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Érase una vez

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¿No empiezan así todos los cuentos?

Érase una vez una niña muy pizpireta que de tanto pizpiratear se quedó turuleta. Andaba esa niña de puntillas, porque a cada paso que daba se le escapaban por los pies estelas de colores que se enmarañaban.

Eran estelas azules y violetas, rojas y a veces negras. Le daba miedo a la niña pizpireta dejar escapar tantos colores de su cuerpecillo, cada vez más delgado por quedarse sin estelas.

Hasta que fue descubriendo que los colores, aunque rebeldes y huidizos, la acompañaban. Se acostumbró a su externa presencia y comenzó a jugar con ellos. Los convirtió en palabras; con la A del azul y la R del rojo bien atados a su cintura la niña llegó a liberar incluso estelas de colores fluorescentes, y trenzó las cuerdas de colores y compuso, desmadejando colores, cuentos y relatos. Ya no andaba de puntillas, para cogerlos al vuelo saltaba.

La niña creció y pasó de ser pizpireta a curiosa e inquieta. Desenredados los hilos de colores tejió su propia historia y, mezclando colores, tuvo a sus hijos, que van andando torpemente de puntillas porque todavía no se han acostumbrados a sus estelas.

La mujer curiosa e inquieta vive en el centro de sus hilos de colores, estelas que se desordenan con mucha facilidad, tanto que a veces la hacen tropezar.

Pero ella, con la paciencia que le ha otorgado el oficio, sigue desmadejando cuerdas, y las convierte en palabras y se las ata con empeño en la cintura, para quedar justo en medio de ellas y, cuando llegue el momento de la despedida, utilizarlas para coger impulso y entonces saltar, saltar.

 

 

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La niña pizpireta y entusiasta (versión pesadilla)

Esta noche me he encontrado con la niña pizpireta y entusiasta. Me ha hecho mucha ilusión, porque es tan pizpireta y entusiasta que alegra el día a cualquiera. Me ha cogido de la mano y me ha enseñado todas las cosas que ha hecho en los últimos meses, en los que no me había encontrado con ella.

Ha pintado un mural con dibujos alegres en su casa, y ha empapelado con poesías una pared. Yo me disponía a leer unos cuantos versos, pero ella no me ha dejado, porque es tan entusiasta que no quería perder tiempo en enseñarme las flores que ha plantado en su jardín.

– Pero, hace calor. ¿Por qué no esperamos a que refresque un poco?

– ¡Porque hay que verlas ya!

Los ojos abiertos y siempre alegres de la niña pizpireta y entusiasta diría que han ganado profundidad con ese grito, cierta oscuridad a la que no he querido hacer mucho caso. Al fin y al cabo entiendo su impaciencia por enseñarme TODO, porque hace tiempo que no nos vemos. Pero la verdad, casi no he podido oler las flores del jardín, la niña me ha cogido la mano fuerte, demasiado, y ha tirado de mí por un camino infinito. Ya me está asustando la niña pizpireta y entusiasta, que definitivamente está cambiando el color de su mirada.

Ya la niña no mira con el color del mar transparente, juraría que he visto en ella una mezcla de cemento y cenizas grisáceas. Estoy cansada y no paramos de andar; ahora quiere enseñarme un árbol del que crecen zapatos, o eso me asegura, pero no lo encontramos. He cruzado varias paredes, y cuando estoy dentro de ellas me siento ahogada; ahora prefiero no soltarme de la mano de la niña etérea que cruza paredes.

Que me despierte sudando últimamente es normal.


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