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¿Vacuna o droga?

Ayer os comenté que os iba a contar una pesadilla que he tenido. Los escenarios varios; una discoteca, una urbanización residencial, un laboratorio. Y como aderezo la obsesión de mi subconsciente con “28 días después”. De verdad, qué insistente.

En mi sueño han descubierto una vacuna para el coronavirus. ¡¡Bieeeeen!! Pero un científico y yo nos damos cuenta que los efectos secundarios son horribles. Estamos con un niño que empieza a notar picores insoportables en los ojos, su cara cada vez más roja y el comportamiento errático. Bueno, el comportamiento tipo zombi caníbal. Lo vamos persiguiendo por una urbanización para que no muerda a nadie. Por cierto que nadie nos hace caso, nadie se cree que la vacuna es tan peligrosa.

Nos vamos a un laboratorio para intentar robar la vacuna y allí nos damos cuenta de que hay personas a las que les hace el efecto zombi y a otros les afecta como si hubieran tomado alguna setita. Hemos visto a dos compis del laboratorio drogados y muertos de risa. Los perseguimos a una discoteca a la que se van corriendo y les intentamos hacer ver los peligros de la nueva vacuna, pero ellos pasan, están felices, bailando los “Colores” de JBalvin.

¿Y si nos arriesgamos y la probamos?


Potitos para el fin del mundo

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Entre que estoy viendo “Hunters”, una lucha entre nazis y judíos con tintes surrealistas, y el coronavirus, esta noche mis sueños han adquirido tintes apocalípticos.

Me he trasladado a un futuro espero no muy lejano, en el que salimos de casa progresivamente. Y me cito con mis amigas, esas que tienen una connotación clandestina (este guiño lo dejo para ellas, que saben a quiénes me refiero), para aprovisionarnos de potitos. Porque, aunque nuestros hijos ya están creciditos, reconocemos todas en el sueño que les seguimos dando potitos de frutas, ternera con verduras (mi preferido) y de arroz con pollo. Pero sólo le damos eso, porque ya no cocinamos.

El sueño se complica cuando comienzan a copiarnos y hay escasez de potitos. Crisis mundial. Aunque yo me hago con una partida ilegal y quedo con ellas para repartirlos. A todo esto han secuestrado a mi hija Martina, pero yo primero me tengo que centrar en repartir. Una vez que hemos terminado, armadas con carritos de bebé llenos hasta la bandera del alimento preciado, nos vamos a buscar a Martina.

Parece ser que unos nazis disfrazados de curas se la han llevado a un convento con muy buena fama; es un lugar que hace obras sociales, pero nosotras ya sabemos que es una tapadera. La cosa se pone sangrienta, porque ya no sólo vamos con nuestros carritos de bebé, ya tenemos cuchillos y pistolas con silenciadores (¿?). En fin, no hemos dejado títere con cabeza.

Martina bien, gracias, y los potitos intactos.


Nunca me gustó la palabra cuarentena

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Mucho se ha escrito sobre la cuarentena que estamos viviendo; algo desconocido que dos días antes (literal) no podíamos ni imaginar. Y a mí no me gusta dar consejos, ni tengo mucho arte para hacer bromas y menos me gusta meterme en discursos políticos porque no tengo alma de “cuñao”. Ya votaré o no en las siguientes elecciones, si me dejan salir de casa.

¿Entonces qué creéis que os voy a contar sobre la cuarentena? Una pequeña reflexión sobre mi experiencia, como siempre con el afán de entretener, un relato. Nada de lecciones, ni reflexiones morales, que no es mi campo ni lo pretendo. Si acaso que os sintáis identificados, o no. Soy el humilde bufón de la corte, el que con creatividad evadía de las preocupaciones de la guerra. Tengo claro cuál es mi vocación; soy la escriba y, aunque a veces nuestro afán parezca trivial, yo estoy muy orgulloso de él. Es vital.

Me ha ocurrido algo curioso estos quince días que llevo sin salir de casa, que no desconectada. Y es que he reflexionado sobre dos cosas sobre las que ya reflexionaba antes del encierro: el presente y el miedo. Me he dado cuenta de que estos días no me han cambiado. He oído hablar mucho de eso, de que esta situación nos va a cambiar como sociedad. Sin identificarme en absoluto con las personas afectadas por el coronavirus (enfermos, fallecidos y familias), y los profesionales que están al pie del cañón, que a ellos sí que les va a cambiar esta experiencia, yo sigo batallando con las mismas preocupaciones.

Con las mismas despreocupaciones, debo decir, porque llevo entrenándome bastante tiempo para vivir sin miedo y anclarme en el presente. Lo conseguí hace un año, por lo que ahora lo puedo poner en práctica sin forzar demasiado.

Me preocupo, pero no tengo miedo, porque el miedo es mirar a mañana y yo ya no hago eso. Incluso he tenido la tentación de no escribir esta reflexión hasta que no acabe la situación, pero estaría haciendo trampa. Es hoy, y no tengo miedo, y no voy a tentar a la suerte porque lo escriba. Mañana si pasa algo, se afrontará.

Soy una privilegiada debo decir; por ahora no nos encontramos mal ningún miembro de la familia, estoy trabajando como nunca, escribiendo muchísimo, riéndome también con algunas ocurrencias referentes al confinamiento, me van ustedes a permitir. Por Dios, si incluso puedo echar un polvo de vez en cuando.

Como digo, una no está exenta de preocupaciones, ni de malos ratos, pero me los producen las mismas cosas que antes del encierro. Mis  hijos son mi talón de Aquiles, os he de confesar.

Será por ese anclaje al presente que conseguí por fin hace tiempo, será porque ya trabajaba desde casa y estoy acostumbrada a llevar unas rutinas dentro (fuera pijama tempranito por la mañana), el caso es que por ahora esta experiencia no me ha cambiado. Mañana, no sé lo que pasará.

 


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