Archivo de la etiqueta: Harry Potter

Alohomora

Baste decir que estoy viendo Harry Potter con mi hijo pequeño para que tenga sentido soñar con hechizos como el de “alohomora”. Sirve para abrir puertas, por cierto.

Y yo esta noche, varita en mano, he abierto varias puertas; cada una me ha llevado a un escenario diferente, distintos sueños.

El primero me ha dado mucho vértigo porque hemos cogido (muchas personas muchas muchas) un ascensor que sobrevolaba un río. Sin ninguna protección, todavía tengo agujetas de apretar las piernas para hacer equilibrio y no caerme.

“¡Alohomora!” Mi médico de cabecera (que siempre digo que se parece a Buenafuente) me ha invitado a la lectura del pregón del Carnaval de Cádiz. No sé si existe tal evento, pero, ¿en serio? Si no tiene nada de gracia (mi médico, no Buenafuente). En fin… “alohomora”.

De compras en un centro comercial, ¡¡¡alohomora!!! Fuera, fuera; abre otra puerta.

Nadar entre orcas también da vértigo, pero me puede la necesidad de sumergirme dentro del agua. Ese silencio que anestesia un poco; los sonidos se amortiguan, como ocurre con la nieve. Cuando buceo ese silencio me quita el miedo, y esa sensación la he tenido soñando. Aquí me quedo, ¿cuál es el hechizo para cerrar la puerta?


Sangre otra vez (entre paréntesis)

Conmocionado se ha quedado el mundo entero (por exagerar) ante la inesperada muerte (soñada por mí) de Daniel Radcliffe (Harry Potter para los amigos). Asistía yo a una rueda de prensa de Radcliffe, a la presentación de alguna nueva película protagonizada por el actor británico cuando, de súbito, sin que nadie pudiera reaccionar, alguien le ha disparado y ha recibido un tiro en la cabeza. Se cae, se muere y se acabó.

No hay sangre, es un tiro limpio, una bala con forma de flecha, que no le hace sangrar. La sala queda desierta en cuestión de segundos, pero yo no puedo moverme porque dos gotas de sangre me han dejado hipnotizada. Dos gotas de sangre en el suelo, a mis pies, ¿son de Radcliffe o son mías esas gotas? ¿Quién sabe? Nadie hace caso porque nadie hay en la sala, uno muerto y yo mirando la sangre, que me hipnotiza.

Viene la policía científica (ya sabéis lo que me gusta una serie de homicidios…) e investiga. Pero investiga mal, porque no hace caso (la policía científica, en abstracto) de las dos gotas de sangre que, por lo que parece no son ni del pobre Daniel ni mías. Podrían ser del asesino, pero nadie las mira, ni las analiza, ni las observa como yo; son dos gotas de sangre perfectas, se convierten en soles rojos, en estrellas rojas perfectas y se coagulan.


A %d blogueros les gusta esto: