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Microsueños

Últimamente tengo sueños cortos, como muchas veces sin sentido, otras razonablemente relacionados con mi subconsciente. Todos ellos microsueños que me divierten en la mayoría de los casos, por su absurda ocurrencia, por su capacidad de sorprenderme, por su corta duración:

– Ir a París dando un paseo desde mi casa no está mal. Teniendo en cuenta que vivo en Sevilla descubrir que París está tan cerca es algo muy excitante y organizo una excursión con toda mi familia. Pero ellos no me quieren acompañar.

– En uno de mis sueños he encontrado a un fisioterapeuta al que le cuento que me sigue doliendo mi lesión de hombro y, ni corto ni perezoso, me quita todos los huesos de mi cuerpo (indoloro pero raro) y me dice que me olvide de ellos, que no los necesito.

– He pasado muchos nervios cuando me he presentado a un concurso de talentos y he hecho un baile penoso ante un jurado presidido, no me preguntéis por qué, por unos personajes disfrazados con máscaras venecianas. Supongo que la superpoblación de “talent shows” en televisión y las últimas noticias del pánico escénico de Pastora Soler y Joaquín Sabina han tenido que ver con haber soñado algo así.

– Lo que me provoca mucho vértigo es acudir a un hotel al que se accede a las diferentes plantas escalando. Para bajar, caída libre gracias.

– Y nervios y vértigo a la vez me provoca colarme en un concierto de Alanis Morissette (¿dónde te metes?) e interrumpirla en medio de un concierto aludiendo a mi destreza (soñada) con el violín. Quiero tocar el violín junto a sus músicos y convencerla de que la cartulina con la que me he fabricado las entradas valen igual que las oficiales. Les he puesto purpurina y todo.

Yo sé por qué he soñado con Alanis. Después de mucho tiempo he recuperado un CD de su MTV Unplugged que he escuchado millones de veces.  Y lo pongo en el coche a todo volumen, y canciones como Uninvited, I was Hoping, o That I would be Good, además las grito junto a ella.

 


Auxi

family

Me ocurre en ocasiones que cuando paso el día con alguien luego me acompaña en los sueños que tengo, va apareciendo cual testigo privilegiado de las locuras que me plantea mi subconsciente. Hoy me ha ocurrido con mi cuñada, con la futura mujer de mi hermano, con la que le quedan menos de dos semanas para su boda, con la madrina de mi hijo pequeño, contigo.

Ayer compartí en Sevilla un día lluvioso con ella (y con todos) y me ha acompañado esta noche en varios sueños. A dos semanas de su boda hemos estado buscando tranquilamente un traje de novia. Sin nervios, sin prisas, porque el tiempo se estira en los sueños, y sin tener en cuenta que ya tiene un vestido precioso elaborado por su hermana. Luego la cosa se ha complicado, porque se ha visto obligada a acompañarme en un reto que no le apetecía nada cumplir: cruzar a nado el Estrecho de Gibraltar. Es algo que yo quiero hacer alguna vez en mi vida, pero ella que yo sepa no tiene esa intención. Iba nadando y diciéndome como los niños pequeños en los viajes: “¿Queda mucho?”.

-“No hables porque te vas a cansar más, y sobre todo no pienses en lo que puede haber bajo tus pies” – le contestaba yo.

Luego hemos esquivado a un dragón que ha salido de las profundidades del mar, y hemos sido rescatadas por un helicóptero sospechosamente sospechoso, con unos tripulantes que nos daban más miedo que el dragón. Después del susto le hemos dado el biberón a mi bebé y nos ha comentado, con cuatro meses, lo que le sorprende la tendencia de los políticos desde hace poco a vestir con camisa blanca, cuando en realidad sólo le queda bien a Pedro Sánchez Castejón: “A mí también me favorecen los peleles blancos”.

Antes de despedirse para dar paso al despertador, mi cuñada Auxi me ha pedido que no vuelva a soñar con ella, que ha sido agotador.


Se dejaron llevar

Se conocieron en una fotocopiadora. Él ni siquiera tendría que haber estado allí; pero estaba. Ella tenía prisa, pero había cola. Él no tendría que haberse fijado en nadie, pero se fijó en ella, porque tenía cara de prisa pero tenía que esperar. Y se fijó en ella porque le gustó la cinta de su pelo, su falda, y lo femenina que le resultó. Y ella tenía prisa pero se fijó en el descaro del chico que tenía delante y la miraba. Y se dejaron llevar, porque inmediatamente entendieron que no tendrían que haber estado allí, que no tendrían que haberse conocido, y que sin embargo estaban uno frente al otro y se miraban. Y él le preguntó de dónde era –su acento la delató–, y ella le confirmó que acababa de llegar a la ciudad. Él se ofreció a enseñársela y se dejaron llevar.

Su relación es indefinida, no saben si son amigos o hay algo más. Quizás ella tenga la vida organizada en su lugar de origen, pero en Sevilla está viviendo un sueño disparatado. Y lo que ha entendido muy bien es que debe dejarse llevar, no debe dar ningún paso meditado, porque ninguno de los dos es dueño de ese destino que los puso uno frente al otro, porque eso lo entendieron desde el principio, porque se conocieron en una fotocopiadora y él ni siquiera tendría que haber estado allí.


¡Béticos del Universooooo!

Me encanta el fútbol, ya os lo he confesado en alguna ocasión, y soy del Barça, también lo sabéis. Dicho esto, vivo en Sevilla pero no soy de Sevilla. ¿Que qué significa esta apreciación? Relacionada con el mundo del fútbol, se traduce en que vivo con cierto asombro la rivalidad que existe entre el equipo del Betis y el Sevilla. Trasciende al mundo del deporte, es mucho más. La primera vez que me di cuenta de esto fue cuando mi hija, antes casi de saber hablar y mucho antes de saber lo que era el fútbol, vino de la guardería diciendo “beti caca” y “sevilla mielda”. Ella nunca se definió y ahora también es del Barça.
Os he puesto en antecedentes para que entendáis por qué razón he soñado hoy con ambos equipos. Yo tampoco me he definido, soy incapaz; pese a que no me disgusta el himno del Sevilla y me encanta la llamada a filas de los béticos: “¡Béticos del Universoooo!” A veces lo grito yo sola, sin venir a cuento. Hoy los dos equipos han intentado convencerme para que me decante por uno de ellos. Los dos han montado un chiringuito, literalmente, en una playa cualquiera, con una distancia de unos cien metros entre sí.
Y claro, qué chiringuitos más raros. El del Sevilla era la recepción de un hospital, con dos barras en las que en vez de pedirse copas se pedían recetas. Tengo que confesar que me he sentido muy cómoda allí, pasando el rato, charlando con los recepcionistas. Escuchabamos música, bailábamos… Hasta que ha llegado mi amiga Magüi, que es médico, y ha querido operarme de no se qué con no se qué aparato… ¡Me voy de aquí!
El chiringuito del Betis muy original, porque era una página web, y entré en él cual Tron en combate. Pero también se fastidia la idea virtual, ya que me obligan a rellenar una hoja de inscripción con datos interminables. Cuando me preguntan por mis estudios, estoy tan cansada que escribo acordándome del chiringuito anterior: “Medicina a tiempo parcial”.


El Circo del Sol

Allí es donde he estado esta noche; pero no en el recinto donde se representa su nuevo espectáculo, sino en el mismo Circo del Sol; es decir, en un lugar donde todos volamos y hacemos piruetas, sonreímos y lloramos y cantamos.

He estado con mi madre, y las dos hemos dado volteretas por el cielo, no por la carpa, sino por un cielo cosido a retales, no de telas, sino de piel de elefante. Los sueños son así, y el cielo es áspero como la piel de un elefante. Yo sé por qué he soñado con mi madre y el Circo. Ahora esta compañía representa su último espectáculo en Sevilla, Corteo, y al saberlo me he acordado de una vez, hace siete años, en la que de verdad fui con mi madre a ver Saltimbanco. Ella estaba emocionada porque ahora yo vivía en Sevilla y me tenía muy cerca y yo estaba aterrada porque ahora vivía en Sevilla y estaba muy lejos de Madrid (ya sé que hay AVE, pero no es lo mismo). Cuando echo la vista atrás me duele pensar lo poco comunicativa que estuve, y lo poco que disfruté de la representación. Y con esa “punzadita” me he acostado esta noche, pensando en estar de nuevo con ella sentada en las gradas, esta vez sonriente y feliz.

Dicho y hecho, he soñado que los acróbatas me invitaban a trepar por cuerdas interminables, y yo lo hacía con facilidad mientras me dirigía a mi compañera: “¡Mamá, mira cómo salto! ¡Soy ligera como una pluma, no tengo miedo!”. Y ella me aplaudía desde abajo. He pensado que me iba a quedar a vivir allí, porque es maravilloso no tener miedo… y disfrutar del espectáculo. Mamá, ahora no tengo dinero para invitarte a ver el Circo del Sol, pero en este sueño lo hemos pasado muy bien juntas.

¿Que qué tiene que ver la foto con el sueño? Pues que la ha hecho ella. Es bonita, ¿verdad? Entre nosotros, yo creo que le gusta mucho el mar.


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