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Secuéstrame

Porque la mujer a la que han secuestrado esta noche ha pasado mucho miedo, pero en su alma se ha producido un cambio significativo, al vivir una experiencia extrema que ha resultado más emocionante de lo que cabría esperar.

Sí, he sido testigo de un secuestro de una madre de familia y sus hijos. Algo desagradable. Un ladrón de guante blanco venido a menos ha cometido el error de entrar en una casa residencial y, al ser descubierto, no ha tenido otra idea que meter a la familia en su coche a punta de pistola. La madre, un adolescente y un niño de nueve años. El padre no se encontraba en casa en ese momento. El viaje ha sido largo, la carretera interminable, y la tensión no ha disminuido en ningún momento. Pero si el coche se queda sin gasolina hay que salir corriendo, y en ese momento los hijos aprovechan para escapar; ella está atrapada, entre el pecho de su secuestrador y la pistola, y grita: ¡Corred!

Los niños están a salvo, y ahora les toca correr a ellos, al secuestrador y a la pobre madre de familia. Yo, que los estoy soñando, sé perfectamente donde se encuentra la policía y, si les “pisan los talones” y ellos no lo saben, dirijo sus pasos inconscientemente para darles más tiempo. Cuando ya no hay nada que hacer, cuando el secuestrador está entre la espada y la pared, decide soltarla. Pero antes de desaparecer le da un beso en la boca apasionado. Mientras espera a que su familia la encuentre, sentada en el suelo de un almacén abandonado, ella se lleva los dedos a sus labios, con la mirada un poco perdida, repasando en su mente ese beso, y preguntándose por qué su marido nunca le ha besado así.

“Secuestrador” y “madre de familia”; como veréis no les he dado más identidad que esa, para que vosotros les pongáis el nombre y la cara que os parezca más interesante.

Por cierto, después he soñado que me iba de juerga con Nicholas Cage, y hemos acabado en una habitación de hotel enfrascados en una pelea de almohadas…


¿Me veis matando a tiros a Willem Dafoe?

Pues nunca se sabe… Estaba yo tranquila dando un paseo por la playa cuando una tormenta ha oscurecido todo el horizonte. La oscuridad me ha revelado un recuerdo que tenía escondido en algún lugar perdido de mi memoria, de un día, muchos años atrás, cuando maté a tiros a Willem Dafoe. A un personaje con la cara de Willem. ¿Cómo he podido olvidar un hecho tan traumático? Supongo que para sobrevivir. Y de esta manera, en la oscuridad de la tormenta lo he vuelto a recordar todo: Fue en defensa propia, salimos a dar un paseo por la noche y se comportó tan violentamente conmigo que forcejeamos, le quité su pistola y le pegué un tiro. Pero no fue suficiente: como cuando hieres a un animal peligroso, éste se mostró más violento aún. Los disparos fueron interminables entonces, y ahora vivo como real su cara de dolor ensangrentada y sus gritos. Hasta me encargué de enterrarlo. Y me fui a dormir y lo olvidé todo para siempre.

Pero ahora tengo que confesarlo, aunque hayan pasado muchos años. Se lo cuento a su adinerada familia, que lo han estado buscando sin descanso, y le han construido una escultura gigante. Mi penitencia no es ir a la cárcel sino gestionar una fundación a su nombre. Y a ello me dedico en cuerpo y alma, y a admirar la estatua, que tiene una fuerza que me recuerda al David de Miguel Ángel.

[Me despierto, voy a dar agua a mis hijas y me vuelvo a acostar.]

Sueño, estoy de nuevo en la playa. Esta vez no hay tormenta, han encontrado los huesos de alguien enterrados en la arena. Pero no es él; sigue vivo y alguien ha insertado el recuerdo del asesinato en mi cerebro, de manera artificial. Entonces, ¿dónde estás?


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