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Pesadilla apocalíptica

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Dos cosas recurrentes me ocurren cuando tengo una pesadilla. Siento escalofríos en la espalda y, cuando quiero pedir auxilio, me quedo sin voz. ¿Os suena?

Esta noche he tenido una pesadilla y me han ocurrido las dos cosas. Suerte que no me gustan las películas de terror, porque con lo que sueño tengo suficiente.

La pesadilla ha comenzado cuando ha llamado mi hermano Juan a la puerta y al abrir lo he notado raro. Muy nervioso, riéndose a carcajadas sin venir a cuento y contándome que tiene fiebre, tiene frío, tiene calor y que ha dejado a mis hijos solos en el parque. Cada vez está más excitado hasta que me confiesa que le han contagiado un virus mortal.

Mi subconsciente se ha acordado de la película “28 días después”, maravilloso precedente de “The walkind dead” en el que casi todos los habitantes de Londres se han convertido en zombis. Ahora no hay zombis, hay locos sueltos, y mi hermano cada vez se muestra más agresivo. ¿Qué hacer? Le cierro la puerta en las narices; ¿me escapo por la puerta de atrás para recoger a los niños? ¿Me quedo en casa para estar segura del virus? ¿Me llevo a los niños en coche muy lejos? ¿Paro a repostar gasolina? ¿Estarán contagiados los de la gasolinera? ¿Compro comida y vuelvo a casa? ¿Llamo a la policía? ¿Estarán los niños contagiados ya?

Mi hermano se da cabezazos contra la puerta, y yo quiero pedir ayuda; pedir ayuda a alguien que me rescate de mi propia pesadilla. Pero no consigo articular palabra, no tengo voz. Intento gritar pero no puedo.

De todas formas he conseguido despertar a toda la casa; sí que estaba gritando, menos mal que me han despertado. Aunque no he podido evitar sentir el escalofrío en la espalda, mi hija pequeña ha aparecido por detrás.

 

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La casa del árbol

arbolLa casa del árbol con la que he soñado esta noche es una casa construida en un árbol, pero tan grandes, la casa y el árbol, que hay pasillos incrustados en la roca, estancias suspendidas en el cielo.

En la casa del árbol viven dos niños gemelos, niño y niña, y yo a veces soy el niño y otras la niña. En otras ocasiones soy la testigo soñadora que los ayuda. En la casa del árbol viven también los padres de los gemelos. Mamá es una princesa, papá un malvado príncipe al que todos tememos.

Después de que el malvado príncipe mate a su esposa, los niños tienen que escapar montados en un globo. El globo está hecho de hojas y ramajes, y gracias a que yo soplo con la fuerza de un gigante, se eleva por el árbol, por la roca, por los pasillos y estancias que suben al cielo.

Mi subconsciente ha dado un salto en el tiempo; unos treinta años después hemos visitado la casa del árbol, justo después de que el malvado padre haya muerto viejo y decrépito. Soy uno de los gemelos. Estamos recorriendo las habitaciones cuando un escalofrío en forma de mujer roza mi espalda. He podido ver a la princesa, cambiada, más mayor. No he podido averiguar si es un fantasma, un espejismo o es que ella ha vuelto a la casa del árbol porque nunca murió. El escalofrío me ha despertado antes de descubrir qué ocurrió.

 


Ese escalofrío en la espalda

Esta noche me he trasladado a casa de mis padres, volando imagino. Me he ido a un cuarto pequeñito que ya no existe a escribir y he dejado a mi bebé en un parque en una habitación más grande, cerca. Es de noche, todas las puertas están abiertas porque hace calor.

Y yo escribo, pero oigo un ruido, las puertas están todas cerradas. Se han cerrado, todas, puertas y ventanas de una sola vez. No parece que haya sido el viento, no hace viento. Y, cuando me voy a incorporar para comprobar lo que ha ocurrido, el bebé aparece en el cuarto pequeñito. Es imposible que haya salido solo del parque, por lo que me empiezo a asustar.

Hay un intervalo de uno o dos segundos en los que tienes que decidir si es mejor quedarte encerrada en el pequeño cuarto, salir corriendo de la casa con el bebé en brazos o no hacer nada porque en realidad no ha pasado nada; puede que las puertas se hayan cerrado por un golpe de aire y el bebé haya aprendido a salirse solo del parque.

Pero notas presencia ajena y tu cuerpo se mueve a cámara lenta; lento es el escalofrío que sube por tu espalda.


Fiebre

fiebre

Cuando uno tiene fiebre sueña con tiburones. Y se encierra con ellos en una presa (por llamar a un espacio indefinible de alguna manera) para luego intentar salir de allí sin un rasguño. Cuando uno tiene fiebre se despierta con facilidad, y cuando vuelve el sueño los tiburones te persiguen. Se trata de nadar más rápido que ellos, imposible en realidad, pero posible en mis sueños. Escapo y me vuelvo a despertar.

Será la fiebre, pero los tiburones me empiezan a caer mejor. Me gusta la sensación de escalofrío que me provoca sumergirme en el agua y verlos, sentirlos, nadar bajo mis pies.


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