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Cucurrucucu, no llores

Desde que me di cuenta de que lo único que tenemos son la preguntas, ya no me hago demasiadas preguntas. Todas las contesto con la misma respuesta: “No lo sé”. No lo voy a averiguar, no en este mundo.

Ayer estuve en la playa, tenía los pies en alto en un mar verde y estuve pensando en ello. Un buen baño que me recordó varias reflexiones: Quizás (“no lo sé”) somos producto de la educación que recibimos, pero la educación es lo más voluble que tenemos cuando somos adultos, ésa se puede cambiar. Somos producto de la cultura y generación que hemos vivido, ésas son más difíciles de desincrustar. Y somos animales de impulsos, aunque a mí las emociones me gusta canalizarlas y darles un sentido intelectual. Somos seres sociales, y culturales. Pretender algo más es puritita soberbia.

“¿Y ya está?”. Me dio cierto vértigo no sentir vértigo. Y como tal, soñé con el vértigo. Me dio vértigo la nada, y me acordé del paso del tiempo y de ti papá. ¿Cómo se vive sin padres? ¿Y sin hermanos? ¿Y con tanto pasado? Y cogí todo ese pasado y visualicé la imagen de un viejo marinero, con una pulsera de cuerda en la muñeca gastada por el mar. Y se me pasó el vértigo. Te voy a regalar una pulsera con alguna concha de las que rescato en mis mejores baños.

Estoy escribiendo estas palabras y te tengo frente a mí, y escucho la versión de Caetano Veloso de “Cucurrucucú, paloma” para Hable con Ella. A ti que te gusta Almodóvar; te la dedico. No llores.

Vamos a saborear el salitre de la pulsera. Cuando más gastada esté, mejor.


Navidad en La Antilla (Acabaré sumergiéndome en el mar)

la antilla

 

Allí es donde hemos pasado los días de Navidad. Los paseos siguen siendo los mismos aunque ahora son más concurridos al ir acompañada por los niños. Recuerdo de nuevo un texto que escribí sobre los paseos interminables por esta playa:

ACABARÉ SUMERGIÉNDOME EN EL MAR

Son muchas las tardes en las que mi marido y yo salimos a caminar por la playa. En La Antilla, antes de que anochezca, la bajamar y los kilómetros de arena convierten el paseo en casi una exigencia porque, ¿quién puede resistirse? Al aire impregnado de salitre, a las nubes color fucsia, y al gris plata de la orilla.

Cuando Javier y yo caminamos, con paso firme, hacia esas nubes, el viento frío nos da de cara – los paseos son más intensos en invierno – cuando la playa está casi vacía, entonces al hablar el aire se mete en los pulmones con más dificultad, provocando en ellos un golpe seco. Pero pese a que las palabras salen entrecortadas por el esfuerzo, nuestras conversaciones durante esos paseos son muy francas: ponemos en orden nuestras ideas. Creo recordar que el nombre de nuestra hija, Lola, lo decidimos durante uno de estos paseos.

Siempre nos ponemos una meta, abandonamos el barrio de pescadores, donde siempre vemos peces muertos al lado de las barcas encalladas, y llegamos a las dunas, que comienzan a divisarse por detrás de los grandes hoteles, nuevas construcciones que contrastan con las pequeñas y desconchadas casas de los pescadores.

Al emprender el camino de vuelta ya nos lo hemos dicho todo. Ahora el viento nos empuja más rápido hacia casa. En silencio escuchamos el sonido de las olas, una mezcla entre chapoteo y rugido de tormenta, una mezcla de viento y mar, que ahora es de un color más oscuro, azul marino. Es el único sonido que parecemos escuchar, aunque si nos concentramos un poco también suenan nuestros pasos amortiguados por la arena, y la respiración de ambos: inspiramos fuertemente por la nariz.

Nos sentimos limpios, por ese aire que despeja los pulmones, y por el entorno, que despeja las ideas.

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Inspiración III.


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