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Mi refugio

cabecero

Me gusta leer. Y creo que esta afirmación encierra muchas lecturas (jueguecito de palabras). Literatura; se habrá escrito sobre ella a lo largo de los tiempos. Yo voy a hacer en este espacio una humilde reflexión como lectora.

No voy a explicar lo que significan para mí las palabras como escritora o lo que siento cuando compongo relatos. Ya lo he hecho en innumerables ocasiones. Me asomo en esta ocasión a la literatura como consumidora de libros. No me gusta demasiado utilizar esta expresión, pero realmente me gusta comprar libros, por el momento me sigue compensando y gustando comprar libros de papel, para ir haciéndome mi pequeña biblioteca que en un futuro heredarán mis hijos.

 Y aquí es donde quiero llegar; por mucho que inculquemos el placer de la lectura, y sea necesario y saludable hacerlo, hay a quien le gusta leer y a quien no. Yo educo a mis dos hijas por igual y a la mayor le apasiona la lectura y a la pequeña no.  Porque la literatura es placer, es entretenimiento, es refugio, y desgraciadamente, no imprime carácter.

Como recordaba Paul Auster en su discurso en los Premios Príncipe de Asturias: “Un libro nunca ha alimentado el estómago de un niño hambriento. Un libro nunca ha impedido que la bala penetre en el cuerpo de la víctima. Un libro nunca ha evitado que una bomba caiga sobre civiles inocentes en el fragor de una guerra. Hay quien cree que una apreciación entusiasta del arte puede hacernos realmente mejores: más justos, más decentes, más sensibles, más comprensivos. Y quizá sea cierto; en algunos casos, raros y aislados”.

Yo me acuerdo de este discurso en muchas ocasiones, cada vez que establezco con alguien una conversación en torno a la literatura. En muchas ocasiones se utiliza la literatura como pose: “¿Eres de los que leen o de los que no leen? ¿Intelectual y curioso o cazurro sin remedio?” Y hay cazurros que son lectores compulsivos e intelectuales y curiosos que no son capaces de concentrarse con la lectura (entiéndase lectura como puro placer evasivo).

Hay quien además se justifica: “Yo no leo porque ya he leído mucho en mi vida y ya me he formado”. Eso es una equivocación, porque la literatura no culturiza, no se asoma uno a la literatura para ser más listo, ni más abierto de miras, ni más tolerante. Siento aguaros la fiesta pero así es. Volviendo con Auster, él añadía: “Los tiranos y dictadores leen novelas. Los asesinos leen literatura en la cárcel. ¿Y quién puede decir que no disfrutan de los libros tanto como el que más?”

Por mi profesión, y por interés personal, acudo a la literatura en muchas ocasiones para formarme, y recorro países y culturas, autores, novela, narrativa, distintos tiempos y corrientes. Soy una lectora exigente, nada amiga de modas, que se fija más en la expresión formal que en la historia. Pero cada vez tengo más claro que la literatura es placer, es un refugio. Cuando a lo largo del día me acuerdo que lo terminaré en mi cama leyendo unas cuantas páginas del libro de turno, os prometo que es día cobra sentido. Y nada más (y nada menos). Pero no voy a cambiar mis ideas, ni mi educación ni voy a ser más lista por acudir cada noche a esos libros. Ni siquiera voy a conseguir la tan ansiada elocuencia cuando hablo; cada vez me expreso peor.

¿Es inútil por tanto la literatura o cualquier otra forma de arte? Perdonadme si por tercera vez recurro al discurso de Paul Auster, pero él lo explica mucho mejor que yo: “El valor del arte reside en su misma inutilidad; que la creación de una obra de arte es lo que nos distingue de las demás criaturas que pueblan este planeta, y lo que nos define, en lo esencial, como seres humanos”. (Lola, esto lo deberías leer).

Hace poco mi hija me contó que a los libros que consiguen hacerla sentir una protagonista más, que la envuelven en una atmósfera distinta y que en definitiva le hacen olvidarse de todo durante un rato le llama libros acogedores. Ésa es mi chica.

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La pequeña ciudad VII

pequeña ciudad

Mateo me ha visitado esta noche después de tanto tiempo, me ha regañado. Dice que tengo muy abandonada la pequeña ciudad. Yo le he explicado que no tengo demasiado tiempo para atenderla, y se ha ido triste.

Tiene razón, tengo que buscar tiempo para seguir construyendo junto a él la ciudad, y ordenar su casa, y regalarle libros, para que él pueda seguir contándole cuentos a los niños que allí viven.

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– Categoría “La pequeña ciudad”.


Hambre de lectura

libros

Me despierto sin ganas de mi dosis de café, que tiene que estar muy cargado y muy caliente. Pero hoy no quiero; parece que mi estómago se ha cerrado, o que tiene hambre de otras cosas. Deambulo por mi casa como un animal, olfateando algo, buscando algo. Me caigo por las escaleras, pero no me duele nada, y sigo buscando.

Quizás haya sido la ausencia de dolor, o mi comportamiento animal, lo que me ha hecho darme cuenta que no estoy despierta todavía. Estoy soñando, pero como el subconsciente me ganó la batalla hace tiempo, no hago amago alguno por despertarme, me acomodo en las sábanas para dejarme llevar y averiguar adónde me lleva este sueño.

Yo sé lo que busco, y abro un libro antiguo de Juan Ramón Jiménez; es una edición particular, parece una libreta fina, resquebrajada, “El Niño en la poesía de Juan Ramón Jiménez”. Paso el dedo por diferentes poemas y huelo las páginas. Se me hacen cortos los versos, tengo un hambre voraz.

Las series de televisión que consumo son demasiado cortas, los tweets son como la comida rápida, el trazo de los dibujos que hago terminan demasiado pronto, y mis personajes me susurran que siga buscando. Esta noche he deambulado por toda mi casa abriendo libros; muchos, casi todos ya los he leído, pero me calma abrirlos y acariciar sus páginas. Tengo un hambre insaciable de lectura, de un cuento interminable que me mantenga horas en otro mundo, que nunca termine.

 


El silencio

Me he despertado en silencio, y en silencio ha continuado mi día. Me he desvestido sin hacer ruido y me he duchado con agua fría. Mi casa estaba en silencio y con ese nada he desayunado durante horas (o eso me ha parecido a mí). He dado un paseo sin hablar con nadie, sin escuchar nada en absoluto; quizás el paseo se ha alargado otras tantas horas, que se me han antojado lentas y silenciosas.

Comida en silencio, siesta en silencio y libros que apenas susurran palabras. Cuando me quedo a oscuras pienso: “Acaba el día y no hay ruido a mi alrededor”. Vuelvo a la nada de mi cama de colores silenciosos; pero antes me asomo al cuarto de mis hijas, que aparecen de la nada dormidas y en silencio. Vuelvo a olerles la cabeza y a besar sus mejillas, sin hacer ruido, sin despertar su respiración silenciosa.

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