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Portugal

La paz siempre la encuentro en Portugal. Esta noche he soñado que la casa que habito me hablaba. La madera cruje. 

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Sueño con fados

En esta época del año vuelvo a los fados, a toda la nostalgia que me inspiran. La nostalgia a la que abro las puertas de vez en cuando para buscar palabras, emociones tan mías. Y conforme voy escribiendo, escuchando fados, voy alejándome de este mundo, me llevo conmigo sólo a lo míos. Tejo una escafandra en la que pocos caben. Me olvido de esas personas que me cansan, que no escuchan, charlan, hacen ademanes pero no dicen nada.

Sólo mi tribu, y mis fados y las palabras conviviendo en la silenciosa escafandra. Y vuelo, soñando, hacia Portugal, otra vez la inmensidad del Océano a sus pies.

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Antojo.

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Portugal

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No siento saudade en Portugal, si acaso cuando no estoy allí. Me siento feliz porque creo que el aire de este país es menos denso. Pesa menos porque el aire sobrante lo condensan con el fado, lo cantan y se lo lleva el Atlántico.


¡Qué mal rato! (Disparate total III)

Y lo llaman familia. Hoy he estado en la playa con mi familia, padres, hermanos, tíos, primos, primas… abuelos desgraciadamente ya no tengo, ellos habrían sido más comprensivos. Mis padres son unos señores muy respetables, pero en el sueño tenían una peluquería que en realidad era una tapadera de un negocio más turbio, indefinido. Nada bueno en cualquier caso. Los llevo a todos a la playa, no sé cómo caben en el coche. Una vez allí me hacen volver a casa para dejar una carpeta llena de papeles, notas con llamadas perdidas, mensajes importantísimos que no se pueden perder.

Resignada me dirijo de nuevo a mi casa, un gran piso situado en un edificio muy lujoso ubicado en Portugal (es que tengo fijación con Portugal). Pero, y aquí está el mal rato, no soy capaz de llegar. El sobre se me cae veinte millones de veces, para mí que he perdido varios papeles. Además viajo en un Renault Laguna negro y cada poco tiempo me para alguien interesado en comprarlo: “Es que el color negro es el mejor para este coche, me encantan los asientos abatibles”. Cuando me hablan de los asientos me doy cuenta de que viajo con un bebé, que no es mío. Pero habrá que cuidarlo… se está comiendo uno de los papeles. ¡Por Dios!

Llego a mi destino, pero todavía tengo que entrar. Cuando me acerco al portal un chico se me acerca por detrás y mete su mano en mi bolsillo para decirme que tengo un billete de cincuenta euros: “Tú lo que quieres es robarme. Bueno, gracias por avisar”. Cuando me despido del chico recibo una llamada al móvil; es la familia tan simpática que tengo, que me pide que me dé prisa y los recoja porque les está dado a todos una insolación. Entro por fin, y hay cola para coger el ascensor porque en la planta de arriba hay una discoteca. Además me he dejado al bebé en el coche… De repente me encuentro con mis primas Rita y Andrea: “¡Hola chicas! ¿Me guardáis sitio en la cola?”. Ni p. caso.

Justo, justo cuando voy a subir en el ascensor aparece mi querida parentela, que ha decidido venir andando y me miran todos con cara de pocos amigos, además se han quemado y literalmente echan humo por las orejas. Por supuesto se cuelan en el ascensor y la última en entrar me recuerda que tengo que dar de comer a los peces del portal. Es que el edificio es muy moderno y tiene una pecera. Los peces me miran y yo pienso que se parecen a mis queridos padres y hermanos y tíos y primos y primas. Cuando por fin consigo subir todos me dicen lo mala que soy por no haberles recogido a tiempo, y lo mala que soy porque hago ruido y no les dejo dormir… Pero si yo soy muy buena, ¿a que lloro?


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