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Avispas en el mar

marea

Hoy me he sumergido, como tantas veces en mis sueños, en el mar. Mi yo dormido iba proyectando imágenes imposibles, y mi yo consciente me iba meciendo. De manera que no he tenido que nadar, ni esforzarme por alejarme de ciertas situaciones porque yo era la marea.

Por tanto cuando he visto bajo mis pies una gigante raya de mar, negra, no me he movido, me he dejado mecer hacia un lado para dejarla saltar y que no me pillase en medio. ¿Que si he sentido vértigo? Mucho, pero lo he disimulado bastante bien.

También he guiado a unos bañistas por unos pasadizos semi cubiertos de agua, donde podían hacer pie y no ahogarse (ellos también han visto la raya y están asustados). Porque yo soy yo y me observo al lado de ellos, pero también soy la marea y los muevo a ellos permaneciendo inmóvil.

Cuando me he vuelto a quedar sola se ha posado una avispa en mi pie izquierdo, que sobresale del agua. Quiero salvarla, que no se ahogue pero, al mover el pie, la avispa se ha multiplicado, y ahora miles de ellas forman una flor acuática y peligrosa. Está claro que debo permanecer inmóvil, porque yo soy la marea, marea en calma.

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No es que sueñe

Por las noches no sueño, en realidad me traslado a otro lugar y luego os cuento donde he estado.

Mi subconsciente, mi compañero, al que temo en ocasiones por su lado perverso, desconocido, me abre una puerta justo cuando entro en la fase REM del sueño. Me invita a entrar y NUNCA puedo resistirme, NUNCA le digo que no. No sé lo que me espera al cruzar la puerta, pero yo entro, y viajo y sueño.

No es que sueñe, voy dando pasos guiada por mi subconsciente. Al principio el horizonte es negro, pero a cada paso que doy va cambiando el panorama de color, de olor, a veces hace frio y otras calor. Muchas veces voy moldeando espacios cerrados, casas, puertas, pasillos. Otras veces vuelo en cielo abierto. El mar siempre a mis pies, no puedo evitar sumergirme en él para respirar con mis branquias.

No es que sueñe, tampoco duermo.


Sueños sin sentido (y divertidos) XI

rugby

Me gusta mi casa, es bonita, suficientemente espaciosa. Cambiaría cosas, pero imagino que eso es normal; antes de verano hicimos unas pequeñas mejoras; cada año, una cosita. Poco a poco. Digo esto porque, no sé por qué, sueño mucho con que me mudo a otra casa, no con la mudanza en sí, qué cansado, si no con el hecho de vivir en otro lugar.

Y el piso amplísimo al que me he ido a vivir esta noche no lo he podido disfrutar. Qué pena, porque tenía las paredes del salón pintadas de un verde claro y relajante y he podido vislumbrar que la cocina es enorme. Pero poco más. Es curioso, uno se queda con detalles en los sueños que no termina a comprender, paredes verdes. Y miles de niños, no propios, de los que me encargaba para llevarlos de excursión. Por eso no he podido disfrutar del piso nuevo. Que niños más petardos. No hay manera de que terminen de desayunar, solo quieren ver la tele. Y el autobús va a llegar, y los niños a medio terminar, por lo menos son cien.

Menos mal que mi subconsciente me ha enviado a la playa, a relajarme. Y ha encontrado para mí un balón de rugby. Juego a lanzarlo con alguien, no sé quién es. Me acuerdo de que los balones de rugby hay que lanzarlos de lado para que vuelen rectos. Y esa es toda mi preocupación, conseguir el efecto deseado con el balón. Muy entretenido. De vez en cuando me refresco en el mar. Una de las veces me veo envuelta en un remolino, el mar, como siempre, tira de mí y me hace desaparecer.


Navidad en La Antilla (Acabaré sumergiéndome en el mar)

la antilla

 

Allí es donde hemos pasado los días de Navidad. Los paseos siguen siendo los mismos aunque ahora son más concurridos al ir acompañada por los niños. Recuerdo de nuevo un texto que escribí sobre los paseos interminables por esta playa:

ACABARÉ SUMERGIÉNDOME EN EL MAR

Son muchas las tardes en las que mi marido y yo salimos a caminar por la playa. En La Antilla, antes de que anochezca, la bajamar y los kilómetros de arena convierten el paseo en casi una exigencia porque, ¿quién puede resistirse? Al aire impregnado de salitre, a las nubes color fucsia, y al gris plata de la orilla.

Cuando Javier y yo caminamos, con paso firme, hacia esas nubes, el viento frío nos da de cara – los paseos son más intensos en invierno – cuando la playa está casi vacía, entonces al hablar el aire se mete en los pulmones con más dificultad, provocando en ellos un golpe seco. Pero pese a que las palabras salen entrecortadas por el esfuerzo, nuestras conversaciones durante esos paseos son muy francas: ponemos en orden nuestras ideas. Creo recordar que el nombre de nuestra hija, Lola, lo decidimos durante uno de estos paseos.

Siempre nos ponemos una meta, abandonamos el barrio de pescadores, donde siempre vemos peces muertos al lado de las barcas encalladas, y llegamos a las dunas, que comienzan a divisarse por detrás de los grandes hoteles, nuevas construcciones que contrastan con las pequeñas y desconchadas casas de los pescadores.

Al emprender el camino de vuelta ya nos lo hemos dicho todo. Ahora el viento nos empuja más rápido hacia casa. En silencio escuchamos el sonido de las olas, una mezcla entre chapoteo y rugido de tormenta, una mezcla de viento y mar, que ahora es de un color más oscuro, azul marino. Es el único sonido que parecemos escuchar, aunque si nos concentramos un poco también suenan nuestros pasos amortiguados por la arena, y la respiración de ambos: inspiramos fuertemente por la nariz.

Nos sentimos limpios, por ese aire que despeja los pulmones, y por el entorno, que despeja las ideas.

Sueños relacionados:

Inspiración III.


No sé cómo llamarlo

Pero no tiene sentido ir un mes a estudiar francés a Montpellier si no conozco nada del idioma; con un mes no es suficiente. No me atrae la idea. Tampoco quiero nadar entre ballenas que se convierten en tiburones. Las algas verdes se enredan en mis pies desnudos y me hunden. No sé cómo llamarlo, pero me quedaré sabiendo sólo decir “we” y permaneceré sumergida, como siempre, entre algas azules y el mar oscuro.


Calmar el dolor

A menudo, en mis sueños, acudo a la orilla del mar. En la orilla me encontré con el cangrejo de coral, y también he jugado con Diego al pilla pilla, los dos descalzos, corriendo por la arena. Acudo al mar y me siento a mirar el horizonte. O cierro los ojos y me convierto en agua.

Necesito el agua en mis sueños para calmar el dolor, y busco la lluvia, y el mar, y la nieve. Necesito convertirme en agua, notar la brisa del mar, anestesiarme con el frío de la nieve para calmar el dolor.

Me ha pasado en ocasiones, en mis sueños, que me he sorprendido metiendo los pies en un charco; necesito el agua para calmar el dolor. También entro en piscinas azules, cojo aire y me sumerjo con los ojos cerrados, apoyo mi espalda en la pared, aguanto todo lo que puedo, salgo entre burbujas, cojo aire, vuelvo a sumergirme en el agua para calmar el dolor.

Y vuelvo a la orilla del mar y entro en el agua, buceo, abro los ojos y noto el escozor del agua salada, y se calma mi dolor.


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