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Lo que no me gusta

Hashtag

Hace ya tiempo escribí un artículo sobre lo que me gusta. Aquellas cosas que al recordarlas me dibujan una sonrisa en la cara. Y parecía casi irremediable que llegara el artículo en el que os contara las cosas que no me gustan.

Es obvio que todos compartimos un estado de cosas que nos generan rechazo, como las injusticias, sobre todo las cometidas a los más inocentes, el odio, el egoísmo, la soberbia. Yo en este texto me voy a centrar en pequeñas o grandes manías mías; con algunas os podréis sentir identificadas y con otras señaladas.

Pero os las cuento de manera desenfadada, porque sin duda en muchas de ellas participo sin remedio. ¿Quién no ha caído en los errores que tanto critica? Cae todo ser humano… y hablando de humanos, no puedo soportar que alguien se dirija a otro diciendo “es muy humano”, ¿qué va a ser, anfibio?

Se utilizan muchas expresiones que por trilladas no me gustan, como “hay que salir de la zona de confort” o “tírate a la piscina”. No me gusta cuando nuestros hijos van a elegir una profesión que no nos convence y decimos: “Si quieres ser esto vale, pero tienes que ser el mejor”. ¿El mejor? Pues lo tiene complicado. ¿No es mejor decirles que den lo mejor de si mismos? Motivación, perseverancia y trabajo no les va a faltar por ello. Ahh, la educación de los hijos, nadie dijo que fuera fácil.

Pero parece que los padres de hoy en día somos unos expertos en educación, somos expertos en todo, y les decimos a los profesores lo que deben enseñar y a los médicos lo que deben recetar a nuestros hijos. Hay veces que dan ganas de hacerlo, pero la predisposición a ser más listos que nadie es lo que no me gusta.

Ahh, los hijos, tan perfectos, tan guapos, tan listos, tan deportistas, tan estudiosos. Tanto que les envolvemos en un halo color rosa bebé o azul azafata (atención a los matices de color)  y lo promulgamos donde y como sea, y por supuesto en las redes sociales. Mea culpa, yo escribo cuentos infantiles, escribo sobre mis hijos, son mi fuente de inspiración, pero de ahí a promulgar miniñohahechocaquitadespuésdemerendar.com hay un trecho. Las notas finales del niño en Facebook no, por favor. #Veranocool #papisorgullosos #telomerecestodo

Ahh, los hashtag, nuestros nuevos amigos. Les tengo una especial manía, también por su uso abusivo, aunque los utilizo #claroestá. Ya no escribimos, sólo utilizamos cuadraditos. #puesvale #vosotrosveréis #faltasdeortografía #quepocoenrolladasoy.

Y ya no escribimos, citamos a autores que nunca nos interesaron demasiado. Pero nos pirramos por esas frases entrecomilladas, las citas, que lejos de decir algo interesante son bonitas, o promulgan obviedades sin más. No me gustan.

No me gusta el “Black Friday”, ni las rebajas, ni los chándales, no me gusta el desorden, ni la informalidad. Y no me gusta que me digan “cielo”, ni “cari”, ni “cariño” y menos si casi no me conocen, que se da el caso, cada vez más.  No me gusta que me digan “no te vamos a pagar tus escritos pero ganas en visibilidad”.

No me gustan, me dan mucha pereza, los anuncios de colonia; parece que voy a tener un orgasmo cada vez opte por tal o cual perfume. Mis orgasmos valen más que eso.

Y no me gusta el sexismo (que no sexo) que hay en televisión, ni la utilización hipócrita que se hace de él; entiéndase por utilización hipócrita querer confundir comportamientos sexistas con libertad sexual, que no tienen nada que ver.  No me gusta que me traten con condescendencia por ser mujer,  que se confunda ausencia de machismo con sobredosis de paternalismo. Lo sé, somos complicadas. No me gusta generalizar, y lo acabo de hacer.

No me gustan las serpientes, ni los gatos; me dan miedo. No me gustan los mensajes en cadena de whatsapp, ni lo crédulos que somos, ni los correos spam. No me gusta la palabra “alicatar”, ni lo que supone. No me gusta la palabra “choni”, ni el tuerquing ni el reguetón. No me gusta escribir artículos demasiado largos, pero en esta ocasión parece que me he extendido más de la cuenta. No creí que decir lo que no te gusta y desahogarte así sentara tan bien.

Y a vosotros, ¿qué es lo que no os gusta?


El de la juerga, el coche, las monjas

sorcitroen

He vuelto a salir de juerga… en sueños, claro está. Pero de lo que he hecho desde las doce hasta las ocho de la mañana no me acuerdo de nada. He soñado con la vuelta, con mirar el reloj, ver que es muy tarde y sentir que me van a regañar.

Porque aunque voy a cumplir cuarenta años en pocos días, tengo siempre miedo de que me regañen como una niña, desde el médico si llego cinco minutos tarde a una cita, hasta mi santo padre, que no sólo no hace años que no me regaña, sino que ni siquiera me lleva la contraria. Y es algo con lo que nací, ese miedo a fallar a los demás, no tiene nada que ver con haber tenido padres autoritarios ni nada por el estilo. Lo intento superar, pero de vez en cuando el subconsciente me recuerda ese miedo.

Así que son las ocho y media de la mañana, estoy en un coche con mi marido, hemos bebido mucho, alguien que no somos nosotros conduce (vaya a ser que me regañe un policía de tráfico) y vemos a tres monjas haciendo autostop. Yyyyyy, paramos. Tres monjas mayores, perdidas, a las que vamos a dejar en alguna parte de camino a mi casa. A casa de mis padres; voy a volver de día y con copas de más a-ca-sa-de-mis-pa-dres.

Las monjas no caben bien en el coche que tiene silla Grupo I, Grupo II y alzador. Así que se tiran por el suelo. Muy bien, como nos pille la policía no sé qué les vamos a explicar.

Dejamos a las monjas sanas y salvas en algún lugar, alguien, no me preguntéis quién, aparca sin hacer ruido en el ga-ra-je-de-mis-pa-dres, y terminamos en el que fue el dormitorio de mis hermanos, dos camitas bien separadas para dormir la mona como merece la ocasión.

Esta mañana me ha llegado un whastapp de una amiga que quiere que salgamos a cenar…


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