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Rituales nocturnos

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Son los momentos más felices del día. Esos últimos momentos en los que faltan apenas minutos para dar por cerrada la consciencia, la consciente, porque la otra es cuando empieza a funcionar.

Y yo la dejo, pero no de golpe. La acomodo metida en la cama, con un libro abierto; lectura placentera en la que me sumerjo hasta quedarme casi dormida. Y aunque estoy consciente para tomar conciencia de lo que estoy leyendo, llega un momento en que las letras cambian de sentido. Si estoy leyendo sobre una pareja que hace el amor en un hotel de Tokio, y el autor me describe el albornoz de la chica, mi mente no registra el blanco del albornoz sino un paseo en bicicleta. Y si es Sócrates quien discute con Polo sobre si la retórica es arte o persuasión, yo ya no visualizo esa escena, guiño los ojos y las palabras escritas por Platón las registro como un niño subiendo unas escaleras.

Son preludios de lo que voy a soñar, quizás, la inconsciencia se abre paso entre la consciencia, y yo todavía soy lo suficientemente consciente para darme cuenta, para intentar leer un par de párrafos más, para fijar la vista.

Es en ese momento cuando decido, conscientemente, tener un último ritual: cerrar el libro, colocarlo cuidadosamente en mi mesita de noche y apagar la lamparita que, una vez apagada, emite una luz fluorescente muy tenue durante dos segundos. Yo la sigo mirando durante esos dos segundos y sólo cuando ya no la veo, estoy totalmente a oscuras, decido cerrar los ojos, acomodarme en la almohada y ahora sí, dejar paso a esos sueños que posteriormente os voy a contar.

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No es que sueñe

Por las noches no sueño, en realidad me traslado a otro lugar y luego os cuento donde he estado.

Mi subconsciente, mi compañero, al que temo en ocasiones por su lado perverso, desconocido, me abre una puerta justo cuando entro en la fase REM del sueño. Me invita a entrar y NUNCA puedo resistirme, NUNCA le digo que no. No sé lo que me espera al cruzar la puerta, pero yo entro, y viajo y sueño.

No es que sueñe, voy dando pasos guiada por mi subconsciente. Al principio el horizonte es negro, pero a cada paso que doy va cambiando el panorama de color, de olor, a veces hace frio y otras calor. Muchas veces voy moldeando espacios cerrados, casas, puertas, pasillos. Otras veces vuelo en cielo abierto. El mar siempre a mis pies, no puedo evitar sumergirme en él para respirar con mis branquias.

No es que sueñe, tampoco duermo.


Uptown Funk

Bailemos Uptown Funk. He intentado durante toda la noche imitar el movimiento de hombros de Bruno Mars. En mi sueño se me daba muy bien, pero ahora que estoy despierta y observo de nuevo el vídeo me doy cuenta de que no lo he conseguido. No importa, le voy a dar a play y a bailar.

 


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Hubo un tiempo en que escuchaba sin descanso esta música. Después de mucho tiempo, y si razón aparente, se ha colado en mi sueño esta noche, hora tras hora, tras hora, tras hora.


Declaro mi amor a la palabra

Declaro mi amor a la palabra. Me rindo ante su poder de convicción. Me ayuda a contarte todo. Creo que las palabras anulan mi timidez. Y cuando escribo palabras, otras palabras buscan su contenido, como risa, valentía, sueño.

Declaro mi amor y entrega a la palabra, que me ayuda a escapar de aquí, y viajar allí, e inventar todos los allí que yo quiera. Nunca falla la palabra, no se me escapan las palabras, son fieles y no parlotean, siempre que tú también les seas fieles a ellas.

Me salva la palabra.


Sueño a medias, pesadilla a medias

encapuchadoSoñar con un asesino en serie puede considerarse como una pesadilla en toda regla, pero yo me he quedado a medias esta noche, la verdad. Un susto tras otro interrumpido no sé si me ha producido miedo o desasosiego.

Estaba yo profundamente dormida cuando he vislumbrado una sombra acercándose a mi cuarto: mi cuerpo se ha quedado paralizado, he sentido una tensión indescriptible esperando ver quién era el dueño de esa sombra y si venía a hacerme daño. Pero de repente la sombra retrocede, y avanza, y retrocede. Entonces un hombre vestido de negro con un pasamontañas muy mal puesto se acerca y me dice al oído: “Perdona, quería haber hecho una entrada más espectacular pero he dudado entre andar de puntillas o llegar de un salto”.

Pese a las dudas iniciales me ha atado de pies y manos y… por arte de magia (y de los sueños) hemos llegado volando a un almacén vacío. Aquí “mi amigo” duda entre matarme con un cuchillo o de un disparo, y además no se acuerda muy bien de si tenía que hacerme confesar algo. Mientras se lo piensa le pregunto si es un asesino en serie porque ha matado a más personas con este peculiar método de la duda eterna, o se estrena por estos lares.

– Tendría que denominarme de otra manera, ¿verdad?

– No te preocupes, yo te llamo asesino en serie porque el sueño así me lo marca.

– Pero entonces, ¿esto es un sueño? Menos mal, porque no me apetecía nada matar a nadie.

– Bueno, pues devuélveme a mi dormitorio que no tengo ganas de comenzar el lunes con sobresaltos.


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