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Esas almas ahí, donde los libros se venden

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Hace unas semanas pasé una larga noche llorando (insomnio, a veces) por todas esas personas olvidadas que nacen casi sin testigos, que sin testigos pasan los pocos años que viven y que mueren a veces dolorosamente sin apenas testigos. Las lágrimas eran más gruesas cuando pensaba en niños que lloraban todavía sin conciencia y nadie los podía escuchar. Yo no los escuchaba porque no había acaso nacido.

Y hace dos noches, leyendo a Javier Marías descubrí un párrafo en el que definía a la perfección el tránsito de esas almas por este mundo, me sentí un poco reconfortada quizás por la empatía:

“(…) Y qué, si no hubiera nacido, eso dije antes. Hay demasiados que nacen y es como si no hubieran alcanzado ni atravesado jamás el mundo; son tan pocos de los que queda memoria o registro y hay tantos que se difuminan y despiden pronto como si la tierra careciera de tiempo para asistir a sus afanes y a sus fracasos o logros o hubiera urgencia por deshacerse de sus alientos y de sus voluntades aún incipientes, el esfuerzo baldío y los pasos diminutos sin huella o sólo para el recuerdo hiriente de quien se molestó en enseñarlos y cometió el error o el atrevimiento y realizó el esfuerzo de gestar y de imaginar un rostro y de tener esperanza, y así son como un lujo costoso y superfluo que se expulsa de la vida en seguida como si fuera humo y ni siquiera se deja poner a prueba porque ni la historia ni el tiempo los reclaman ni los solicitan. Y qué, si no hubiera nacido nunca nadie. Tampoco habría muerto nunca nadie y no estarían los cuentos que incesantemente se cuentan llenos de horrores y azares y agravios, y de salvaciones temporales y definitivas condenas”.

Fragmento de “Negra espalda del tiempo”, Ed. Alfaguara.

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Gaza, mea culpa.

Por algo habré soñado con Gaza, igual que sueño con sentimientos externos, situaciones que no he vivido, vidas que sólo sueño. Esta noche me he trasladado a Gaza, andaba por esas calles que sólo imagino, y las imagino marrones y grises, con olor a pólvora, porque no sé, ni siquiera mi subconsciente me lo puede decir, cómo huelen las bombas.

Y andaba por las calles de Gaza como una mujer ingenua que soy, tarareando una canción, creyendo que el susurro de mis notas musicales podrían quizás paliar el olor y el color marrón. Pero la realidad, la soñada, me ha hecho reaccionar, la canción no sirve de nada. Así que me he rendido y me he dado la vuelta con los brazos en cruz, y he muerto, acribillada.

Normalmente cuando sueño, aunque sean situaciones lejanas y muy distantes de ser reales alguna vez, me despierto como si lo hubiera vivido de verdad. A veces me despierto llorando y, muchas otras, me duermo en lo alto de una montaña, y siento de  verdad que no estoy en mi cama, sino al borde de un acantilado. Pero después de haber estado en Gaza, no he sentido nada. Por más que he recordado la imagen de mi cuerpo lleno de metralla, no he sentido nada.  Lo he evocado a cámara lenta, quizás porque mi mente está tan “contaminada” que recordaba la imagen de Willem Dafoe en la escena final de “Platoon”. Mi muerte como algo épico, hasta visualmente atractivo.

Le he dado muchas vueltas y la razón de no haber sentido la angustia que debería, de que ni siquiera mi subconsciente me haya enviado esa alerta, es la falta de empatía. Cuando veo las imágenes de niños a punto de ser enterrados en Gaza vuelvo la cabeza, literalmente. Cuando veo imágenes del conflicto suelo soltar alguna palabrota, literalmente. Pero después vuelvo a mi rutina, escribo, recojo a mis hijas del colegio y, si no quieren merendar, les digo, como una frase aprendida y ya sin sentido, “comeros todo que hay niños que se mueren de hambre”. Lo digo como una frase manida, igual que “da las gracias” o “apaga la luz de tu cuarto al salir”. Les digo “tenéis mucha suerte de vivir donde vivís” mientras negocio con ellas si hoy tocan galletas de chocolate o dibujos animados.

Sirvan estas letras no para que queden como un recurrente literario en el blog, no para concienciar a nadie, sirvan estas letras para acusarme: No soy capaz de sentir empatía por lo que está ocurriendo en Gaza.


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