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El Centro Comercial

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No me gustan los centros comerciales. Sé que esta afirmación es demasiado tajante, pero el concepto “centro comercial” me angustia sobremanera. Llamémosle manía, además hay centros comerciales y centros comerciales. Pero mi pesadilla de esta noche tiene que ver con ese conjunto de comercios, cines y restaurantes de comida rápida en los que no cabe un alfiler por sistema.

No me gustan las multitudes, me angustian, y si hablamos de multitud, centro comercial y hacer cola… ¡Socorro! Entonces es cuando mi subconsciente me ha dicho: “¡Zas, en toda la boca!”. Y he estado toda la noche dando vueltas por un centro comercial, subiendo y bajando escaleras mecánicas. Sube, baja, cambia, paga, traga o engulle, baja y sube y descambia todo lo que has comprado. Me ha faltado también vomitar.

Y por supuesto, haz cola y súbete en el tiovivo gigante recién estrenado en medio de la gran esplanada gigante recién estrenada, con techo cubierto imitando un cielo azul. Y escala hacia el techo y rompe el techo de un puñetazo porque es que ya no puedes respirar. Me han echado del centro comercial, el encargado de acompañarme era Rafa Nadal. Menos mal que mi sueño ha terminado con un buen sabor de boca. Que digo yo que Rafa me podría enseñar a jugar al tenis…

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El tiovivo mágico

Podría haber acudido a Internet y, en un momento, buscar una definición más concreta y real de lo que es exactamente un círculo y si es finito o infinito y si los puntos que lo forman son, qué se yo, finitos o infinitos. Pero quería explicarme de una manera digamos más honesta, más infantil, porque en cuestiones matemáticas y espacio temporales mi cerebro sigue siendo el de una niña de cinco años. De esta manera podréis entender cómo percibe mi mente el hecho de dar vueltas sin parar sobre un círculo, haciendo paradas en todos los puntos posibles. Lo percibo como si hubiera estado montada en un tiovivo que se convierte en un laberinto: un tiovivo mágico.

Si el caballito de madera donde estoy sentada comienza a moverse, le doy la espalda al Sol, y comienzo a sentir mucho frío. Y con el frío me transformo en otra persona; ahora soy un adolescente (un, no una) rebelde, fuerte, como mis personajes literarios preferidos: Huckleberry Finn, Kafka Tamura, Holden Caulfield… El caballito sigue dando vueltas, y me dispongo a volver mi cara hacia el Sol. Pero como el tiovivo es un laberinto,  no un círculo perfecto de puntos infinitos o finitos, el caballito se pierde. Vuelvo a ser yo, pero más temeraria de lo que me muestro normalmente, y a lomos de mi valiente corcel, entro en una sala llena de espejos y los rompo todos. Salimos sin un rasguño, mi caballito y yo.

El tiovivo sigue su curso, no me da tiempo a coger “carrerilla”, porque casi sin darme cuenta, buscando una salida al laberinto que en realidad es volver al mismo punto de partida, estoy de nuevo en un cruce de caminos. Y en esta ocasión es un cruce de caminos de verdad: al Este multitud de objetos, al Oeste todos los pensamientos, al Norte palabras encadenadas y en el Sur se encuentran los recuerdos. Mi caballo, que ahora sabe hablar, me dice: “Da igual el camino que escojas, todos te llevan al mismo lugar”.

Podríais pensar que en este sueño se simboliza el “círculo” de la vida, se analiza la antítesis del concepto del paso del tiempo, y le doy una explicación filosófica y metafísica a mis sueños. Pero… olvidaos de todo eso, he soñado que daba vueltas en un tiovivo, y el mareo me ha durado hasta que he podido probar el brebaje mágico de las mañanas: un café bien cargado.

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Vuelvo a Nueva York (in my mind).


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