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Pesadilla apocalíptica

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Dos cosas recurrentes me ocurren cuando tengo una pesadilla. Siento escalofríos en la espalda y, cuando quiero pedir auxilio, me quedo sin voz. ¿Os suena?

Esta noche he tenido una pesadilla y me han ocurrido las dos cosas. Suerte que no me gustan las películas de terror, porque con lo que sueño tengo suficiente.

La pesadilla ha comenzado cuando ha llamado mi hermano Juan a la puerta y al abrir lo he notado raro. Muy nervioso, riéndose a carcajadas sin venir a cuento y contándome que tiene fiebre, tiene frío, tiene calor y que ha dejado a mis hijos solos en el parque. Cada vez está más excitado hasta que me confiesa que le han contagiado un virus mortal.

Mi subconsciente se ha acordado de la película “28 días después”, maravilloso precedente de “The walkind dead” en el que casi todos los habitantes de Londres se han convertido en zombis. Ahora no hay zombis, hay locos sueltos, y mi hermano cada vez se muestra más agresivo. ¿Qué hacer? Le cierro la puerta en las narices; ¿me escapo por la puerta de atrás para recoger a los niños? ¿Me quedo en casa para estar segura del virus? ¿Me llevo a los niños en coche muy lejos? ¿Paro a repostar gasolina? ¿Estarán contagiados los de la gasolinera? ¿Compro comida y vuelvo a casa? ¿Llamo a la policía? ¿Estarán los niños contagiados ya?

Mi hermano se da cabezazos contra la puerta, y yo quiero pedir ayuda; pedir ayuda a alguien que me rescate de mi propia pesadilla. Pero no consigo articular palabra, no tengo voz. Intento gritar pero no puedo.

De todas formas he conseguido despertar a toda la casa; sí que estaba gritando, menos mal que me han despertado. Aunque no he podido evitar sentir el escalofrío en la espalda, mi hija pequeña ha aparecido por detrás.

 

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El diario de los horrores

Esta noche he retrocedido trece años en mi vida. Me he ido al periódico donde hice prácticas durante un año entero, en el 99. Trabajé en el ABC porque cursé un Máster de Periodismo. Y hoy he vuelto a sus pasillos y me he cruzado con todos mis compañeros: Rocío, Dani, Mara, Héctor… Algunos pueden seguir trabajando en el periódico, pero otros me consta que como yo emprendimos distintas aventuras profesionales una vez pasado el periodo de prácticas.  Pero yo he vuelto, con esa capacidad que tengo de viajar en el tiempo, al periódico ABC de hace trece años. Y mi intención era que me dieran trabajo, pero ni siquiera me he preocupado de llevar un currículum, y además me he puesto un poco contestataria: “¡Mi currículum lo podéis ver en Internet!”.

He hecho un recorrido por todos los sitios que recuerdo: la sala donde se preparaba Blanco y Negro, la Guía del Ocio, el diario, las rotativas… pero claro, el recorrido se ha ido convirtiendo en algo que, lejos de resultar nostálgico, porque fue un año genial en el que aprendí mucho, ha resultado ser un tanto siniestro. Porque mientras buscaba sitios y personas a las que saludar me iba quedando sin ropa. En serio, sin ropa. Y cuando conseguía recoger trapitos escondidos por las esquinas, se me iban cayendo otra vez. ¡Qué apuro!

Pero es que además se me caían los dientes (me he quedado sin dientes muchas veces en mis sueños), y volvían a su sitio, y después se me caían otra vez. Pero mi actitud seguía siendo guerrera: “¿A quién hay que ver para que me den trabajo?” Subo unas escaleras, llego  al despacho del director, en esta ocasión despacho ficticio y director ficticio, de verdad. Y está a punto de ser operado allí mismo en su despacho, pero aún así me recibe porque yo voy a contrarreloj (tengo que coger un tren en una hora). Y es muy amable pese a que le están extirpando unos bichos de la espalda. Y detrás va el subdirector, y los delegados y… ¡hay un virus! Algunos mueren, otros echan sangre por la boca, en fin, muy agradable todo, y yo sin paletas y desnuda por ahí.


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