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Azul y verde (reconciliada con el verano)

Inspiro en verde y exhalo en azul. Y los sueños de este verano son más calmados. Alguna vez que otra he tenido que trasladarme al pasado, una noche asistí a un funeral con un tenista muy conocido, y le he hecho el boca a boca a un señor al que le ha atropellado un autobús.

Esos sueños los he tenido después de alguna cena copiosa, imagino.

Pero por lo general he soñado con enredaderas muy verdes y mar transparente y azul. Porque es lo que he vivido, suerte la mía. Paz y tranquilidad.

Pese a trabajar todo el verano, paz y tranquilidad. Pese a la adolescencia y preadolescencia (y mis reacciones), paz y tranquilidad. Pese a los desencuentros, paz y tranquilidad. Pese al covid, o por eso mismo, casa, playa, familia, paz y tranquilidad. Y vino, cerveza y estrellas; ni una fugaz, muchos satélites.

Porque estoy aprendiendo a que el verde sea el color de mis tatuajes ficticios y el azul cree una envoltura de desapego para que nada me afecte. Y así voy recuperando esa capa de piel que perdí algún día por el camino.

La banda sonora la ha puesto Lafourcade. Que tendrá México que me llama desde la distancia. Quizás cuando viaje allí algún día me haré mi primer tatuaje.


En mi cabeza

La pregunta clásica que suele dirigirse al autor de un libro de imaginación, personalmente o por medio del correo, es la siguiente:

¿De dónde saca usted las ideas?

Se siente la tentación de contestar: “Suelo dirigirme para eso a ‘Harrods’, o bien: “Las extraigo, principalmente, de los Arsenales del Ejército y la Armada”, o, simplemente: “Pruebo en ‘Marks y Spencer'”.

Parece haber quedado firmemente establecida una opinión universal: la de que existe una especie de mágica fuente de ideas que los autores de libros saben cómo hacer fluir.

A una le cuesta trabajo hacer que sus interrogadores se remonten a los tiempos isabelinos, con Shakespeare:

Dime: ¿dónde nace la fantasía?

¿Es en el corazón o en la cabeza?

¿Cómo empieza a alentar, cómo se nutre?

Contéstame, contéstame.

Una se limita a contestar con firmeza: “En mi cabeza”.

Agatha Christie. Introducción al libro “Pasajero para Francfort”.

 

El texto sigue pero los textos largos mejor se los dejamos a los libros. Me encanta esta reflexión tan actual que quería compartir con vosotros. Al final no sé si me siento o no identificada con sus palabras, os lo confieso. Yo me limito a contestar, pero en mi caso de verdad: “En mi cabeza”.


9 años

araucaria

Hoy hace nueve años que creé este blog. Si no es por WordPress que me lo recuerda, no me acuerdo de la fecha exacta. Siempre creo que fue en agosto.

Podría escribir mucho acerca de lo que me ha aportado asomarme a Sueños “disparate” durante este tiempo. En qué momento decidí contar un día un sueño que tuve y convertirlo en relato. La clave es que me he ido perfilando como escritora. Y todo está escrito aquí, un relato para todas las circunstancias, todos los momentos y estados de ánimo. Soy una rara avis como escritora a la que le gusta releerse, porque es como seguir conociéndote a ti mismo.

Y muchas cosas han cambiado desde hace nueve años, todo está aquí. Lo que no ha cambiado es que he consultado la calculadora para comprobar cuántos años tenía, 35. Con 35 años comenzaba mi angustia por perder la juventud que atesoramos en un momento de nuestra vida como permanente. Ahora por fin la dejo escapar para abrazar una madurez que me está regalando sorpresas y perspectiva.

Y no cambia el lugar desde el que escribí mi primer relato, escribo este último y los relatos veraniegos. La casa de mis padres, a veces ajena, otras tan yo.


Nunca me gustó la palabra cuarentena II (Maldita dulzura)

Nunca me gustó la palabra “cuarentena”, y menos decir “cuarentena de quince días”. He pasado un buen confinamiento, entrenada entre el instalarme en el presente y el alejar los miedos. No me ha ido mal.

No me he enfadado, ni siquiera he tenido que resignarme, me ha salido de manera natural. He convivido con adolescentes (tengo mérito), he trabajado (gracias a Dios más que nunca), he escrito (mirándonos el ombligo un poco aquí los autores), he bailado (que no pare la música), he leído (siempre) y he practicado yoga (calma).

Y ahora, que parece que podemos salir un poco y retomar algo la vida social me ha entrado pánico escénico. Yo digo que tengo síndrome de Estocolmo. Parece ser que es más propio decir “síndrome de la cabaña”. Además de costarme salir a la calle, me noto más tristona, apática, aturdida.

Hasta esta tarde, que mi tristeza ha pasado a enfado. Me voy a cagar aquí en quien no cumple las reglas del juego ni la distancia social… tanto pedir libertad y lo que vais a conseguir es retrasar más esa libertad para ir a ver a nuestros padres, encontrarnos con nuestros hermanos, amigos, por no decir ponernos en riesgo de nuevos contagios.

¿No os lo he contado? Ya se me ha pasado el enfado. Se acabó la tristeza, la apatía y el enfado. Unos días me ha durado, de lunes a jueves. Ni síndrome ni pánico ni nada. Tenía que ponerme a escribir.

Eso sí, la copa de vino me la voy a seguir tomando en casa, me vais a permitir.

Sueños relacionados:

Nunca me gustó la palabra cuarentena I.

Libertad VI.


A propósito del Día del Libro, ¿jugamos?

No es que me haya quedado sin historias, de hecho hoy he tenido una pesadilla que os contaré mañana. Pero, a propósito del Día del Libro, he hecho una selección de algunos artículos al respecto. Votad el que os guste más.

Martina lee a Alberti.

Mi refugio. 

Hambre de lectura.

Tercer embarazo (A propósito del día del libro).

¿Puede un libro cambiarte la vida?

Ausente. 

 

 


Kill me

mika

Nada más angustioso que alguien amenazador quiera entrar en tu casa. Una casa que no es mi casa, ni con mis circunstancias reales.

En mi casa soñada comparto vivienda con dos personas más, un hombre y una mujer. Parece que somos compañeros de trabajo. Y sabemos que un hombre quiere entrar y matarnos a los tres. Lo curioso es que el hombre tiene la cara de Mika, ¿conocéis a Mika? Es que es lo contrario a amenazador. Su cara, su música, desprende positividad.

Así que, aunque mis compis están muertos de miedo, yo no lo estoy tanto. Un poquito de vértigo sí que tengo, y nos afanamos en apuntalar la puerta con maderas y clavos, a hacer una serie de trampas… algo así como la versión psycho killer de “Sólo en casa”.

Pero de todas formas consigue entrar, estamos los tres en una habitación, y yo consigo echarles fuera y quedarme con la versión psicópata de Mika sola en dicho cuarto. Y le clavo una jeringuilla con veneno en el cuello, aproximándome a él con cuidado. Como un guepardo atacaría a un cocodrilo, acercándose sigilosamente por detrás… esto último lo he visto en un documental.


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