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Indigestión sideral

Nada como hablar de comida para tener un sueño gastronómico; toda la tarde intercambiando recetas con mis amigas y como consecuencia la comida se ha colado en mi subconsciente. Pero en mis sueños la comida sabe siempre a mole, esa salsa de la cocina mexicana a la que no me termino de acostumbrar. Cuando sueño con dulces no ocurre, pero cuando dejo la repostería para tomar algo salado, aparece el mole, no sé porqué.

Esta noche he estado en una casa muy extraña, con unos invitados muy extraños (niños y niñas de tres años con nombres vascos y que hablaban como adultos) y con unos gustos culinarios muy extraños. Porque a Batirtze, Aitziber, Andoitz, Unax y compañía les gustaban las pizzas sin tomate, las tortitas de maíz  sin guacamole y las hamburguesas sin queso. Yo les he cocinado como buena anfitriona que soy lo que han querido, y han disfrutado mucho con el resultado. Pero a mí todo me sabía a mole negro; a anís, cacahuetes y chocolate.

Después del banquete mis invitados han representado para mí, a modo de agradecimiento, una danza maorí, ataviados con faldas escocesas a modo de kilt. Muy interesante la mezcla de culturas, pero yo lo que tenía era una mezcla en el estómago de lo más desagradable. Tan mal me ha sentado la comida “soñada” que esta mañana me he despertado con nauseas. Lo primero que he hecho es lavarme los dientes para quitarme ese regustillo a salsa mexicana.

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Repostería a la Pantoja.

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Baltasar, el cangrejo de coral

Del libro LOLA Y EL DRAGÓN, un cuento: 

Lola salía a pasear por la playa todas las mañanas. Antes de ir al colegio, antes de desayunar, justo después del beso de buenos días de mamá, Lola salía a la bajamar. Todas las mañanas, la niña paseaba por la playa, dale que te dale, dando saltos que la salpicaban de mar. Se decía: “Es la única manera en la que me puedo espabilar”.

 

Un día Lola se encontró en la orilla, entre una concha rosa y otra blanca como la cal, a un cangrejo gigante del color del coral. Al principio a la niña le dio miedo acercarse, porque el cangrejo no era precisamente pequeño, y andaba muy quieto, tan sólo mecido por alguna ola que se le pudiera acercar. Pero Lola no ha sido nunca una niña miedosa, y al final se atrevió, agachadita, a hablarle al oído al cangrejo de coral.

 

–                  ¿Tienes oído, cangrejo? ¿Me escuchas si te hablo?

–                  Te escucho.

–                  Entonces estás vivo, ¿qué haces en la orilla, en la bajamar?

–                  Me he perdido, quiero volver mar adentro pero la arena me impide avanzar.

–                  Yo puedo acercarte allí donde los pescadores terminan su faena, si los sabes esquivar. Prométeme que no me vas a picar; tengo tanta fuerza en los brazos que te puedo lanzar.

–                  Hagamos eso entonces, vamos a nadar.

–                  ¿Cómo te llamas cangrejo del color del coral?

–                  Baltasar.

–                  Pues Baltasar, ¡vamos lanzados al mar!

 

Al día siguiente Lola recibió el beso de su madre, y fue corriendo a la bajamar. Chapoteó con sus pies como siempre y salto a salto fue a dar, de nuevo, con el cangrejo de coral. Ella se sintió extrañada pero no intimidada y el cangrejo le comunicó que se había vuelto a perder: Pues Baltasar, ¡vamos lanzados al mar!

 

Al tercer día el cangrejo volvía a estar posado en el mismo lugar. ¿Tantas veces puede perderse un cangrejo para dar con sus ocho patas en la arena blanca de la bajamar? Ya la niña sospechaba de Baltasar.

 

–                  Está bien niña, yo te lo voy a contar.

–                  ¿Qué es lo que hace perder tu sentido de la orientación, cangrejo gigante del color del coral?

–                  Mi amor por ti, niña preciosa. Te veo todas las mañanas con mis ojos saltones bajar a la playa a chapotear.

–                  Ay, Baltasar, entre una niña y un cangrejo no puede existir una historia de amor que no sea una  locura.

–                  Estoy loco y enamorado, si vinieras a visitarme al acantilado al caer la tarde, no pondría mi vida en peligro por verte. Prometo hacerte regalos, niña bonita, como colgantes de caballitos de mar.

 

Y así es como Lola y Baltasar se vieron todos los días en el acantilado después de almorzar. Charlaban de sus cosas: Lola le contaba al cangrejo lo que tenía que estudiar, Baltasar le explicaba cuáles eran las corrientes que le dejaban nadar.

 

Un día Lola no volvió a casa. Su madre preocupada la buscó por todas partes, por la playa y el acantilado durante horas, días y meses. De vez en cuando aparecen a los pies del acantilado colgantes de caballitos de mar, pulseras de perlas y nácar y pendientes hechos de coral. Dicen que el cangrejo raptó a la niña para tenerla siempre a su lado. Su madre guarda estas joyitas como relicarios, en una caja de cristal.

 

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