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Mi casa es la tuya

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Entre los comentarios sobre las casas de cada uno (la mía tiene patio, yo me puedo salir a la terraza, mi jardín ahora es un tesoro, yo piso, me asomo a la ventana…), y la afición por ver programas de decoración estos días de confiamiento, mucho había tardado yo en soñar con casas.

Esta noche he visitado a unos vecinos (en sueños) y me han contado que van a ver casas porque se van a mudar.

-¡Yo también me mudo!

Como si fuera fácil y agradable. No sabéis la “peoná”. Porque ir a ver casas ha sido agotador. He tenido que andar kilómetros de una a otra, y me perdía y no encontraba la dirección. ¡Qué de vueltas he dado! De hecho estoy escribiendo este sueño desde el sofá, agotada.

Además en los intervalos kilométricos entre una visita y otra me iba encontrando gente que me entretenía: “una profesora del colegio, un compañero de la facultad”.

-Dejadme por favor, que no llego.

Todos me quiere contar su vida. En fin, al final he visto algo; casas con jardín, pero feísimas, todas con paredes desconchadas y cocinas sucias. Creo que tengo que dejar de ver a “Los gemelos decoran dos veces”, “Tú ensucia que yo limpio, “Las casas más lujosas de Estados Unidos”… yo creía que eran programas que me relajaban pero va a ser que no.


Mi primo Javier

 

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Tengo sueños recurrentes. Sueño con el miedo que toma forma, y con el agua que a veces me ahoga y otras me devuelve la vida. Sueño con serpientes, y con casas y pasillos interminables, de manera recurrente.

También hay personas que aparecen y desaparecen en mis sueños y uno de ellos es mi primo Javier. Curioso, teniendo en cuenta que en nuestra edad adulta hemos coincidido en contadas ocasiones. Vive fuera de España y en los últimos años, muchos, puedo contar con los dedos de una mano las veces en las que hemos hablado.

Pero aparece de manera intermitente en mis sueños, siempre para calmarme. Pocas conversaciones recuerdo haber tenido con él en estos encuentros. La última vez que nos vimos me contó como le había fabricado a sus hijas mayores unas cunas de madera. Y cuando rememoro estas conversaciones de manera consciente lo visualizo a él con una voz calmada, con un tono casi susurrante. Por esa razón quizás mi subconsciente ha guardado su recuerdo como un recurso al que acudir cuando en una de mis pesadillas necesito calma. Curioso.

Cuando era pequeña tenía auténtica devoción por su hermano mayor, mi poeta favorito, por lo que aparece Javier en mis recuerdos en un segundo plano, allí, siempre calmado. Y yo, que aspiro más a la tranquilidad que a la felicidad, debo tener muy bien aleccionado a mi subconsciente, que me lo trae de vuelta cuando, en mis sueños, necesito alguien que me ponga la mano en el hombro y me diga: “Tranquila”. Así ha sido la última vez.

Querido Javier, te tengo muy presente. Curioso que haya escrito este sueño escuchando fados.

 


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