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Érase una vez

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¿No empiezan así todos los cuentos?

Érase una vez una niña muy pizpireta que de tanto pizpiratear se quedó turuleta. Andaba esa niña de puntillas, porque a cada paso que daba se le escapaban por los pies estelas de colores que se enmarañaban.

Eran estelas azules y violetas, rojas y a veces negras. Le daba miedo a la niña pizpireta dejar escapar tantos colores de su cuerpecillo, cada vez más delgado por quedarse sin estelas.

Hasta que fue descubriendo que los colores, aunque rebeldes y huidizos, la acompañaban. Se acostumbró a su externa presencia y comenzó a jugar con ellos. Los convirtió en palabras; con la A del azul y la R del rojo bien atados a su cintura la niña llegó a liberar incluso estelas de colores fluorescentes, y trenzó las cuerdas de colores y compuso, desmadejando colores, cuentos y relatos. Ya no andaba de puntillas, para cogerlos al vuelo saltaba.

La niña creció y pasó de ser pizpireta a curiosa e inquieta. Desenredados los hilos de colores tejió su propia historia y, mezclando colores, tuvo a sus hijos, que van andando torpemente de puntillas porque todavía no se han acostumbrados a sus estelas.

La mujer curiosa e inquieta vive en el centro de sus hilos de colores, estelas que se desordenan con mucha facilidad, tanto que a veces la hacen tropezar.

Pero ella, con la paciencia que le ha otorgado el oficio, sigue desmadejando cuerdas, y las convierte en palabras y se las ata con empeño en la cintura, para quedar justo en medio de ellas y, cuando llegue el momento de la despedida, utilizarlas para coger impulso y entonces saltar, saltar.

 

 

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La pequeña ciudad VII

pequeña ciudad

Mateo me ha visitado esta noche después de tanto tiempo, me ha regañado. Dice que tengo muy abandonada la pequeña ciudad. Yo le he explicado que no tengo demasiado tiempo para atenderla, y se ha ido triste.

Tiene razón, tengo que buscar tiempo para seguir construyendo junto a él la ciudad, y ordenar su casa, y regalarle libros, para que él pueda seguir contándole cuentos a los niños que allí viven.

SUEÑOS RELACIONADOS:

– Categoría “La pequeña ciudad”.


La casa de los libros

En la casa de los libros, cuando todos duermen, los libros susurran cuentos.


Los sueños se rebelan

No suelo buscar explicación alguna a los sueños que tengo; son disparatados, frecuentes… estoy acostumbrada. Prefiero contároslos, darle la vuelta, en todo caso dotarlos de algún sentido, pero no me pregunto el porqué. Pero en ocasiones sueño con muchas personas a las que conozco, que no se conocen entre ellas, pero en mis sueños se adentran en mi memoria como grandes amigos, como colegas de toda la vida. Mezclo amigos de aquí y allá y aparecen en mi cabeza con descaro, y sí que me pregunto el porqué. ¿Por qué actúan ajenos casi a mi conciencia? Parece que aprovechan que los sueño para relacionarse, para hacer sus planes a mis espaldas, ya que de otra manera nunca se van a conocer, en el mundo real…

Y yo intento dirigirlos como si se tratara de los personajes de mis cuentos, pero no me hacen caso, se bastan y se sobran entre ellos y me siento utilizada. ¿Por qué se sientan alrededor de una mesa y se comportan como sordos y mudos ante mi presencia? Yo me convierto en un ser pequeño, pero debería ser el más grande, porque les doy cabida en mis sueños, y ellos no me miran, ni me hablan, ni me escuchan. ¿Por qué?


Azul Francia

No debes cantar victoria sólo porque se te haya ocurrido una idea fascinante. Una buena historia no es un momento en el que estás eufórico, tienes un pantalón y un jersey de cuello alto negro, ya sabes, te sientes intelectual, y el ambiente es propicio porque el folio blanco te sugiere poesía y tienes una bonita pluma. Lo que quiero decirte es que no me puedes venir con ese optimismo de dos días y decirme que tienes una idea. No me importan nada tu idea, tus libros o tus cuentos. Yo no tengo nada que ver con eso, a mí me gustan tus ojos.

No te vuelvas loco, ¿vale? No malgastes tu vida en idioteces, ambigüedades, sueños, estupideces y más sueños, y vuelves locos a los que tienes a tu alrededor y música y jerséis de cuello alto negro, libros, tinta verde, viajes, papel reciclado, inspiración, Londres, una historia, mil cuentos.

Intentarlo es como divisar una noria con luces de colores que da vueltas sin parar. Tú la contemplas desde un noveno piso -el nueve es un número que me gusta-, no te tires a por ella, no la vas a alcanzar. ¿Entiendes? Es un espejismo. Yo una vez lo intenté y me quebré los huesos. ¿Sabes? Una persona joven también puede romperse. A mí me ha pasado, yo soy joven y estoy rota. Todo por una absurda noria de colores. Mira, busca tu seguridad. Sé bueno, no hay nada malo en dejar de ser idealista, aunque no hayas cumplido los treinta. Es mejor eso a andar retorciéndose los pies.

No podemos volar, ese es un privilegio que no tenemos. Sólo los chicos de goma consiguen llegar a la noria y entre vueltas y vueltas se mezclan con tus sueños, la tinta verde, el guión, la belleza, dan volteretas como en el circo y te observan burlones, a ti que te encuentras en el noveno piso, y se ríen, a carcajadas. Siguen dando vueltas entre luces, cada vez más rápido. Te están llamando. ¡Tápate los oídos! Es una trampa.

Pero nunca sabrás que existe una noria, porque nunca te lo voy a contar, sé que no tengo la valentía suficiente. Para ti no hay un noveno piso, tú todavía piensas en fabricarte unas alas, fuertes. Vives solo, estás solo, estás conmigo. Rodeado de amigos que no quieren alas. Me gusta tu fragilidad (te imagino escurriéndote por un reloj de arena); inseguro, con la equivocación de mirar siempre hacia abajo. Rasgos perfilados, tu mirada es intensa…

***

No es amor. Me gustaría apenas rozarte con las yemas de los dedos y besarte, pero despacio. Perfilar tus labios con las yemas de los dedos y besarte. Acercar tus manos grandes a mi cara pequeña, me gustaría que me protegieras y me llevaras contigo al mar, allí donde pueda ver a través de tus ojos, azules, y besarlos despacio, despacio.

 

Miro el reloj, es la hora justa para que deje de existir el mar.

 

***

 

AHORA SÉ QUE NO IMPORTAN LAS VECES QUE TE ROMPAS LOS HUESOS, MERECE LA PENA SEGUIR INTENTANDO FABRICAR ALAS DE ÁNGELES… Y VOLAR.

***


La pequeña ciudad IV

Ahora Mateo se dedica a cuidar de los niños de los habitantes de la pequeña ciudad. Como siguen muy atareados subidos a sus lianas y construyendo sus casas, no tienen tiempo para leerles cuentos a sus pequeños. Todas las tardes, justo a la hora del té, los pequeños se dirigen a casa del contador de cuentos, que les espera es su casa a medio terminar, y que no estará lista hasta que todas las historias sean contadas.

Cada noche, cuando Mateo recoge sus libros de cuentos y los coloca en la librería, observa que su casa está más completa. Hay más sombras, más juegos de luz, las paredes están pintadas, y cada vez tiene más libros. Sus fotos están enmarcadas. Soy yo la que completa su casa, y su vida y sus cuentos, pero él no lo sabe. Cree que es magia. Quizás tenga razón.

Sueños relacionados:

Categoría La Pequeña Ciudad.

 


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