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Me gustan los hombres

luis tosar

Sirva este artículo como un mea culpa por haber demonizado al sexo masculino en algunas ocasiones. Entiéndase que este texto lo escribe una feminista confesa que suele decir frases como “no hay nada más torpe que un hombre”. Sabed que estoy dolida y hastiada no sólo de violencia, de esclavitud sexual, sino también de actitudes soberbias, torpes, rudas, neandertales que nunca podrían definir a una mujer.

Y si no con rabia, también he tratado al hombre con condescendencia, sabedora de que en muchas ocasiones la mujer es más resolutiva, despierta, capaz. Sirva este artículo como un mea culpa por generalizar.

Hace pocas semanas leía un artículo sobre una aldea en Kenia sólo para mujeres, fundada por víctimas de violaciones de soldados británicos hace más de dos décadas. La aldea se llama Umoja, y los hombres, salvo en contadas ocasiones, no son bienvenidos. “Soluciones extremas para situaciones extremas”, pensé. Y me pareció una muy buena idea. Pero leer este artículo también me hizo pensar que, para ser justos, el hombre es necesario en nuestras vidas, que no todos son, ya no violadores o asesinos yéndonos a casos extremos; que no todos los hombres son machistas. Y eso, que parece una obviedad, yo lo he tenido que volver a pensar.

Me gustan los hombres, no querría renunciar a ellos, sin condescendencia, porque son buenos, generosos, porque nos complementan. Me gustan mis hermanos, complicidad y carcajadas, y dos amigos que me ponen de buen humor. Me gusta el amor incondicional de mi padre, y me gusta mi marido, cómo no. Mi marido me gusta porque le quiero, y también porque me ha demostrado en muchas ocasiones que es igual de feminista que yo.

Tengo que reconocer que en literatura me gustan más los personajes masculinos que femeninos. Huckleberry Finn, Kafka Tamura, Holden Caulfield me conmueven, y me mata la personalidad de Sebastian aferrado a Aloysius. En “Una habitación propia” Virginia Woolf explicaba que había menos heroínas que héroes en la historia de la literatura porque había (y hay) menos escritoras. No creo que esa sea la razón de mi predilección por los personajes masculinos. Ella era muy dura con las mujeres, clasista además, como si ese hecho fuera culpa nuestra. Querida Virginia Woolf, en muchas ocasiones no nos dejan. Yo he vivido cómo ser mujer y madre de tres niños me ha complicado mi vuelta al mundo laboral. Pero seamos hoy justos, no podemos echarle la culpa de esto sólo a los hombres.

Me gusta Antonio Muñoz Molina, y Cortázar y me gusta perderme en los mundos de Borges. Me gusta Enrique Vila Matas. Cómo no me va a gustar Ricardo Darín, me gusta Eric Bana, Tim Robbins, Enrique Urbizu, Daniel Auteuil y Julio Medem por “Los amantes del Círculo Polar”. Me gusta Luis Tosar. Me gusta Kanouté, Rafa Nadal. Me encanta Charles Aznavour, escucharlo sin parar. Me gusta Mika y Xoel López.

Me admira la capacidad de algunos hombres de perdón, de generosidad, me admira también el coraje del padre de Candela. Me acuerdo de cómo algunos profesores de la facultad me dejaron huella, me enseñaron a hacer un periodismo sin aspavientos. Me gustan las homilías realistas y sin abalorios del cura al que escuchamos en verano. Como católica odio la frase que dice que Eva sale de la costilla de Adán. En su poca capacidad pedagógica la Iglesia no explica bien que esa frase no es literal y que es una metáfora de nuestra creación; ni como metáfora me vale. Pero me gusta el Papa Francisco; y me gusta el Dalai Lama, gran escritor por cierto.

Permítanme que haya un hombre al que sí voy a seguir tratando con condescendencia. Es mi hijo pequeño, un bebé de quince meses que apenas dice sus primeras palabras. A éste le voy a proteger como un ser torpe, inocente y tontorrón. Pero prometo que conforme vaya creciendo no sólo le daré mis discursos feministas (tiene dos hermanas que se los saben de memoria), también dejaré que despliegue sus alas de hombre, que son distintas a las de las mujeres.

 

 

 

 


El tiovivo mágico

Podría haber acudido a Internet y, en un momento, buscar una definición más concreta y real de lo que es exactamente un círculo y si es finito o infinito y si los puntos que lo forman son, qué se yo, finitos o infinitos. Pero quería explicarme de una manera digamos más honesta, más infantil, porque en cuestiones matemáticas y espacio temporales mi cerebro sigue siendo el de una niña de cinco años. De esta manera podréis entender cómo percibe mi mente el hecho de dar vueltas sin parar sobre un círculo, haciendo paradas en todos los puntos posibles. Lo percibo como si hubiera estado montada en un tiovivo que se convierte en un laberinto: un tiovivo mágico.

Si el caballito de madera donde estoy sentada comienza a moverse, le doy la espalda al Sol, y comienzo a sentir mucho frío. Y con el frío me transformo en otra persona; ahora soy un adolescente (un, no una) rebelde, fuerte, como mis personajes literarios preferidos: Huckleberry Finn, Kafka Tamura, Holden Caulfield… El caballito sigue dando vueltas, y me dispongo a volver mi cara hacia el Sol. Pero como el tiovivo es un laberinto,  no un círculo perfecto de puntos infinitos o finitos, el caballito se pierde. Vuelvo a ser yo, pero más temeraria de lo que me muestro normalmente, y a lomos de mi valiente corcel, entro en una sala llena de espejos y los rompo todos. Salimos sin un rasguño, mi caballito y yo.

El tiovivo sigue su curso, no me da tiempo a coger “carrerilla”, porque casi sin darme cuenta, buscando una salida al laberinto que en realidad es volver al mismo punto de partida, estoy de nuevo en un cruce de caminos. Y en esta ocasión es un cruce de caminos de verdad: al Este multitud de objetos, al Oeste todos los pensamientos, al Norte palabras encadenadas y en el Sur se encuentran los recuerdos. Mi caballo, que ahora sabe hablar, me dice: “Da igual el camino que escojas, todos te llevan al mismo lugar”.

Podríais pensar que en este sueño se simboliza el “círculo” de la vida, se analiza la antítesis del concepto del paso del tiempo, y le doy una explicación filosófica y metafísica a mis sueños. Pero… olvidaos de todo eso, he soñado que daba vueltas en un tiovivo, y el mareo me ha durado hasta que he podido probar el brebaje mágico de las mañanas: un café bien cargado.

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Vuelvo a Nueva York (in my mind).


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