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La pequeña ciudad II

Había un hombre triste en la pequeña ciudad, porque no sabía utilizar las lianas que había colgadas por todas partes. Y al no tener la suficiente habilidad, nada podía hacer para ayudar a sus vecinos a terminar de construir la pequeña ciudad.

Andaba el pequeño hombre triste taciturno por las calles a medio hacer. A veces se le iluminaba la cara al cruzarse con algún amigo que parecía necesitar ayuda:

–          ¿Quieres que pinte la fachada de tu casa?

–          Sí, sería genial que te subieras a una liana y pintaras el tejado de mi casa.

–          Lo siento, no puedo subirme a la liana.

–          Entonces déjalo, ya me ocupo yo de pintar el tejado de mi casa.

Apesadumbrado seguía deambulando el hombrecito por la pequeña ciudad. Esquivando a los hombres voladores que parecían querer atropellarle a propósito con sus lianas. O al menos eso es lo que pensaba él. Yo, que los observo desde otra perspectiva, creo que están demasiado ocupados para jugar a los atropellos. Pero me conmueve la melancolía del pequeño hombre triste. Se llama Mateo, y me mira suplicante. Yo sé lo que quiere; le gustaría salir de la pequeña ciudad, y recorrer libre algunos de los rincones de mi mente. Yo creo que es peligroso, porque puede perderse en algún lugar demasiado triste u oscuro. Como en aquel recuerdo en el que se me apareció el demonio y me sumergí en una oscuridad total. No creo que él sólo pudiera salir de ese “rinconcito” tan negro.

Mateo me sigue mirando y me pide que le acompañe. No puedo negarme; realmente no tengo otra cosa mejor que hacer, tengo toda la noche por delante. Cuando me convierto en diminuta le cojo de la mano, y juntos nos adentramos en otras pequeñas ciudades construidas a base de recuerdos, y de sueños.

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Más cerca de Orión de lo que creemos.

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Más cerca de Orión de lo que creemos

No me interesa especialmente la ciencia ficción; aunque hay excepciones que no sólo me llaman la atención sino que me emocionan. Que contradicción. Por ejemplo algunos textos de Isaac Asimov o la película Blade Runner, que en realidad creo que tiene más que ver con La Ilíada que con la búsqueda de planetas lejanos. Acordáos: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión…“. Dicho esto: hoy he disfrutado de lo lindo conduciendo una nave espacial. Dirigiéndome a través de las estrellas a planetas desconocidos, a lugares oscuros y otros de luz cegadora.

A medida que mi nave avanzaba, y me acomodaba en lugares nunca vistos, me he dado cuenta de que todos los espacios en los que he aterrizado estaban comunicados entre sí por unos tubos transparentes. He interpretado que volaba por distintas partes de mi cerebro y, poco a poco, he pasado de estar en un lugar desconocido a reconocer cada rincón de un espacio aparentemente ilimitado. He aterrizado en un lugar desierto, con una calma tensa que me susurraba amenaza; también he visitado las nubes, siempre de color azul Francia, y en un campo rodeado de flores rojas he sentido que sus seres me trataban como a su Reina. Tampoco me he sentido cómoda allí; he preferido seguir conduciendo mi nave hacia algún lugar donde poder descansar y soñar que estoy soñando.

No sé si creéis que ha sido un sueño angustioso; quería trasladaros una idea de enorme libertad, pese a que me encontraba en un lugar cerrado, con planetas interconectados por tubos transparentes. Podría parecer que mis viajes en la nave han sido guiados, pero yo no tengo esa sensación. Cuando recuerdo este sueño siento que he disfrutado mucho, siento que me voy haciendo dueña de mis viajes y que son ilimitados.


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