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Cosas bonitas

Pero inciertas, sueño.

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Rituales nocturnos

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Son los momentos más felices del día. Esos últimos momentos en los que faltan apenas minutos para dar por cerrada la consciencia, la consciente, porque la otra es cuando empieza a funcionar.

Y yo la dejo, pero no de golpe. La acomodo metida en la cama, con un libro abierto; lectura placentera en la que me sumerjo hasta quedarme casi dormida. Y aunque estoy consciente para tomar conciencia de lo que estoy leyendo, llega un momento en que las letras cambian de sentido. Si estoy leyendo sobre una pareja que hace el amor en un hotel de Tokio, y el autor me describe el albornoz de la chica, mi mente no registra el blanco del albornoz sino un paseo en bicicleta. Y si es Sócrates quien discute con Polo sobre si la retórica es arte o persuasión, yo ya no visualizo esa escena, guiño los ojos y las palabras escritas por Platón las registro como un niño subiendo unas escaleras.

Son preludios de lo que voy a soñar, quizás, la inconsciencia se abre paso entre la consciencia, y yo todavía soy lo suficientemente consciente para darme cuenta, para intentar leer un par de párrafos más, para fijar la vista.

Es en ese momento cuando decido, conscientemente, tener un último ritual: cerrar el libro, colocarlo cuidadosamente en mi mesita de noche y apagar la lamparita que, una vez apagada, emite una luz fluorescente muy tenue durante dos segundos. Yo la sigo mirando durante esos dos segundos y sólo cuando ya no la veo, estoy totalmente a oscuras, decido cerrar los ojos, acomodarme en la almohada y ahora sí, dejar paso a esos sueños que posteriormente os voy a contar.


La pequeña ciudad VIII

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Creía que la pequeña ciudad estaba terminada, que no escribiría más sobre ella. Aunque me despedí de Mateo prometiéndole que volvería, fue una despedida que entendí como definitiva. Creía que no me necesitaría, ni él ni los habitantes de la pequeña ciudad. Mateo tenía libros suficientes para contarles a los niños, y el resto de hábiles habitantes estaban ocupados con el asfalto, las lianas y la construcción de sus casas.

Pero esta noche he vuelto a soñar con la pequeña ciudad. Los viernes me levanto ligera como una pluma pero hoy he tenido la visita de todos los habitantes de la pequeña ciudad, y sinceramente, me he levantado agotada. Los pequeños seres han salido de mi cerebro uno a uno, por la nariz, y se han plantado en mi cama, se han acomodado en la almohada (alguno se ha quejado de lo dura qué es); también han utilizado sus lianas para llegar al suelo y tomar asiento en los libros que tengo apilados.

Son pequeños, pero juntos hacen mucho ruido y temía que mi marido y los niños se despertaran, pero claro, a lo mejor ha sido sólo un sueño. No estaba Mateo, ni los niños. Mis pequeños amigos me han contado que han estado muy ocupados construyendo la pequeña ciudad, y que mientras ellos trabajaban sus hijos se han convertido en seres más curiosos, gracias a los cuentos que les lee Mateo. Ahora son ellos los que quieren aprender. Ahora tienen más tiempo.

Y claro, me he comprometido a ayudarles, a partir de ahora les voy a proporcionar más libros, se los voy a leer, se los voy a contar, voy a escribirles historias, relatos y cuentos. Vamos a construir una biblioteca en la pequeña ciudad, justo enfrente del camino por el que a Mateo y a mí nos gusta pasear. Yo deslizaré el alquitrán con un sólo movimiento de mis dedos, y me volveré pequeñita para poder entrar en el nuevo edificio, y les regalaré todos los libros.

SUEÑOS RELACIONADOS, TODOS LOS CAPÍTULOS ANTERIORES:

– Categoría La pequeña ciudad.


Tarde de domingo

Ya no te sueño más. 


El sueño del año: Cumplo cuarenta

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Haciendo balance sobre los sueños tan disparatados que tengo, me he parado en uno, allá por febrero, que no es propiamente un sueño:

Hoy es mi cumpleaños, cumplo cuarenta y, aunque me han enviado mensajes de “son los nuevos treinta” e incluso “son los nuevos veinte”, la verdad es que los años son los que son. Y aunque suene a tópico me siento mejor que nunca. Bueno, mejor que cuando cumplí treinta, que no fue mi mejor momento.

Tengo recuerdos de algunos cumpleaños como en una foto fija. En realidad mis recuerdos los suelo almacenar en mi memoria como fotos fijas, no así mis sueños, que revivo como una película, en movimiento y a todo color.

Me acuerdo de cuando cumplí siete años; la foto fija es de la cocina de casa de mis padres rodeada de amigas compartiendo unos platos de arroz con tomate. La perspectiva de la foto es panorámica: también veo a mi madre de pie junto a nosotras a punto de comenzar un relato. “Érase una vez una niña que nació en Cádiz, frente a la Caleta…”.

El día que cumplí diez años asistí a la boda del hermano de mi madre; en la foto tengo un abrigo marrón, miro unas palomas y le doy la espalda a la Iglesia. No sé por qué estoy sola.

Mi madre también está en el recuerdo de cuándo cumplí quince años. En esta ocasión en la foto yo me veo a mí misma a lo lejos, paseando con ella por un pantalán en un puerto deportivo; me regalaron un reloj que me duró hasta los veintitantos.

La foto del cumpleaños de los veintiuno y veintidós son iguales. Durante dos años seguidos tuve un examen de Historia de España el 3 de febrero; el día 1 por tanto lo recuerdo delante del libro, en la mesa de estudio, es una foto oscura, no sé porqué. En la Facultad tuve un Decano que por aquella época tenía 36 años; nos llevábamos bien y yo pensaba que era una edad buenísima, joven pero con cierta madurez. Cuando cumplí treinta y seis me acordé de él.

Pero antes cumplí 28, embarazadísima de mi primera hija; volvía de madrugada de cubrir la Gala de los Goya cuando me encontré con el regalo de mi marido. Y esa es la foto: delante de una cuna recién montada y dos libros de Virginia Woolf dentro, “Orlando” y “Las olas”.

Cumplí 29 y no me encontraba bien. Lloraba mucho porque me vine a vivir a Sevilla y yo quería seguir viviendo en Madrid. Y porque me puse demasiado triste y el cambio de ciudad se convirtió en una excusa para liberar fantasmas. La foto es agridulce; estoy al lado de mi hija mayor cuando tenía un año, y al lado de un banoffee hecho por mí. Cuando cumplí treinta seguía llorando y la foto fija es junto a mi madre también: en su cama, recibiendo otro reloj que duró poco.

El tiempo pasó y cuando cumplí la edad de mi Decano terminé de espantar mis miedos.

No tengo fotos fijas de los 18, ni de los once ni los veinte. A los treinta y ocho estaba embarazada de mi tercer hijo, y la foto es de una tarta de queso y frutos rojos espectacular. No tengo foto fija de este día, en el que cumplo cuarenta, ya os la contaré. Eso sí, he recibido un reloj como regalo porque me encantan, de hombre si puede ser.


El rey de Holanda

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Esta noche he estado a punto de casarme con el rey de Holanda. No Guillermo, pero sí un rubio con carita colorada parecido. Ya se había casado en dos ocasiones anteriores y en palacio vivían sus ex junto a sus hijos. Su hija mayor era Chabelita (léase la hija díscola de Isabel Pantoja) pero su madre en mi sueño no era Maribel si no una señora muy discreta a la que no he visto casi la cara. Con la segunda mujer el rey había tenido unos tres o cuatro hijos (aparecen también difuminados, rubios y coloraditos) a los que Chabelita cuida sin ganas; no es una buena influencia porque les pasa porros de vez en cuando.

Ése es el panorama que me espera. Pero el amor es ciego y yo estoy dispuesta a casarme con mi rey rubito. La segunda mujer, una mujer muy atractiva que me provoca celos, es la que me da mejores consejos, o lo intenta, porque a veces me dice cosas sin sentido como que me acueste con los tacones puestos.

El rey de Holanda está pluriempleado, y además de ejercer de soberano, acaba de abrir un restaurante. Muy moderno, en pleno centro de no sé muy bien qué ciudad holandesa, con grandes cristaleras. Y yo le ayudo en el negocio. Tanto le ayudo que llega un momento en que me convierto en chica para todo (cocinera, camarera, encargada de atender el teléfono…). Muy lejos queda lo de palacio, donde viven las ex a sus anchas y los hijos díscolos.

El rey ficticio de Holanda es un picaflor y, mientras yo hago despegar el restaurante, él tontea con tacones lejanos. “Ahhh, no, por ahí no paso”.  Las cristaleras hechas añicos han quedado. Ya no me caso.

 


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