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El susto

susto

He intentado hacer muchas cosas esta noche. Pero me he visto interrumpida en cada acción. Hasta una entrevista de trabajo he tenido que dejar a medias porque mi marido y mi hermano pequeño han entrado en la sala donde estaba para comentarme: “Tu padre nos ha reunido para darnos una mala noticia”. Un buen susto.

Hasta un portal de un pequeño edificio que me disponía a restaurar, no me preguntéis por qué, han llegado mi marido y mi hermano para decirme: “Tu padre nos ha reunido para darnos una mala noticia”. Vaya susto.

También he accedido a una playa de difícil acceso y, al meterme en el agua, mi marido y mi hermano han llegado en una lancha y me han llevado a escuchar la noticia que nos quiere dar mi padre. Un viaje en lancha con el susto en el cuerpo.

Tampoco he podido comprar ropa tranquila porque al pagar, dos personas que yo me sé me han sacado de la cola hacia la zona de cobro con un gran susto.

La noticia: “Me he doblado el tobillo”. Ropa a medio comprar, baño interrumpido, portal a medio restaurar y una entrevista de trabajo, del que me puedo despedir por una torcedura de tobillo. Muy bien, el susto se lo va a llevar mi padre hoy cuando lo llame por teléfono.

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Que se vaya el verano

Nubes de levante

Para mantenerme a salvo. Que el viento se lleve sus falsas rutinas, pero que mantenga intacta la terraza donde escribo estas palabras. Que el viento me empuje suavemente, que me adentre en el invierno y me susurre palabras nuevas. Que termine el verano amable, pero irreal, que el viento me mantenga a salvo.

Sueños relacionados:

– La playa.

– Verano.


La playa

La playa en invierno...

La tengo fechada; esta reflexión la escribí el 5 de junio de 2010: “Verano, tiempo de paréntesis y trampas. Y de descanso obligado, tiempo en el que escapas de la realidad, a veces forzosamente, para vivir tres meses de extraño letargo irreal. Un tiempo tramposo… y caluroso”. Suscribo cada palabra, no me gusta el verano, y en estas fechas, en septiembre, tendría que desaparecer ya el calor.

Esta noche he estado en una playa un tanto rara; ¿cómo iba a ser si no? Nadar entre focas negras que no salen a la superficie da un poco de reparo. Intento esquivarlas como las algas que se me enredan entre los pies. Me han dicho que las focas negras, que en mi sueño son peces negros con forma de foca, no son peligrosas. Ya, pero yo no quiero ni rozarlas. Salgo del agua y busco un lugar tranquilo en la arena, para desaparecer. Pero una niña se está ahogando; la salvo y se la devuelvo a sus padres que no me dan las gracias, que no se inmutan porque están charlando con Vittorio y Lucchino. Amablemente José Víctor y José Luis me explican que la familia de la niña es muy relajada, que no se lo tenga en cuenta: “Pero, ¿qué decís? ¿A que no se la devuelvo y llamo a Asuntos Sociales?”

No sí si han sido las focas, o el episodio con la niña que casi se ahoga, pero el mal humor se ha apoderado de mí y, cuando una amiga me invita a su casa a comer le contesto: “¡Y una …!” Es que para ir a su casa hay que nadar entre las focas kilómetros y kilómetros…

¿Cuándo se va a ir el calor?


¿Me veis matando a tiros a Willem Dafoe?

Pues nunca se sabe… Estaba yo tranquila dando un paseo por la playa cuando una tormenta ha oscurecido todo el horizonte. La oscuridad me ha revelado un recuerdo que tenía escondido en algún lugar perdido de mi memoria, de un día, muchos años atrás, cuando maté a tiros a Willem Dafoe. A un personaje con la cara de Willem. ¿Cómo he podido olvidar un hecho tan traumático? Supongo que para sobrevivir. Y de esta manera, en la oscuridad de la tormenta lo he vuelto a recordar todo: Fue en defensa propia, salimos a dar un paseo por la noche y se comportó tan violentamente conmigo que forcejeamos, le quité su pistola y le pegué un tiro. Pero no fue suficiente: como cuando hieres a un animal peligroso, éste se mostró más violento aún. Los disparos fueron interminables entonces, y ahora vivo como real su cara de dolor ensangrentada y sus gritos. Hasta me encargué de enterrarlo. Y me fui a dormir y lo olvidé todo para siempre.

Pero ahora tengo que confesarlo, aunque hayan pasado muchos años. Se lo cuento a su adinerada familia, que lo han estado buscando sin descanso, y le han construido una escultura gigante. Mi penitencia no es ir a la cárcel sino gestionar una fundación a su nombre. Y a ello me dedico en cuerpo y alma, y a admirar la estatua, que tiene una fuerza que me recuerda al David de Miguel Ángel.

[Me despierto, voy a dar agua a mis hijas y me vuelvo a acostar.]

Sueño, estoy de nuevo en la playa. Esta vez no hay tormenta, han encontrado los huesos de alguien enterrados en la arena. Pero no es él; sigue vivo y alguien ha insertado el recuerdo del asesinato en mi cerebro, de manera artificial. Entonces, ¿dónde estás?


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