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Los pliegues de Proust

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Anoche me acosté pensando, no sin cierta sorna, que Proust es capaz de hacer un árbol genealógico de una mota de polvo; tales son los pliegues que consigue encontrar de una realidad aparentemente plana. Me siento reconfortada cuando encuentro, en un autor que estoy leyendo, algo con lo que sentirme identificada. Murakami dice que para él escribir es un acto físico, agotador en ocasiones, y yo al leer dicha afirmación me emociono al recordar que extraigo las palabras del estómago, con más o menos precisión.

Y ahora mastico las frases de Marcel Proust (maldito bendito nostálgico, también snob) porque dota a cualquier acto cotidiano de sentido, de finalidad, de principio, nudo y desenlace. Dota a un olor de pasado, presente y futuro. Y cuando yo pienso que me pesa el aire más de lo normal porque lo saturo de palabras que lo expliquen, entiendo que no estoy sola. Es usted, señor, demasiado sentimental, pero tiene una manera de escribir similar a  como hilvano yo mis pensamientos; no así escribo, ya que tiendo a la concisión.

Y cómo me acosté pensando en el árbol genealógico de una mota de polvo, y en la pesadez del aire, he soñado con Proust, pese a ser yo más anglófila que afrancesada. Hemos conversado; al principio me he sentido cohibida, porque sólo era capaz de hablar de que en mi casa estamos cambiando el suelo. Entiende mi nuevo amigo que huele a madera nueva y eso es bueno, pero que el serrín proyecta una sensación de falso entusiasmo, de paciencia mal llevada, de duda razonable. Me cuenta: “Ahora los sonidos son nuevos, los pasos desacostumbrados producen más eco, y tú no sabes si el eco hay que dotarlo también de consistencia, o es demasiado ligero para albergar recuerdos”.

– Me siento como una niña con zapatos nuevos.

– Los zapatos no te van a producir rozaduras, da pasos ligeros, y de paso deshecha recuerdos.

Le he contado que mi rodilla se resiente y, aunque él no sabe lo que es la magnetoterapia, me ha preguntado si he visto a través de mis compañeros de rehabilitación algún atisbo de optimismo: “Fíjate bien, esas patas de gallo formadas por sonrisas amables de resignación las verás sobre todo en los pacientes más afectados. Es una sonrisa casi avergonzada, de pudor, el ´buenos días a todos y a todas´ más alto de lo normal del que pierde dicción, o los ojos llorosos, pueriles, de un hombre mayor que no deja la muleta en casa, bromea, por miedo a que se sienta abandonada, como una amante a la que al principio te has acercado por pura rebeldía y sin la que ahora no puedes vivir, aunque sabes que debes dejarla”.

-Te leo en esas sesiones. A veces eres artificioso.

-Me lees enfrascada en una postura forzada, mirando a un suelo limpio de polvo, pero que muestra las quejas de los sanitarios. Son prudentes, pero no les gustan sus horarios, ni las inoportunas reclamaciones de algunos pacientes, y sólo se lo cuentan al suelo a cada pisada. Por eso el suelo es oscuro. Es antiguo, una cerámica que recuerda a tiempos pasados, y piensas que no se cambia porque esa alusión a otras décadas da una falsa seguridad a por quiénes allí pasan.

Me ha dicho Marcel Proust que no vacíe el aire de palabras_ “no lo ibas a conseguir de todas formas”_ pero sí que me siente encima de él y le dé patadas.

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La avaricia rompe el saco

Es mi refrán favorito; siempre he fantaseado con la posibilidad de triunfar como escritora, que me hicieran una entrevista y me preguntaran por mi refrán favorito. Entonces yo contestaría: “La avaricia rompe el saco. Hay un gran número de situaciones en las que se puede utilizar”. Hoy no os voy a contar un sueño sino la razón por la que he tardado en conciliar el sueño.

Me he ido a la cama pensado por alguna razón que “la avaricia rompe el saco”. A continuación me he acordado de esa entrevista ficticia en la que me hacen el típico cuestionario de “libro favorito, comida preferida, un lugar para perderse, una ciudad para vivir…”. ¿Qué contestaríais vosotros? ¿Que vuestro libro de cabecera es El guardián entre el centeno, o El libro de arena? ¿Y sobre autores, Borges o Murakami? ¿Me pongo en plan interesante contando que a mi hija de siete años ya le he leído El principito y Donde viven los monstruos? En realidad es verdad… ¿Y se sale de la línea “voy de intelectual – me encanta leer” decir que lloré como una magdalena con El Médico, pero que nunca he podido terminar Los pilares de la Tierra? Lecturas de la infancia: El club de los cinco de Enid Blyton. Durante un tiempo tuve como libro “superpreferido” Retorno a Brideshead, de hecho conservo un oso de peluche al que llamé Aloysius. Pero ahora diría que Las aventuras de Huckleberry Finn. Y si la entrevista se fuera a publicar  en una revista especializada, de literatura, las preguntas sobre lectura serían más numerosas, podría comentar que me encanta releer libros, como Seda: “Y ya sabéis, de adulto los libros adquieren otros matices, bla, bla, bla…”. Fantaseando de esa manera no hay quien duerma y podría decir que estoy siendo avariciosa, y ya sabemos que “la avaricia rompe el saco”.

No os creáis que me he dormido pronto, con el cine he hecho el mismo razonamiento que con los libros, y me debato entre confesar que soy una friki obsesiva de El padrino o hacer un análisis filosófico de Blade Runner. Pero la verdad es lloré a moco tendido con Magnolias de acero y que la película que me encanta volver a ver una y otra vez es Hechizo de Luna: “¡Johnny tiene novia, yo no tengo novia, Jhonny tiene mano, yo no tengo mano!”. Pero claro, no puedo seguir nombrando películas en mi entrevista ficticia porque no voy a conseguir dormir y “quien mucho abarca poco aprieta”, “más vale pájaro en mano que ciento volando” y además “la avaricia rompe el saco”.

¡Ay!, pero no me puedo resistir:

-Comida favorita: ¿Contesto pasta o “japo”?

-Color: Azul Francia.

-Una ciudad para vivir: Madrid.

Esta noche he soñado que iba con un saco roto dando vueltas por ahí.

 


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