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Ese escalofrío en la espalda

Esta noche me he trasladado a casa de mis padres, volando imagino. Me he ido a un cuarto pequeñito que ya no existe a escribir y he dejado a mi bebé en un parque en una habitación más grande, cerca. Es de noche, todas las puertas están abiertas porque hace calor.

Y yo escribo, pero oigo un ruido, las puertas están todas cerradas. Se han cerrado, todas, puertas y ventanas de una sola vez. No parece que haya sido el viento, no hace viento. Y, cuando me voy a incorporar para comprobar lo que ha ocurrido, el bebé aparece en el cuarto pequeñito. Es imposible que haya salido solo del parque, por lo que me empiezo a asustar.

Hay un intervalo de uno o dos segundos en los que tienes que decidir si es mejor quedarte encerrada en el pequeño cuarto, salir corriendo de la casa con el bebé en brazos o no hacer nada porque en realidad no ha pasado nada; puede que las puertas se hayan cerrado por un golpe de aire y el bebé haya aprendido a salirse solo del parque.

Pero notas presencia ajena y tu cuerpo se mueve a cámara lenta; lento es el escalofrío que sube por tu espalda.

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Navidad en La Antilla (Acabaré sumergiéndome en el mar)

la antilla

 

Allí es donde hemos pasado los días de Navidad. Los paseos siguen siendo los mismos aunque ahora son más concurridos al ir acompañada por los niños. Recuerdo de nuevo un texto que escribí sobre los paseos interminables por esta playa:

ACABARÉ SUMERGIÉNDOME EN EL MAR

Son muchas las tardes en las que mi marido y yo salimos a caminar por la playa. En La Antilla, antes de que anochezca, la bajamar y los kilómetros de arena convierten el paseo en casi una exigencia porque, ¿quién puede resistirse? Al aire impregnado de salitre, a las nubes color fucsia, y al gris plata de la orilla.

Cuando Javier y yo caminamos, con paso firme, hacia esas nubes, el viento frío nos da de cara – los paseos son más intensos en invierno – cuando la playa está casi vacía, entonces al hablar el aire se mete en los pulmones con más dificultad, provocando en ellos un golpe seco. Pero pese a que las palabras salen entrecortadas por el esfuerzo, nuestras conversaciones durante esos paseos son muy francas: ponemos en orden nuestras ideas. Creo recordar que el nombre de nuestra hija, Lola, lo decidimos durante uno de estos paseos.

Siempre nos ponemos una meta, abandonamos el barrio de pescadores, donde siempre vemos peces muertos al lado de las barcas encalladas, y llegamos a las dunas, que comienzan a divisarse por detrás de los grandes hoteles, nuevas construcciones que contrastan con las pequeñas y desconchadas casas de los pescadores.

Al emprender el camino de vuelta ya nos lo hemos dicho todo. Ahora el viento nos empuja más rápido hacia casa. En silencio escuchamos el sonido de las olas, una mezcla entre chapoteo y rugido de tormenta, una mezcla de viento y mar, que ahora es de un color más oscuro, azul marino. Es el único sonido que parecemos escuchar, aunque si nos concentramos un poco también suenan nuestros pasos amortiguados por la arena, y la respiración de ambos: inspiramos fuertemente por la nariz.

Nos sentimos limpios, por ese aire que despeja los pulmones, y por el entorno, que despeja las ideas.

Sueños relacionados:

Inspiración III.


Que se vaya el verano

Nubes de levante

Para mantenerme a salvo. Que el viento se lleve sus falsas rutinas, pero que mantenga intacta la terraza donde escribo estas palabras. Que el viento me empuje suavemente, que me adentre en el invierno y me susurre palabras nuevas. Que termine el verano amable, pero irreal, que el viento me mantenga a salvo.

Sueños relacionados:

– La playa.

– Verano.


Acabaré sumergiéndome en el mar

Esta noche he vuelto a soñar con agua salada y he recordado esta reflexión:

Son muchas las tardes en las que mi marido y yo salimos a caminar por la playa. En La Antilla, antes de que anochezca, la bajamar y los kilómetros de arena convierten el paseo en casi una exigencia porque, ¿quién puede resistirse? Al aire impregnado de salitre, a las nubes color fucsia, y al gris plata de la orilla.

Cuando Javier y yo caminamos, con paso firme, hacia esas nubes, el viento frío nos da de cara – los paseos son más intensos en invierno – cuando la playa está casi vacía, entonces al hablar el aire se mete en los pulmones con más dificultad, provocando en ellos un golpe seco. Pero pese a que las palabras salen entrecortadas por el esfuerzo, nuestras conversaciones durante esos paseos son muy francas: ponemos en orden nuestras ideas. Creo recordar que el nombre de nuestra hija, Lola, lo decidimos durante uno de estos paseos.

Siempre nos ponemos una meta, abandonamos el barrio de pescadores, donde siempre vemos peces muertos al lado de las barcas encalladas, y llegamos a las dunas, que comienzan a divisarse por detrás de los grandes hoteles, nuevas construcciones que contrastan con las pequeñas y desconchadas casas de los pescadores.

Al emprender el camino de vuelta ya nos lo hemos dicho todo. Ahora el viento nos empuja más rápido hacia casa. En silencio escuchamos el sonido de las olas, una mezcla entre chapoteo y rugido de tormenta, una mezcla de viento y mar, que ahora es de un color más oscuro, azul marino. Es el único sonido que parecemos escuchar, aunque si nos concentramos un poco también suenan nuestros pasos amortiguados por la arena, y la respiración de ambos: inspiramos fuertemente por la nariz.

Nos sentimos limpios, por ese aire que despeja los pulmones, y por el entorno, que despeja las ideas.

Sueños relacionados:

Inspiración III.

 


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