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Rituales nocturnos

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Son los momentos más felices del día. Esos últimos momentos en los que faltan apenas minutos para dar por cerrada la consciencia, la consciente, porque la otra es cuando empieza a funcionar.

Y yo la dejo, pero no de golpe. La acomodo metida en la cama, con un libro abierto; lectura placentera en la que me sumerjo hasta quedarme casi dormida. Y aunque estoy consciente para tomar conciencia de lo que estoy leyendo, llega un momento en que las letras cambian de sentido. Si estoy leyendo sobre una pareja que hace el amor en un hotel de Tokio, y el autor me describe el albornoz de la chica, mi mente no registra el blanco del albornoz sino un paseo en bicicleta. Y si es Sócrates quien discute con Polo sobre si la retórica es arte o persuasión, yo ya no visualizo esa escena, guiño los ojos y las palabras escritas por Platón las registro como un niño subiendo unas escaleras.

Son preludios de lo que voy a soñar, quizás, la inconsciencia se abre paso entre la consciencia, y yo todavía soy lo suficientemente consciente para darme cuenta, para intentar leer un par de párrafos más, para fijar la vista.

Es en ese momento cuando decido, conscientemente, tener un último ritual: cerrar el libro, colocarlo cuidadosamente en mi mesita de noche y apagar la lamparita que, una vez apagada, emite una luz fluorescente muy tenue durante dos segundos. Yo la sigo mirando durante esos dos segundos y sólo cuando ya no la veo, estoy totalmente a oscuras, decido cerrar los ojos, acomodarme en la almohada y ahora sí, dejar paso a esos sueños que posteriormente os voy a contar.

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Libertad III

Sócrates fue condenado a suicidarse mediante envenenamiento. Murió de manera serena y yo esto (que quizás lo debería de haber sabido ya) lo descubrí anoche leyendo a Fernando Savater. Con esta idea me quedé dormida.

Y esta noche me he convertido en Sócrates, porque antes de llegar a la fase REM  del sueño, me pregunté qué hubiera hecho si me hubieran condenado a suicidarme. Soñando me he preguntado si se hubiera esperado de mí haberme rebelado, o si las personas que habían ejecutado la sentencia confiaban en que yo, en mis últimas horas de vida, hubiera conseguido hacer algún razonamiento, lo suficientemente brillante, para haberme librado de la pena. Dar una vuelta de tuerca, o si no, un último discurso de despedida para quedar con la última palabra.

Lejos de estar angustiada he llegado a la conclusión de que habría disfrutado, pensando, haciéndome preguntas. Mientras me quede eso, mientras pueda pensar, seré libre.

Sueños relacionados:

Libertad.

Libertad II.


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