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¿Puede un libro cambiarte la vida?

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No me refiero a los libros de autoayuda. No soy muy fan de ellos, tengo que reconocerlo. Pese a algunos intentos de mi hermano porque lea alguno, me asomo a ellos con tal escepticismo, que es difícil que termine los primeros capítulos.

Me centro en la literatura. ¿Puede la lectura de un libro cambiarte la vida? Desde hace pocos días, esa pregunta me tintinea en la cabeza, después de prestarle a mi hija adolescente “El guardián entre el centeno” (Salinger). Como ella es ávida lectora, a mí me gusta, cuando creo que llega el momento de abrirle las puertas a algún libro mítico, dárselo acompañado de toda la parafernalia posible. Le digo: “Ha llegado el momento de que leas un libro clave, vas a alucinar, etc.”.

Con “El guardián entre el centeno” me mostré tan entusiasta que llegué a decirle: “Con este libro vas a experimentar un antes y un después”. Luego me quedé pensando si realmente este libro me marcó tanto a mí. Y creo que, pese a que es de mis títulos favoritos, que además está narrado de una forma que tanto busco como lectora, y pese a pensar en Holden de vez en cuando, realmente no. Me dejé llevar por el halo que envuelve “El guardián entre el centeno”, que por cierto, a mi lectora favorita de trece años le está entusiasmando.

Seguí pensando en que también los libros marcan en función de la edad en que los leas. En el colegio leer “Nada”, de Carmen Laforet, sí que provocó en mí un antes y un después, por ser capaz de recrear un ambiente que puedes oler y palpar con palabras. Aunque ya había leído mucho, es la primera vez que fui consciente de que con las palabras se puede hacer algo más que escribir.

¿Y en la Universidad? Allí descubrí a Virginia Woolf. El primer libro que me leí de ella fue “Miss Dalloway” aunque mi preferido es “Las olas”. No lo compré, lo pedí prestado en la Biblioteca de la Universidad,  y llené de anotaciones cada página. Debí quedarme ese libro, pero como siempre he sido muy formal, lo devolví a su debido tiempo, eso sí, lleno de anotaciones. A veces me pregunto si en la Biblioteca de la Universidad de Navarra anda perdido por ahí un viejo ejemplar de “La señora Dalloway”, con mi letra estampada en cada página.

Pero, ¿sabéis que libro me provoca un nudo en el estómago cuando lo recuerdo? “Las cosas que llevaban los hombres que lucharon”, de Tim O´Brien. ¿Es el mejor libro del mundo? En absoluto, pero cómo influye el momento en el que lees un libro: formándome como periodista, con mi vocación en plena ebullición. De esta forma, un libro que repasa la experiencia en la guerra de Vietnam del autor, me cambia para siempre.

En ese momento me cautivó la capacidad de expresión de O´Brien para contar lo que quería. Utilizar la repetición para lograr un efecto, y lo concreto e incluso la cotidianeidad para describir sentimientos universales. Desde entonces me intereso por una narrativa que no sólo cuente una historia, sino que tenga una clara intencionalidad expresiva. Narrativa poética, prosa poética se puede llamar, a veces seca, cortante, pero la busco a la hora de leer y de escribir. Ese camino lo he mantenido hasta hoy.

Pero insisto, ¿ese libro cambió mi vida? ¿O me marcó porque era lo que andaba buscando, con mi personalidad ya fijada?

¿Puede un libro cambiarte la vida?

 

 

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Me gustan los hombres

luis tosar

Sirva este artículo como un mea culpa por haber demonizado al sexo masculino en algunas ocasiones. Entiéndase que este texto lo escribe una feminista confesa que suele decir frases como “no hay nada más torpe que un hombre”. Sabed que estoy dolida y hastiada no sólo de violencia, de esclavitud sexual, sino también de actitudes soberbias, torpes, rudas, neandertales que nunca podrían definir a una mujer.

Y si no con rabia, también he tratado al hombre con condescendencia, sabedora de que en muchas ocasiones la mujer es más resolutiva, despierta, capaz. Sirva este artículo como un mea culpa por generalizar.

Hace pocas semanas leía un artículo sobre una aldea en Kenia sólo para mujeres, fundada por víctimas de violaciones de soldados británicos hace más de dos décadas. La aldea se llama Umoja, y los hombres, salvo en contadas ocasiones, no son bienvenidos. “Soluciones extremas para situaciones extremas”, pensé. Y me pareció una muy buena idea. Pero leer este artículo también me hizo pensar que, para ser justos, el hombre es necesario en nuestras vidas, que no todos son, ya no violadores o asesinos yéndonos a casos extremos; que no todos los hombres son machistas. Y eso, que parece una obviedad, yo lo he tenido que volver a pensar.

Me gustan los hombres, no querría renunciar a ellos, sin condescendencia, porque son buenos, generosos, porque nos complementan. Me gustan mis hermanos, complicidad y carcajadas, y dos amigos que me ponen de buen humor. Me gusta el amor incondicional de mi padre, y me gusta mi marido, cómo no. Mi marido me gusta porque le quiero, y también porque me ha demostrado en muchas ocasiones que es igual de feminista que yo.

Tengo que reconocer que en literatura me gustan más los personajes masculinos que femeninos. Huckleberry Finn, Kafka Tamura, Holden Caulfield me conmueven, y me mata la personalidad de Sebastian aferrado a Aloysius. En “Una habitación propia” Virginia Woolf explicaba que había menos heroínas que héroes en la historia de la literatura porque había (y hay) menos escritoras. No creo que esa sea la razón de mi predilección por los personajes masculinos. Ella era muy dura con las mujeres, clasista además, como si ese hecho fuera culpa nuestra. Querida Virginia Woolf, en muchas ocasiones no nos dejan. Yo he vivido cómo ser mujer y madre de tres niños me ha complicado mi vuelta al mundo laboral. Pero seamos hoy justos, no podemos echarle la culpa de esto sólo a los hombres.

Me gusta Antonio Muñoz Molina, y Cortázar y me gusta perderme en los mundos de Borges. Me gusta Enrique Vila Matas. Cómo no me va a gustar Ricardo Darín, me gusta Eric Bana, Tim Robbins, Enrique Urbizu, Daniel Auteuil y Julio Medem por “Los amantes del Círculo Polar”. Me gusta Luis Tosar. Me gusta Kanouté, Rafa Nadal. Me encanta Charles Aznavour, escucharlo sin parar. Me gusta Mika y Xoel López.

Me admira la capacidad de algunos hombres de perdón, de generosidad, me admira también el coraje del padre de Candela. Me acuerdo de cómo algunos profesores de la facultad me dejaron huella, me enseñaron a hacer un periodismo sin aspavientos. Me gustan las homilías realistas y sin abalorios del cura al que escuchamos en verano. Como católica odio la frase que dice que Eva sale de la costilla de Adán. En su poca capacidad pedagógica la Iglesia no explica bien que esa frase no es literal y que es una metáfora de nuestra creación; ni como metáfora me vale. Pero me gusta el Papa Francisco; y me gusta el Dalai Lama, gran escritor por cierto.

Permítanme que haya un hombre al que sí voy a seguir tratando con condescendencia. Es mi hijo pequeño, un bebé de quince meses que apenas dice sus primeras palabras. A éste le voy a proteger como un ser torpe, inocente y tontorrón. Pero prometo que conforme vaya creciendo no sólo le daré mis discursos feministas (tiene dos hermanas que se los saben de memoria), también dejaré que despliegue sus alas de hombre, que son distintas a las de las mujeres.

 

 

 

 


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