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El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas

Cuando no puedo dormir continúo viajando a este lugar creado por Haruki Murakami y me cubro de nieve. Lola ya lo conoce y lo visita asiduamente.

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Drogas

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Veo que no debo tomar drogas alucinógenas si tengo la oportunidad teniendo en cuenta las cosas que sueño, no vaya a ser que me dé por hacer una locura.

Esta noche me he rajado la pierna, formando un círculo perfecto, justo a la altura del músculo peroneo corto, entre la rodilla y el pie; un corte superficial, sólo la piel. Lo he hecho en mi pierna izquierda y a continuación en la derecha. Y después me he cosido la herida con la precisión de un cirujano. La pierna izquierda no me dolía nada, pero la derecha sí, de manera que la he dejado a medio coser. He andado, con cierta dificultad, por un pasillo largo pero no estrecho y he salido fuera.

Fuera, fuera nevaba y la nieve no sólo ha amortiguado el ruido, también el dolor. Ha traído silencio y alivio.


Calmar el dolor

A menudo, en mis sueños, acudo a la orilla del mar. En la orilla me encontré con el cangrejo de coral, y también he jugado con Diego al pilla pilla, los dos descalzos, corriendo por la arena. Acudo al mar y me siento a mirar el horizonte. O cierro los ojos y me convierto en agua.

Necesito el agua en mis sueños para calmar el dolor, y busco la lluvia, y el mar, y la nieve. Necesito convertirme en agua, notar la brisa del mar, anestesiarme con el frío de la nieve para calmar el dolor.

Me ha pasado en ocasiones, en mis sueños, que me he sorprendido metiendo los pies en un charco; necesito el agua para calmar el dolor. También entro en piscinas azules, cojo aire y me sumerjo con los ojos cerrados, apoyo mi espalda en la pared, aguanto todo lo que puedo, salgo entre burbujas, cojo aire, vuelvo a sumergirme en el agua para calmar el dolor.

Y vuelvo a la orilla del mar y entro en el agua, buceo, abro los ojos y noto el escozor del agua salada, y se calma mi dolor.


La expedición más absurda del mundo

 

 

 

 

 

 

 

Imaginaos un país en el que las condiciones climáticas son las peores, la situación política insostenible es poco, y los planetas se han aliado para situarlo fuera de toda ruta, brújula y transporte posible. Esto es un sueño, de manera que no penséis en ningún país real. Porque en todo país existente, por muy complicadas que sean sus condiciones de vida, hay algún oasis que merece la pena visitar, con personas encantadoras que te hacen la estancia encantadora. Pero en el país soñado por no ir, no van ni sus habitantes.

Pero como el ser humano es “la cosa” más contradictoria que hay, se ha puesto de moda hacer expediciones al país inexpugnable. Y mi vecino, un chico aparentemente sensato que se llama Luis, ha convencido a todos sus amigos para hacer la expedición más absurda del mundo. Al menos eso pienso yo; me parece absurdo y temerario poner en peligro nuestras vidas, recorrer el desierto, para luego perdernos en la nieve, para luego superar un tornado permanente, para luego esquivar una guerrilla, para luego quién sabe qué más… Pero yo soy la única que piensa así, todos mis vecinos, hipnotizados por Luis el temerario, me miran con desconfianza, como una corta rollos.

Pasan los meses y voy a una boda en la que me reencuentro con amigos de mi infancia, pero no me reciben con alegría. Susurran a mi espalda: “¿No es esa la antipática que se oponía al viaje organizado por Luis el aventurero?”.

– ¡Sí, soy yo! Y sigo pensando que era la expedición más absurda del mundo.


Y yo buscando la nieve

A la derecha mi despacho, a la izquierda el de él. Mi despacho parece luminoso; tiene esas cristaleras que tanto me gustan y llegan al suelo. Aparentemente las vistas la ciudad, aparentemente puedo divisar una panorámica privilegiada de esos tejados que cubren las ideas, las cabezas pensantes, el bullicio que no logro escuchar desde las alturas. Él también tiene vistas preciosas.

– “¡Yo también tengo vistas preciosas!”

No hay puertas y me grita desde su lado izquierdo. Y yo me asomo un poco más a mis ventanas gigantes, y cuando tengo pegada la nariz al cristal, las vistas de los tejados desaparecen. Sólo puedo ver un patio interior oscurecido por la polución, estrecho, como una fosa. Da vértigo y me enfado, no estoy yo para espejismos. Y me enfado porque él me grita desde su “habitáculo” que está nevando.

– “¡Ven a ver los copos de nieve!”.

Para cuando llego al lado izquierdo creo ver la nieve caer, y para cuando quiero tocarla nos damos cuenta de que no son fractales perfectos; desde el cielo vienen volando trozos de papel.

Cuando me he despertado he echado un último vistazo a mi yo soñado; estaba sentada cruzada de piernas, rompiendo los trozos de papel, que no contenían ni palabras, ni dibujos ni poesías, ni siquiera el frío de la nieve que andaba buscando.


Ocurrió en invierno II

Y si hablo de un rojo como la nieve blanca no penséis en un cadáver ensangrentado y tumbado boca abajo en un campo nevado. Más bien habría que evocar el rojo como color optimista que abriga al frío de las montañas blancas, en forma de manta. Una manta roja, o un objeto decorativo propio de la Navidad, o unas uñas pintadas de rojo. Una mujer con un jersey de cuello alto negro y las uñas pintadas de rojo, algo que gustó mucho a Lola la primera vez que vio a su madre, meditando entre la nieve blanca. Los colores a veces engañan, yo he soñado de nuevo con el color rojo, aunque me dormí abrazada a un edredón color azul Francia.

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