las Nancys Rubias antes de que me haya hecho caso. En un camerino, mirándonos los dos al espejo, hemos practicado la técnica de sombreado, con maquillaje de M.A.C., claro está. No he aprendido nada, pese a la paciencia de mi “profesor”, pero no me ha importado nada, ya sabéis, porque todo era un sueño, y ha sido un alivio despertarme entre el blanco y azul francia que le da una atmósfera serena a mi dormitorio.


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