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La nada

Hoy me he despertado sin recordar lo que había soñado. Nada alarmante, porque no es la primera vez ni será la última. Pero en esta ocasión tenía un amargo sabor de boca (en el sentido figurado) que no me ha dejado tranquila. Y de tanto pensar, que es por lo que me suele doler la cabeza a menudo, he recordado.

Esta noche me han intentado borrar la memoria. Pero no lo han conseguido; ya os dije en alguna ocasión que no se me olvida nada. Y como he conseguido recordar a quiénes querían que no recordara, las palabras fluyen.

Me ha intentado borrar la memoria áquel con el que me encontré una vez, y la que me insultó a la cara. También han aparecido para ayudarles los indiferentes. Todos ellos me agarraban mientras el demonio intentaba ponerme una inyección en la cabeza que contenía la nada.

No ha debido de atinar muy bien porque sigo nadando entre todas las palabras.

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La pequeña ciudad II

Había un hombre triste en la pequeña ciudad, porque no sabía utilizar las lianas que había colgadas por todas partes. Y al no tener la suficiente habilidad, nada podía hacer para ayudar a sus vecinos a terminar de construir la pequeña ciudad.

Andaba el pequeño hombre triste taciturno por las calles a medio hacer. A veces se le iluminaba la cara al cruzarse con algún amigo que parecía necesitar ayuda:

–          ¿Quieres que pinte la fachada de tu casa?

–          Sí, sería genial que te subieras a una liana y pintaras el tejado de mi casa.

–          Lo siento, no puedo subirme a la liana.

–          Entonces déjalo, ya me ocupo yo de pintar el tejado de mi casa.

Apesadumbrado seguía deambulando el hombrecito por la pequeña ciudad. Esquivando a los hombres voladores que parecían querer atropellarle a propósito con sus lianas. O al menos eso es lo que pensaba él. Yo, que los observo desde otra perspectiva, creo que están demasiado ocupados para jugar a los atropellos. Pero me conmueve la melancolía del pequeño hombre triste. Se llama Mateo, y me mira suplicante. Yo sé lo que quiere; le gustaría salir de la pequeña ciudad, y recorrer libre algunos de los rincones de mi mente. Yo creo que es peligroso, porque puede perderse en algún lugar demasiado triste u oscuro. Como en aquel recuerdo en el que se me apareció el demonio y me sumergí en una oscuridad total. No creo que él sólo pudiera salir de ese “rinconcito” tan negro.

Mateo me sigue mirando y me pide que le acompañe. No puedo negarme; realmente no tengo otra cosa mejor que hacer, tengo toda la noche por delante. Cuando me convierto en diminuta le cojo de la mano, y juntos nos adentramos en otras pequeñas ciudades construidas a base de recuerdos, y de sueños.

Sueños relacionados:

La pequeña ciudad.

Más cerca de Orión de lo que creemos.


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