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La muerte V

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Cuando uno sueña tiene encuentros lúcidos con la muerte. Y descubre que la muerte es rasgada, dura, definitiva, pero también puede ser plácida. Yo he muerto esta noche pero he seguido hablando, moviéndome por este mundo para explicar que la muerte me ha dado cierta nostalgia, pero también paz.

Estaba recorriendo un camino gris, quizás asfalto, y me he cruzado con un hombre de mediana edad que me ha mirado fijamente, me ha absorbido el alma _ he notado como subía por la garganta_, y ha seguido su camino. Yo he seguido el mío, pero ha sido tan intensa la sensación de haber vaciado el cuerpo, que he querido volver a experimentarla.

He vuelto a empezar, a caminar desde el principio por el camino de asfalto, y he revivido el encuentro; él miraba fijamente mientras el alma se escapaba por la garganta.

Luego me he encontrado con mi marido, y juntos hemos seguido andando, y nos hemos ido a cenar a un lujoso restaurante, y a nuestros acompañantes les hemos explicado lo que ha ocurrido. Junto a nosotros se encontraba la mujer del hombre de mediana edad, y yo le he transmitido tranquilidad; le he explicado la quemazón que sentía en la garganta, algo áspera pero no demasiado molesta.

Quizás en nuestros sueños la muerte nos hable con más franqueza, nos tranquilice, nos consuele. Pero, ¿qué ocurre con la ausencia? Esa no tiene consuelo.

 

A Titín.

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Sueño en blanco

Foto de Takaki Watanabe

Esta noche he soñado que caminaba. El camino marcado, gracias, aunque el tiempo y la distancia ha sido cosa mía, gracias. De manera que me he entretenido mirando a cada lado del camino, serpenteante y blanco. He sentido cierto vértigo al asomarme fuera del camino; al Este los países que no conoceré, al Oeste las personas con las que no me cruzaré. He perdido mil días de camino al escalar la montaña de libros con la que me he topado, a mitad de camino.

El paso se ralentiza al coger a mis hijas, cada una de una mano, para que anden conmigo por el camino blanco. Pero entonces te das cuenta, mientras avanzas lentamente, que hay grietas en las baldosas blancas, y que también se ha formado algo de musgo, y que casi piso a una hormiga.

Me salgo del camino con las niñas, gracias. Quiero que corran por el Este y el Oeste, gracias. A tí también te llevo, cogemos impulso si quieres y las dejamos sudar.

Mientras escribo el sueño que he tenido esta noche me pregunto porqué me cuesta, despierta, salirme del camino, a veces, en ocasiones, con ellas.


Muerta y resucitada

Esta noche me he convertido en una rebelde sin causa, en una adolescente descontenta, en una niña desprotegida que vagaba por las calles esperando encontrarse con alguien que le salvara la vida. Y he sentido como real la posibilidad de que tu vida dé un giro de ciento ochenta grados sólo por el hecho de coger un camino u otro, literalmente.

Y en el sueño de esta noche he tenido dos oportunidades; he podido comprobar las dos posibilidades, la del camino de allí y la del camino de allá. En el primer camino me he sentido ligera, pero por el efecto de las drogas, porque me he encontrado drogas que aliviaban mi dolor y me devolvían a la realidad de manera brusca, herida, más desprotegida. Entonces he buscado desesperadamente a ese alguien que me salvara la vida, pero los malvados me la han robado y he sentido como me desangraba.

Pese a creer estar muerta he podido tomar otro camino, y al final de ese camino me esperaba una fiesta sorpresa presidida por un cartel que decía: “Enhorabuena, lo has conseguido”. Estaba tan confusa que creía ser objeto de una broma macabra, pero algunas personas me han explicado que había resucitado, que tenía otra oportunidad y alguien muy sensato me ha susurrado al oído que estaba soñando.


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