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Érase una vez

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¿No empiezan así todos los cuentos?

Érase una vez una niña muy pizpireta que de tanto pizpiratear se quedó turuleta. Andaba esa niña de puntillas, porque a cada paso que daba se le escapaban por los pies estelas de colores que se enmarañaban.

Eran estelas azules y violetas, rojas y a veces negras. Le daba miedo a la niña pizpireta dejar escapar tantos colores de su cuerpecillo, cada vez más delgado por quedarse sin estelas.

Hasta que fue descubriendo que los colores, aunque rebeldes y huidizos, la acompañaban. Se acostumbró a su externa presencia y comenzó a jugar con ellos. Los convirtió en palabras; con la A del azul y la R del rojo bien atados a su cintura la niña llegó a liberar incluso estelas de colores fluorescentes, y trenzó las cuerdas de colores y compuso, desmadejando colores, cuentos y relatos. Ya no andaba de puntillas, para cogerlos al vuelo saltaba.

La niña creció y pasó de ser pizpireta a curiosa e inquieta. Desenredados los hilos de colores tejió su propia historia y, mezclando colores, tuvo a sus hijos, que van andando torpemente de puntillas porque todavía no se han acostumbrados a sus estelas.

La mujer curiosa e inquieta vive en el centro de sus hilos de colores, estelas que se desordenan con mucha facilidad, tanto que a veces la hacen tropezar.

Pero ella, con la paciencia que le ha otorgado el oficio, sigue desmadejando cuerdas, y las convierte en palabras y se las ata con empeño en la cintura, para quedar justo en medio de ellas y, cuando llegue el momento de la despedida, utilizarlas para coger impulso y entonces saltar, saltar.

 

 

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Azul de nuevo

 

Azul negro o azul suave, silencioso o amable. Es el azul del miedo, pero también el azul Francia, el de la serenidad. Mi sueño es azul, aunque a veces se oscurece.

Azul de nuevo.


Ocurrió en invierno II

Y si hablo de un rojo como la nieve blanca no penséis en un cadáver ensangrentado y tumbado boca abajo en un campo nevado. Más bien habría que evocar el rojo como color optimista que abriga al frío de las montañas blancas, en forma de manta. Una manta roja, o un objeto decorativo propio de la Navidad, o unas uñas pintadas de rojo. Una mujer con un jersey de cuello alto negro y las uñas pintadas de rojo, algo que gustó mucho a Lola la primera vez que vio a su madre, meditando entre la nieve blanca. Los colores a veces engañan, yo he soñado de nuevo con el color rojo, aunque me dormí abrazada a un edredón color azul Francia.

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Ocurrió en invierno.

Lola y el dragón.


El mar

Nombro mucho el mar y el Océano en mis sueños pero no he titulado ninguno como tal. Debo estar hecha de agua (¡ah! como todo el mundo) porque sueño mucho con el mar. Será que estoy hecha de agua salada. Y en el mar me quedaré; he soñado con una marea fuerte y turbia, pero aún así me he adentrado en el agua para nadar. Al alejarme las olas pierden su fuerza y doy brazadas tranquila, con la idea de volver pronto a la orilla. Pero en la orilla el mar vuelve a estar turbio y la marea tira de mí con fuerza, con tanto ímpetu que no puedo salir. Vuelvo a nadar mar adentro, hasta que las olas se calman. Es un espejismo, supongo, observar la orilla tranquila, me dirijo de nuevo hacia ella pero casi al poner un pie en la arena las olas se vuelven más grandes y tiran de mí. Y en el centro del Océano me sumerjo definitivamente y el color turbio, casi marrón, se vuelve azul, calmado e intenso. El mar me da la bienvenida.


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