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Rituales nocturnos

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Son los momentos más felices del día. Esos últimos momentos en los que faltan apenas minutos para dar por cerrada la consciencia, la consciente, porque la otra es cuando empieza a funcionar.

Y yo la dejo, pero no de golpe. La acomodo metida en la cama, con un libro abierto; lectura placentera en la que me sumerjo hasta quedarme casi dormida. Y aunque estoy consciente para tomar conciencia de lo que estoy leyendo, llega un momento en que las letras cambian de sentido. Si estoy leyendo sobre una pareja que hace el amor en un hotel de Tokio, y el autor me describe el albornoz de la chica, mi mente no registra el blanco del albornoz sino un paseo en bicicleta. Y si es Sócrates quien discute con Polo sobre si la retórica es arte o persuasión, yo ya no visualizo esa escena, guiño los ojos y las palabras escritas por Platón las registro como un niño subiendo unas escaleras.

Son preludios de lo que voy a soñar, quizás, la inconsciencia se abre paso entre la consciencia, y yo todavía soy lo suficientemente consciente para darme cuenta, para intentar leer un par de párrafos más, para fijar la vista.

Es en ese momento cuando decido, conscientemente, tener un último ritual: cerrar el libro, colocarlo cuidadosamente en mi mesita de noche y apagar la lamparita que, una vez apagada, emite una luz fluorescente muy tenue durante dos segundos. Yo la sigo mirando durante esos dos segundos y sólo cuando ya no la veo, estoy totalmente a oscuras, decido cerrar los ojos, acomodarme en la almohada y ahora sí, dejar paso a esos sueños que posteriormente os voy a contar.

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Me han disparado

Esta noche me han disparado, todavía siento la presión en el cuello, bordeando, sin llegar, a la clavícula. Porque eso es lo que he sentido, una presión, nada de dolor.

Me encontraba cenando en un restaurante y, el señor de la mesa de al lado se ha dado la vuelta y, con una pistola (silenciador incluido), me ha disparado. Veo la bala (soy la herida pero también la testigo de los acontecimientos) y noto la presión. Me comenta este señor, elegante, unos cincuenta, que en poco tiempo comenzaré a sentirme mal y quizás pierda la conciencia. Pero por el momento sólo siento la presión, puedo hablar con él tranquilamente y le agradezco que el disparo no me haya hecho daño; tengo un miedo atroz al dolor.

No sé si la ambulancia ha llegado a tiempo, creo recordar luces y sirenas, pero he sentido que perdía la conciencia, o más bien que la recobraba porque es en ese momento cuando me he despertado.


Tener conciencia

Tener conciencia de ser.

Que papelón.


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