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Me aturde

ojos

Ayer estuve observando a mi hijo pequeño mientras dormía la siesta. Mientras lo acariciaba se me ocurrían algunos encuadres y hashtags para publicar en Instagram. Pero sólo pensarlo (y no es que lo haga de vez en cuando) me provocó cierta punzada en el estómago. Es que coger el móvil me aturde. Y creí que era mejor seguir observándolo, deleitarme en su respiración.

Trabajo con redes sociales para dos agencias de comunicación (me encanta, fomenta mi creatividad, estoy todo el día alerta); el móvil me sirve para estar en permanente contacto con mis clientes y para que no se me escape nada, estar totalmente al día de novedades de cada una de las empresas que llevo. Pero la pantalla del móvil me aturde, se me duerme la mano si estoy más de cinco minutos buscando info.

Utilizo el ordenador, un portátil, pero con el móvil al lado, y muchas veces vuelco publicaciones en Facebook y Twitter desde el móvil, o una Tablet muy mona que me compré hace unos meses. Pero la pantalla de la Tablet me aturde. Nada de Netflix ni Amazon Prime desde la pantalla de mi Tablet; tengo que ver “mis” series desde la tele. Es que me aturde.

Instagram desde luego desde el móvil, ¿cómo si no? Me gusta lo que hago con las empresas que llevo, y me gusta mi perfil de Instagram. Me gustan las fotos que vuelco, pero el móvil me aturde.

Este artículo (y tantos otros), que escribo tranquilamente desde el ordenador, lo voy a compartir con vosotros en Facebook y Twitter, y a muchos os lo envío por whatsapp; es la única manera, me comentáis, de que lo leáis. Pero una vez hecho todo esto, dejo el móvil hasta por la tarde… es que me aturde.

No hablo de comunicar todo por redes o de escribir online, que viene siendo mi trabajo desde hace años, me refiero a la pantalla, que me aturde. Necesito el papel en los libros por ejemplo. No puedo renunciar al papel, no puedo leer ni por EBook. Me aturdo. Pero por supuesto LOLA Y EL DRAGÓN también tiene versión Kindle, que no se trata de ir en contra de los hábitos de lectura de nadie.

No creo que sea una cuestión generacional lo del aturdimiento mío. Mis hijas necesitan una dosis de pantalla diaria que yo intento siempre recortar. Pero lo mismo le ocurre a mi madre, que lee por Ebook y está rejuvenecida con un grupo de whatsapp de sus amigos de infancia.

Y a través de un grupo de whatsapp estoy en contacto con amigas que me dan la vida, repartidas por varios sitios de España y “parte del extranjero”. Otro grupo ha afianzado otra amistad que espero dure mucho tiempo. ¿Cómo renunciar a eso? Pero comenzar el día leyendo mensajes me aturde.

¿Y lo de compartir los momentos de siesta de mi hijo? ¿O una imagen de Martina leyendo el periódico como una persona mayor? ¿Y contároslo? ¿Y este blog? ¿Forma parte de ese ego que hemos sobre-desarrollado al compartirlo todo en redes o mi vocación de CONTAR como periodista? Una mezcla, aunque a veces me acuerdo de esa famosa frase de Umbral: “He venido aquí hablar de mi libro”. Y de mis cuentos, y mis artículos…

Cambiando de tema, ¿me hago un tatuaje en la yema del dedo?

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El asesino es el padre

Y Mónica y yo lo sabemos, pero no encontramos la forma de incriminarlo. Ha robado el móvil de su hija y utiliza sus fotos de Facebook para engañar a sus allegados y hacerles creer que está en una excursión. Si pudiéramos quitarle el móvil quizás podríamos demostrar que ella no envía los mensajes.

Temblando de miedo meto la mano en el bolsillo de su chaqueta, que se ha dejado un momento olvidada, y cojo el móvil. Se lo doy disimuladamente a Mónica. Pero inmediatamente nos damos cuenta de que con el teléfono en nuestro poder no podemos demostrar que el asesino es el padre. En todo caso podemos hacer notar que algo ha pasado, que la niña no está de excursión, pero si tenemos nosotras el móvil pareceremos culpables. Lo mejor será que lo devolvamos.

Cuidado, se acerca.


Semana de LOLA Y EL DRAGÓN

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Porque publicar este libro sí sería un sueño… no sé si disparatado.

Se acerca la celebración del Día del Libro y yo he querido sumarme a una fiesta tan bonita con la “Semana de Lola y el Dragón, libro que todavía no ha sido publicado pero que ya empieza a dejar huella en quiénes se asoman a conocerlo.

Por ahora habéis leído una introducción para conocer a Lola, esa niña soñadora a la que le falta una capa de piel, y la vida le duele más que a los demás. Sabéis que el dragón con el que vivió antes de nacer vuelve a su vida para ayudarle a recuperar el optimismo perdido.

Me gustaría proponeros algo, que os animéis a saber algo más de Lola y de Dragón Rojo visitando este enlace. Si a final de semana he llamado vuestra atención e interés con algunos dibujos, comentarios e incluso críticas de lo que os adelanto a continuación, desvelaré el siguiente capítulo de LOLA Y EL DRAGÓN. Las aventuras que vivan los dos, ésas, las dejo para cuando el libro se publique.

Podéis enviar vuestros comentarios y dibujos (y críticas) a los siguientes enlaces:

-Dirección de correo electrónico: cgm_1999@yahoo.com

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Twitter

Si alguna editorial está interesada en leer el manuscrito completo puede dirigirse a mi agencia literaria, Página Tres (http://www.paginatres.es/).

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CAPÍTULO I

 

Así es Lola. Lola es una niña de siete años muy expresiva que cuando habla lo hace con los ojos, las manos y con todos los músculos de su cuerpo. Lola es muy delgada; quizás la energía que gasta con cada palabra sea una de las razones por las que se pasea con esa silueta delicada. O, qué tontería, puede que sea delgada por constitución: tiene unos huesos muy flacuchos. Sí, esta observación parece rara porque no hay huesos “gordos”, pero es que los suyos son especialmente flacuchos. Y ese cuerpecito delgado, en contraste con la expresividad que desprende cuando habla, le otorga un aspecto contradictorio: a veces parece frágil, pero si se la observa más de cinco segundos seguidos (cinco, sí), se puede percibir en ella una gran fuerza.

“Huesos flacos” y “fuerte fragilidad”, así es Lola. Lola es una niña rubia, su pelo liso le llega justo por debajo de las orejas, dejando el cuello al aire para que su madre se lo pueda comer a besos. A Lola le encanta dibujar, y últimamente dibuja perfiles, como el suyo, de nariz respingona, finos labios y grandes ojos verdes. Lo que más gusta de Lola es su sonrisa, esa que exterioriza con toda la cara, con sus finos labios, sus grandes ojos verdes y esa preciosa nariz respingona. Así es Lola.

Pero hubo un tiempo en el que a Lola le costaba sonreír. Se esforzaba por enseñar sus pequeñitos dientes de leche, pero una tristeza más fuerte que ella había penetrado en su piel para quedarse a vivir en su corazón. ¡Ah!, el corazón de una niña de siete años que, demasiado pronto, había aprendido que este mundo es un camino de rosas y espinas, y las espinas por el momento no le dejaban ver bien las rosas. ¡Qué cosas! Así ha sido siempre Lola.

Un día, un día cualquiera, la pequeña le preguntó a su madre si era normal sentirse triste tantas veces al día. Mamá, con el mismo aspecto frágil que su hija, la escuchaba.

–        ­¡Mamá, mamaaaá, maaaami! Siempre estoy un poco triste porque creo que todo lo bueno se va a acabar.

–        ­Explícate porque a veces dices unas cosas…–, su madre hablaba con un tono despreocupado pero sabía perfectamente a lo que su hija se refería.

Y Lola se explicó: le contó a su madre que cuando se llevó la mascota del colegio a casa, lloró por la noche abrazada a ella por tener que devolverla al día siguiente. Y Lola se explicó: le contó a su madre que cuando iba a pasar el fin de semana a casa de sus abuelos sentía todo el tiempo un nudo en el estómago, pensando que el domingo llega muy pronto. Mamá sabía que Lola era demasiado consciente de esta situación; creía que a su hija le faltaba una capa de piel, y que por eso la vida le dolía más que a los demás.

Y sí, la falta de esa capa de piel había provocado que entrara en la mente de Lola el sentimiento de culpa, demasiado pronto para que su frágil cuerpecito lo pudiera soportar. Intentaba ver siempre el lado positivo de la vida, pero le costaba tanto que podría decirse que era de esas personas que ven el vaso medio vacío. Se definía como una niña pesimista y pensaba en cómo llenar la otra mitad del vaso, en cómo podría quizás resguardarse del frío que le provocaba tener una piel transparente.

Lola tuvo que aprender que la solución a sus problemas no residía en buscar más agua, sino en sacar partido a la cantidad con la que contaba. Para llegar a esta conclusión realizó un viaje muy especial, un viaje que le devolvió para siempre el optimismo y la felicidad y le hizo recordar que su vida había sido mucho más larga de lo que ella creía. Descubrió que antes de entrar en el vientre de su madre, siete años atrás, había vivido una existencia plena en un lugar lleno de magia; una magia que ella recupera para traerla de vuelta a nuestro mundo. Lola vuelve con su dragón.

 

CAPÍTULO II

 

 Y así empieza esta historia; la niña tristona viaja al lugar que había habitado antes de nacer, un lugar en el que todos hemos estado alguna vez, pero que olvidamos con el tiempo en algún rincón de nuestra memoria.

Una noche mientras dormía, Lola sintió que alguien la llamaba. No sabía si estaba soñando o se había despertado, porque al abrir los ojos vio que en su habitación, mirándola fijamente, había un dragón de color rojo y ojos verdes. La niña no se asustó, no sabe muy bien si porque aquel bicho, que se parecía mucho a los que había visto en sus libros de cuentos, le resultaba familiar, o porque al estar tan agachado por su gran tamaño no impresionaba demasiado. El cuarto de Lola era pequeño para semejante animal, y éste se encontraba hecho un ovillo; su pose le daba un aspecto realmente gracioso.

“¿Pero qué hará un dragón en mi cuarto?”, se preguntó. Se adivinaba cierta majestuosidad en aquel ser pese a su postura; tenía un par de alas replegadas a los lados, unas patas más bien pequeñas, y un bigote del mismo color que las escamas de su piel. “Habrá venido volando”, se dijo. Y en el instante en el que se disponía a preguntar, el dragón la interrumpió con la mirada y le dirigió sus primeras palabras:

–        ­Por tu cara de asombro veo que no me reconoces.

–        ­Entonces, ¿te conozco? Anda, y ¿quién eres?

–        ­Soy tu dragón.

–        ­Ya veo que eres un dragón, pero no sabía que tenía ninguno. Yo siempre he querido una mascota, pero mis padres no me dejan tener ni un pez en casa. ¿Cómo iba yo a tener un dragón? ¡Si eres muy grande!

–        ­¡Yo no soy ninguna mascota! ­–, rugió el animal. En realidad era el dolor y no el enfado lo que le hizo gritar tan alto, porque Lola no se acordaba de él.

Pasado el arrebato, el dragón le contó a Lola toda la verdad. Le quiso recordar como durante millones de años había vivido con él en un lugar nevado, enclavado en el cielo. Al principio la niña le rebatía todas sus explicaciones: “Eso es imposible porque yo tengo siete años”. Pero poco a poco su mente se fue abriendo. El dragón le habló del castillo de nubes que habían convertido en su hogar y ella se dio cuenta de que lo había dibujado igual en innumerables ocasiones. Además el dragón le recordó que en aquel lugar había una pista de patinaje a la que acudían casi a diario:

–        ­¡Por eso patino “súper estupendamente”! ¿Verdad? –, preguntó ya entusiasmada.

Con un nudo en la garganta el dragón llegó al final de su relato:

–        ­Una vez una chica algo perdida visitó nuestra casa y te quedaste totalmente hechizada con su presencia. Querías que fuera tu madre a toda costa, y tanto insististe, que comprendí que tenía que dejarte ir con ella. Así es cómo me olvidaste para siempre, aunque yo sigo protegiéndote y velando por ti. He vuelto porque sé que me necesitas, que quieres volver a ser feliz y no sabes cómo; te he oído llorar por las noches y eso me pone triste a mí también–, terminó con la voz entrecortada.

Lola no llegó a ver las lágrimas del dragón porque se quedó dormida. Al día siguiente se acordaba perfectamente de él, de su vida en aquel lugar lejano, de cómo se enamoró de su madre y de cómo había ido a parar a este mundo hacía siete años. Así se lo contó la niña a Mamá y su madre decidió darle forma de cuento para que ya nunca se les olvidara.

 

EL COLOR DE LOS RECUERDOS

 

Cuando Lola tenía siete años me reveló un secreto, un día, cualquiera, una tarde tonta. Tengo que decir que no es un secreto fácil de digerir así que descubrí, además de las maravillas que me contó Lola, que una tarde tonta puedes ser depositaria de los secretos más insospechados.

 

–        ­Mamá, yo vivo desde hace millones de años.

–        ­Pero naciste hace siete; yo estaba allí.

–        ­Te acuerdas de cuando era un bebé pero yo existo desde hace… ¡uf! “cuatrillones” de años.

 

Es lo que tienen los días cualquiera y las tardes tontas, que una recibe noticias asombrosas y se queda tonta.

 

–        ­Cuéntamelo todo.

–        ­Mamá, hace “cinco mil cuatrocientos tres millones” de años yo vivía en otro lugar. Es el mundo al que tú vas cuando sueñas, pero es real.

–        ­Descríbemelo, ¿estabas sola?

–        ­¿Sola? ¡No! Me cuidaba el dragón rojo, siempre estaba conmigo, era muy grande pero nunca me pisaba, me cuidaba.

–        ­Pero, ¿cómo era ese lugar?

–        ­Existe todavía y en él hace frío, las montañas están nevadas, las flores son blancas y el cielo gris. Pero es tan agradable… eso creo recordar.

 

Yo vivía allí, hace “treinta mil cuarenta mil millones” de años. Construía un castillo de nubes, Dragón me ayudaba. Y a veces me escapaba a patinar a un lago helado y el dragón me encontraba.

Una mañana, mientras recogía flores blancas para preparar té, vi a una chica sentada cerca del lago, observando las montañas heladas. Sonreía, no me veía, tenía el pelo corto y las uñas pintadas de rojo, como mi dragón rojo. Era tan guapa que quise que fuera mi mamá.

Hablé seriamente con el dragón: “Quiero que sea mi mamá”.

­ –  Pero esta chica está aquí sólo un ratito, viene al frío de nuestro mundo para anestesiar sus miedos; no puede verte ni oírte.

­ –  ¿Y dónde vive?

–        ­ En la tierra de las contradicciones.

­ –  Yo quiero ir con ella, quiero que sea mi mamá. Y tú también te vienes conmigo.

 

­   Pero mamá, el dragón rojo no podía venir con nosotros, porque imagínate, en casa no habría cabido.

Así es como me convertí en bebé y entré en tu barriga. Ahora me acuerdo perfectamente.

 

El color favorito de mi hija Lola es el rojo, le hace recordar a su dragón. Me asegura que a veces sobrevuela el cielo para protegerla y muchas veces me pide que me pinte las uñas de ese color.


Moves like Jagger

Llega el fin de semana y quiero que bailéis. Como os dije hace un par de días en Facebook soñé que tenía los tatuajes de Adam Levine. Ya sé la razón por la que he tenido ese sueño; cuando vi el vídeo de la canción de Maroon 5 Moves like Jagger pensé: “Qué bien que por fin se desnuda un chico, para variar”. ¿Os habéis dado cuenta de que los vídeo clips más “marchosos” son todos iguales, últimamente: Discoteca (o desierto o barco o playa)-tías semi desnudas-bailecito sensual-“focker” de turno que canta. Qué bien ver los tatuajes de Adam Levine para variar. Ya lo sé, hay más foto que texto, pero qué queréis que os diga… Practicad los pasos  y me contáis si podéis imitar bien a Mike Jagger.


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