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Una historia de terror

sangre

Cuando sueño, las imágenes me cuentan lo que estoy soñando. Pero hay algunos matices, alguna información, que me susurra al oído mi subconsciente. Por eso sé que esta noche el panorama que vislumbraba pertenecía a una sociedad no en descomposición, si no componiéndose de nuevo, y no después de una guerra, o una invasión extraterrestre si no después de una hecatombe que nadie consigue explicar. Eso no lo podía saber sólo con observar sangre y destrucción, eso me lo ha contado mi subconsciente mientras trataba de escapar de una casa donde nos intentan asesinar.

Yo soy un hombre de unos cincuenta años (eso sí lo sé por lo que observo), que formo una pareja necesaria con otro hombre de unos veintitantos. Nos ha unido nuestro intento de salir de la casa con vida, está claro que no tenemos nada más en común y que yo, hombre A, soy la cabeza pensante mientras que mi compañero, hombre B, va a mi zaga.

En esta sociedad extraña hay un grupo de salvajes que matan sin piedad. No son zombis, ni alienígenas ni tienen un virus, son simplemente salvajes que han estado a punto de acabar con nuestro mundo. Ahora, y eso me lo cuenta mi subconsciente también, son un reducto que vive a las afueras de las ciudades; por eso sé que tenemos escapatoria, y que podemos acudir a otro lugar para estar a salvo.

Hombre B es más fuerte que yo, por eso carga con un adolescente herido de muerte mientras corremos por una carretera. El chico sangra mucho, tiene un agujero en el brazo. Cuando llegamos a la ciudad (imágenes con más asfalto y luces de neón) nos encontramos con un grupo de jóvenes que escuchan música ajenos a los peligros. Y ajenos a nosotros; no nos ayudan, eso me sorprende, parece que se han enfrentado con los salvajes en demasiadas ocasiones y ahora sólo quieren escuchar música.

Andamos, corremos, sangramos y nunca estamos a salvo. Cuando los salvajes están a punto de darnos caza, un coche conducido por una mujer sale a nuestro encuentro. Ahora soy hombre B, y consigo entrar con el chico herido de muerte. Hombre A es alcanzado por ellos; mientras nos alejamos en el coche, a salvo, pienso qué le ocurrirá a hombre A, he visto cómo le han quitado sus gafas; jugarán con él y luego lo matarán.


Invasión

invasión

No he soñado con una invasión extraterrestre esta vez, pero la hubiera preferido a lo que me ha ocurrido esta noche en mi sueño. Ha sido una invasión cumpleañera. Sí, sí, del término “cumpleaños feliz”. Me han invadido una serie de seres obsesivos-compulsivos-cumpleañeros que me han hecho pasar tan mal rato, que todavía se proyectan en mi mente imágenes en color fucsia y celeste.

Imagináos que os encontráis en vuestra preciosa casa (es un sueño y la casa está preciosa, ni un vestigio de las últimas vacaciones de Navidad). Todo está en orden, milimétricamente colocado, no en diagonal, si no en vertical. Es decir, que los cojines y las alfombras parecen más un plano que el atrezzo de una casa en sí. ¿Os lo imagináis? Yo sí porque no soy obsesiva-cumpleañera pero sí obsesiva-ordenatodo.

Salgo un momento a observar el jardín, perfecto, cada brizna de césped tiesa al son de mi imaginación, cada piedrecita blanca resaltando, casi brillando diría yo. Y vuelvo a entrar en el paraíso del orden cuando… en mi casa hay como cincuenta personas (entre niños y adultos) celebrando un cumpleaños. Se han equivocado de casa, el cumpleaños es en otro sitio, pero no puedo alzar mi voz sobre el griterío que hay formado para advertirles. Los niños saltan por las escaleras y se cuelgan de las lámparas, y los adultos parecen haber realizado una competición sobre quién ha traído más comida y más inapropiada. Después de probar un guiso de nosequé me voy al baño a vomitar… pero en la puerta me espera alguien que quiere que pruebe una tarta de menta.

Hoy no he podido desayunar, ya es medio día y todavía no he podido probar mi sagrado café. Hijos de mala madre los cumpleañeros invasores.


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