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La casa del árbol

arbolLa casa del árbol con la que he soñado esta noche es una casa construida en un árbol, pero tan grandes, la casa y el árbol, que hay pasillos incrustados en la roca, estancias suspendidas en el cielo.

En la casa del árbol viven dos niños gemelos, niño y niña, y yo a veces soy el niño y otras la niña. En otras ocasiones soy la testigo soñadora que los ayuda. En la casa del árbol viven también los padres de los gemelos. Mamá es una princesa, papá un malvado príncipe al que todos tememos.

Después de que el malvado príncipe mate a su esposa, los niños tienen que escapar montados en un globo. El globo está hecho de hojas y ramajes, y gracias a que yo soplo con la fuerza de un gigante, se eleva por el árbol, por la roca, por los pasillos y estancias que suben al cielo.

Mi subconsciente ha dado un salto en el tiempo; unos treinta años después hemos visitado la casa del árbol, justo después de que el malvado padre haya muerto viejo y decrépito. Soy uno de los gemelos. Estamos recorriendo las habitaciones cuando un escalofrío en forma de mujer roza mi espalda. He podido ver a la princesa, cambiada, más mayor. No he podido averiguar si es un fantasma, un espejismo o es que ella ha vuelto a la casa del árbol porque nunca murió. El escalofrío me ha despertado antes de descubrir qué ocurrió.

 

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Había una vez, en un reino muy lejano un príncipe que era muy torpe. Yo un día me colé en su castillo, pero el príncipe me pilló. Me dijo: “¿Se puede saber qué haces en mi castillo?”

– Es mío también – le contesté.

– Es verdad, adiós.

Nos pusimos a correr y él me persiguió hasta que se fijó en mi cara, entonces puso ojitos de corazón y me preguntó:

– ¿Te vienes?

– Vale, pero sin besos.

– Bueno vale.

Cuando llegamos al bosque fui yo quien le pude ver bien la cara y… era muy guapo. Pero ya le había advertido sobre lo de los besos. ¿Os digo cómo era? Tenía el pelo negro, los ojos azules y tres pecas en cada moflete. Pensándolo bien tampoco era tan guapo, ni tan feo como un pollo sacado del horno. Eso sí, era como todos los chicos en cuanto a su personalidad; sólo piensan en fútbol. Aunque el príncipe era un poco romántico, pero no demasiado.

Lola.

Y aquí es donde descubro que mi hija de ocho años va por el mismo camino que la mayoría de las mujeres en el mundo de las contradicciones: Guapo pero no tanto, romántico pero no tanto, sin besos pero deseando que le sorprendan con un beso, si pero no.

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Querida Lola.

Rojo II.


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