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Lo que me gusta II

Estoy más de humor para escribir una segunda parte de “Lo que no me gusta”, pero he estado escuchando el tema central de In the Mood for Love y he cambiado de idea. Es momento de recordar las cosas que me gustan, ya sabéis, ciertas cosas que forman parte de un imaginario personal que adopto como “cosas mías”.

Me gusta leer el nombre de Shigeru Umebayashi, pero no pronunciarlo, sólo leerlo. Y me gustan los albornoces blancos de los hoteles. Sólo de los hoteles, no me gusta usar albornoz. Me gusta el olor a Nenuco, me gusta olerle la cabeza a mi hijo pequeño y que huela a toallitas, humanidad y Nenuco. Me gusta hablar por teléfono con mi padre, si es posible antes de las nueve de la mañana. Es una manera de decirnos: “Cómo nos gusta madrugar, somos unos cracks”.

Me gusta acostarme temprano, me gusta madrugar, me gusta dormir, me encanta mi edredón blanco con una funda blanca como la nieve. Me gusta llorar, últimamente no me salen las lágrimas, por lo que llorar me gusta más. Necesito sentir alguna lágrima mojando mi cara, como cuando noto mis dedos tecleando estas palabras. Ambas cosas me llenan de aire los pulmones y me causan escalofríos.

Me gusta tener telepatía con mi amiga L. A ella le da miedo pero a mí me hace gracia. Me gusta que no me gusten los libros que me recomiendan, me reafirma (aquí peco un poco de soberbia) mi gusto particular. Debo confesar que últimamente Lola ya me ha recomendado algo y ha acertado. Me gusta mirar a los ojos verdes suplicantes de Lola, me gustan las manos suaves de Martina. Me gusta que los hombres se saluden dándose dos besos.

Me gusta el haber superado la culpa, me gusta hacer rabona sin remordimiento, me gusta dejar para mañana lo que puedo hacer hoy. Me gustan los ritos judíos, me gusta el hebreo, saber que está ahí por si algún día lo quiero estudiar. Me gusta aguantar la respiración en el agua de la piscina (esto no es dominio de Salvador Mallo) y me voy acomodando en la idea de que soy finita. No me molesta esa idea. Lejos de acobardarme me hace querer mejorar.

Me gusta la tipografía de las matrículas árabes. Me gusta tener el pelo corto, me gusta la soledad. Me gusta no haber escrito la palabra nostalgia en meses. Me gusta haber dejado la nostalgia atrás. Me gusta enviarles a mis amigas música por whatsapp casi todos los viernes, y me gusta mi perfil de Instagram. Me gusta mirar las ventanas de los edificios e imaginarme cómo son los pisos por dentro. Me gusta acordarme de la portada de “La Montaña Mágica” cuando veo la silla de la terraza de mis vecinos. Me flipa conducir.

Me gusta tener fantasías sexuales que no comparto con nadie. Me divierte. Me gusta saltarme mi propio menú y comer todos los días pasta.


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